Bécquer en París 2 Cobardes
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2 Cobardes

COBARDES

El conductor apretaba al coche todo lo posible, alejándose de aquel callejón a toda velocidad. A Puente el corazón le latía de una manera desaforada.

—Habíamos dicho que lo primero era hablar con él, joder —exclamó mientras se frotaba las manos con evidente nerviosismo—. Te acabas de cargar a un puto policía.

Su compañero ni siquiera se inmutó: por más que Puente se balancease de atrás adelante lamentando lo ocurrido, a él parecía darle absolutamente igual.

—¡Me cago en mi puta vida! —exclamó Puente—, solo tenía que damos el cuaderno, cojones, nada más.

En cuanto hubo terminado la frase, el conductor detuvo el vehículo con un violento frenazo y se dirigió al arcén.

—Escucha bien lo que te voy a decir: me explicaron claramente que no querían cabos sueltos, e Izaguirre era un cabo de cincuenta putos metros de largo, ¿lo entiendes?

—Su voz resonaba con estruendo dentro de la cabina; ni siquiera tenía la necesidad de encararse con un tembloroso Puente para resultar amenazador—.

Ese gilipollas no tenía que haber revisado tus cosas, así que ahora que se joda —añadió con total desprecio, arrancando de nuevo.

Con las dos manos al volante de aquel pequeño vehículo, el hombre imponía. Corpulento, alto y voluminoso, apenas superaba la treintena, pero, entre el poco pelo y el cigarrillo colgando de la comisura de la boca, parecía tener bastantes más.

—Lo primero que vamos a hacer es tomarnos una copa, que nos la hemos ganado —dijo aquel gigante poniendo el intermitente para coger la salida de la circunvalación—. Whisky y unas chavalas, cojonudo para terminar la noche.

Aparcaron el coche detrás del Priscilla’s y entraron en el local como los clientes conocidos que eran. Cuando ellos aparecían, lo primero que ocurría era que los dos camareros se ponían nerviosos.

—Un copazo para mí y al subnormal este ponle un Cola-Cao, a ver si se le pasa el frío.

Acompañó el insulto con una sonora carcajada que resonó en todo el local. Para acabar de asesinar a un hombre en plena calle, la tranquilidad que tenía era inusitada. Por el contrario, a Puente le estaba costando horrores recomponerse.

El camarero sirvió dos whiskies con hielo en sendos vasos de tubo y los dejó sobre la barra.

—Dile a la Amparito que, cuando acabe, me subo —anunció con seguridad el cachalote—. Y tú cambia la cara de una vez, todo va según lo previsto.

Apuró el vaso como si estuviese bebiendo agua; probablemente, se trataba del lingotazo más necesario que había bebido nunca.

Puente no se llevaba bien ni consigo mismo, era un manojo constante de complejos, más bien bajito, medio enclenque y con una cara que tenías que mirar dos veces para terminar de creértela.

Iba más o menos compensando su evidente falta de atractivo con una mala hostia exagerada, un combo estupendo para todo un patrulla madrileño.

Se le notaba a la legua que se había hecho policía para poder vengarse de todos aquellos que lo habían machacado en el colegio.

Llevaba en la comisaría de Chamberí casi cinco años desde que lo trasladaron desde Vallecas, donde había llegado procedente de Tafalla, su pueblo natal, al que no había vuelto ni para visitar a su madre.

Todos sus compañeros tenían claro que era un cabrón de manual.

Desde el primer momento, sus métodos fueron cuando menos discutibles.

Cada vez que salía a patrullar volvía con algún politoxicómano del brazo que siempre se caía por las escaleras al escapar.

«Tienen muy mala suerte los putos yonquis», solía decir para sonrojo del resto de la comisaría.

Incomprensiblemente, tenía el beneplácito del comisario Nieto, un hombre de unos cincuenta años que dirigía la comisaría con puño de hierro y «muy poco tiempo para andarse con hostias», como él mismo aseguraba.

Dado que muy pocos agentes querían pasar tiempo con Puente, se produjo una solución salomónica: en lugar de tener un compañero asignado de manera permanente, se lo iban rotando por temporadas, a veces incluso se lo rifaban, jugando a ver quién sacaba el palillo más largo.

Así fue como Izaguirre tuvo que comenzar un camino del que no saldría jamás:

—Así que hoy te tengo de niñera —le había dicho Puente nada más verlo entrar por la puerta—. Espero que no salgas corriendo a la mínima que se ponga feo, que me han dicho que eres un poco maricona.

Izaguirre había respirado hondo: desde que le habían dicho que aquella semana le tocaba patrullar con Puente, había decidido armarse de paciencia.

Puente seguía apoyado en la barra, sus manos habían dejado de temblar a partir de la tercera copa.

—Prepárate que empieza el baile. —Nuevamente, aquella voz grave volvió a estremecerlo.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que te va a sonar el teléfono de un momento a otro; ya hemos hablado sobre lo que tienes que hacer y decir, no se te ocurra improvisar.

Justo cuando terminó la frase, el móvil de Puente se arrancó con el soniquete de Nokia tan habitual. Abrió su teléfono de concha y contestó. Durante unos segundos se limitó a escuchar tomando un largo sorbo de su copa.

—Hoy salí pronto. —Volvió a mojar los labios en su eterno vaso de tubo y fingió sorpresa cuando le dieron la noticia—. ¿Izaguirre? ¿Muerto? ¿Estás seguro?

La noticia no dejaba lugar a dudas, el comisario quería a todos en la estación, pasaba la una de la madrugada y ya corría como la pólvora: Antonio Izaguirre acababa de ser encontrado, tumbado sobre un charco de sangre, en la calle de la Ternera, una callejuela cercana a la plaza de Callao.

El comisario Nieto estaba visiblemente afectado, sin duda no era plato de gusto que, bajo su mando, uno de sus agentes fuese asesinado de aquella manera.

No era la primera vez que tenía que lidiar con la muerte de algún compañero en acto de servicio, pero aquello, si por algo destacaba, era por lo inusual tanto del acontecimiento como del protagonista.

«Pero si Izaguirre no es capaz ni de matar una mosca, ¿cómo ha sido posible?

», se preguntaba sin encontrar respuesta.

Conoció la noticia porque su homólogo y máximo responsable de la comisaría de Tudescos lo llamó de inmediato, cortesía profesional, y poco faltaba para que el juez ordenase levantar el cadáver.

—No hagan nada hasta que llegue, por favor —solicitó Nieto.

El cordón policial cortaba por completo el tramo de la calle Preciados que conectaba la plaza de Santo Domingo con Callao. Lo intempestivo de la climatología y la hora favorecieron el desarrollo de la operación: pocos transeúntes andaban por el centro a esas horas.

Nieto se identificó y se encaminó rápidamente hacia la calle Ternera. Cuando llegó no pudo evitar un escalofrío al ver el cuerpo sin vida de Izaguirre en el suelo. Sin apenas saludar les preguntó a los agentes con un escueto:

—¿Alguien me puede decir qué demonios ha pasado aquí?

Uno de ellos, después de presentarse, compartió con él la información de la que disponían.

—Dos municipales, a los que ya hemos tomado declaración, dieron el aviso: un borrachín bastante habitual en la zona encontró el cuerpo y, al comprobar que no se movía, fue a buscar ayuda. Enseguida llegaron los sanitarios, pero solamente han podido certificar la muerte.

Nieto no salía de su asombro, y lo único que le rondaba la cabeza era: «¿Cómo le digo yo esto a su familia?». Su pensamiento rumiante se vio interrumpido cuando el comisario Acebedo, de la cercana comisaría de Tudescos, le tocó el hombro.

—Comisario Nieto —dijo tendiéndole la mano—, lamento mucho que nos conozcamos en estas circunstancias.

Nieto le estrechó la mano con firmeza.

—Quiero encontrar a quien haya podido hacer esto —dijo con convencimiento.

—No tiene de qué preocuparse, nos encargaremos de que así sea —respondió Acebedo.

Para Nieto, aquello no servía de nada, habían matado a uno de sus hombres y tenía claro que no iba a quedarse de brazos cruzados.

—Quiero que nos encarguemos nosotros del caso.

—Nos corresponde a nosotros —replicó, rápidamente, Acebedo—. Ha ocurrido en nuestro distrito y pondremos todo de nuestra parte para localizar al agresor.

—Se trata de uno de nuestros hombres —insistió Nieto, a quien la respuesta de su homónimo no lo había convencido—, entenderá que quiera ser yo personalmente quien se encargue de todo.

—Como le he dicho, debe dejarnos trabajar, le mantendremos informado en todo momento. —Acebedo dejó clara su incomodidad.

Nieto optó por no revolverse, ya habría tiempo para eso, lo único que ahora le preocupaba era ponerse en contacto con la familia Izaguirre.

Estrechó la mano de Acebedo, y mientras veía cómo subían el cuerpo inerte de su subordinado a la ambulancia, se dirigió a su coche: tenía que ir a comunicar la peor de las noticias.

El comisario Acebedo vio a Nieto alejarse en dirección a la plaza de Santo Domingo.

—Este cabrón nos va a dar problemas —le dijo al agente que estaba a su lado—.

¿Tienes claro lo que hay que hacer? —Su interlocutor asintió—.

Izaguirre llevaba tiempo metiendo las narices y tenemos mucho que perder con toda esta mierda, hicimos lo que teníamos que hacer, ¿está claro?

—Añadió—. Esto se cierra como un atraco, ¿ok?

A su lado, un agente de unos treinta y cinco años, de mediana complexión y con un pelo que, si bien luchaba por sobrevivir, iba perdiendo la batalla, tenía claro lo que tenía que hacer. Miró al comisario a los ojos y a punto de iniciar la marcha, respondió:

—No se preocupe por Nieto, esto ha sido un atraco que salió mal y así se lo haré entender.

—Izaguirre podría haberlo jodido todo, esto se acaba aquí, habla con quien tengas que hablar para que esto pase por debajo del radar, espero que no quieras terminar como ese pobre diablo. —La amenaza de Acebedo hizo mella al instante.

—No señor, hemos recuperado el cuaderno, que era lo más importante, el resto no será difícil.

Y con las mismas volvió a despedirse. Cuando se había alejado un par de metros, el comisario Acebedo volvió a llamarlo.

—Una cosa más. —El agente se acercó a escuchar la última de las órdenes de esa noche—. Si Nieto toca las narices, le dices que sabemos lo que pasó en Aluche y que, si quiere jugar, jugaremos todos, ya te daré más detalles si fuese necesario. Vete ya.

Y con las mismas, el agente Baltierra se despidió. Tenía una larga semana por delante y Puente se la acababa de complicar más todavía.