Bécquer en París 1 Lo malo
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Bécquer en París

Bécquer en París

Por Miguel Lago

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1 Lo malo

LO MALO

Volvió a mirar el reloj, su cita se retrasaba unos minutos y la noche ya era cerrada.

Tiró el vaso de plástico en una papelera y se apoyó de nuevo en la pared con las manos en los bolsillos.

Era bastante inusual estar a esas horas en el mismo centro de Madrid, pero si era el lugar elegido, pues tendría sus razones.

Una vez más tenía claro que no quería discutir, bastante incómodo era tener que pedir explicaciones y mucho más la posibilidad de que dichas explicaciones no fuesen lo bastante convincentes para dejar pasar algo de tal gravedad.

«Estoy seguro de que todo tendrá una razón de ser, seguro que lo he interpretado mal», pensó, tratando de calmarse y de buscar una justificación a lo que llevaba tiempo rondándole la cabeza.

Los minutos pasaban y ya eran más de las once de la noche.

Aquel callejón que atravesaba una de las principales calles del centro era un lugar ajeno a cualquier mirada; la escasa iluminación y la casi nula existencia de portales provocaba cierto desasosiego.

Cuando por fin vio a dos hombres que se acercaban, a medida que lograba fijar la vista, no tardó en reconocer a Puente, su compañero y la razón de su cita fuera de «horas de servicio».

Al que lo acompañaba era la primera vez que lo veía y le llamó la atención su corpulencia.

«Seguro que tiene un motivo para venir acompañado», pensó.

Saludó con la mano y caminó unos metros hacia ellos.

El silencio imperaba en aquella callejuela.

En unos pocos metros, estuvo junto a Puente.

—Menudo frío hace —exclamó Izaguirre para romper el hielo.

—Ya ves —respondió Puente.

Hizo ademán entonces de tenderle la mano al misterioso acompañante, pero al no encontrarlo receptivo optó por dejarla a medio camino.

—¿No te enseñaron de pequeño a no meter la nariz en los asuntos de los demás? —le preguntó Puente con un tono amenazante.

Aquello descolocó a Izaguirre; no pensaba que se encontraría a aquel cretino todavía más a la defensiva de lo habitual. Queriendo mantener la calma, respondió:

—No era mi intención, simplemente me preocupa que puedas estar metido en problemas.

El tono de preocupación era genuino, pero no parecía hacer mella en su interlocutor. La conversación comenzó a subir de tono.

—Ya me dijeron cuando entré en esta comisaría que iba a tener problemas contigo —lo acusó Puente.

—Se ve que el santurrón no sabe dejar de tocar los cojones a todo Dios —apostilló el otro.

Una sensación de calor invadió el estómago de Izaguirre; estaba claro que aquella conversación no iba a ser fácil. A pesar de la evidente escalada en la agresividad de su compañero, optó por la contención.

—No seas así, Luis, somos compañeros y estoy preocupado. Simplemente, quiero que me expliques qué es esto. —Extrajo un pequeño cuaderno del bolsillo del pantalón; la mirada de Puente se clavó en aquel pequeño objeto—. Creo que tienes mucho que decirme.

Frente a frente, Puente miraba desafiante a su compañero.

—Te agradecería que me lo entregases —dijo con un impostado tono de tranquilidad mientras avanzaba un paso hacia Izaguirre.

—Primero quiero que me expliques de qué va todo esto —respondió.

—Temo que contigo las explicaciones no sirvan.

Estas palabras de Puente fueron las últimas que Izaguirre escuchó. Concentrado en la conversación con su compañero, no vio que el hombre que lo acompañaba había cambiado de posición hasta, con la excusa de apagar un cigarrillo, colocarse a su espalda.

El pinchazo fue rápido y sorpresivo, apenas le dolió, cuando quiso darse cuenta y se palpó el costado, sintió horror al ver la palma de la mano teñida de sangre. Sin poder evitarlo, cayó de rodillas.

Las siluetas de aquellos dos hombres se alejaban y no era capaz de articular palabra.

Tendido en el suelo bocabajo, sentía cómo la vida se le escapaba.

Luchando por no cerrar los ojos para siempre, una enorme pena lo invadió, fue consciente de que no iba a poder abrazar de nuevo a sus hijos: sus últimos pensamientos fueron para ellos tres.

Sintió entonces un dolor mayor que aquella mortal puñalada, y, al exhalar el último aliento, vio el rostro de Elena, su alegría, el mayor amor que jamás había sentido. Ya no habría más tardes de parque, más sonrisas cómplices.

«Perdóname, mi amor», pensó mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

Y entonces todo acabó.