Becaria por error CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

—¿Cómo que ha desaparecido? —la voz de Megan resonó en el pasillo del decanato, rompiendo la solemnidad del ala oeste—. Un hombre no se evapora en mitad de una ventisca, oficial.

—Señorita, les ruego que mantengan la calma y bajen la voz —respondió el agente de la policía local, un hombre robusto con el uniforme cubierto de restos de sal, que anotaba algo en una pequeña libreta de cuero—.

Estamos haciendo una ronda de preguntas de rutina.

El coche del profesor Davies sigue en el aparcamiento del campus, cubierto por un metro de nieve.

Su teléfono móvil y su cartera estaban sobre el escritorio de su despacho.

Es una desaparición extraña, dadas las condiciones climáticas de las últimas doce horas.

—Nosotras fuimos las últimas en hablar con él —dije en voz alta, dando un paso al frente para desviar la atención de mi amiga—.

En el pasillo de la residencia, justo antes de que nos ordenaran bajar al salón.

Nos dijo que el seminario quedaba suspendido por el temporal y que regresáramos a nuestras habitaciones.

Después de eso, no volvimos a saber de él.

El policía me miró fijamente, entrecerrando los ojos con esa suspicacia clásica de los agentes de pueblo que no se fían de los estudiantes recién llegados.

—Es usted Claudine, ¿verdad? La alumna de intercambio de Arizona —preguntó, revisando sus notas—.

El guardia de seguridad del campus menciona en su informe que usted tuvo una fuerte discusión a gritos con el profesor Davies en el pasillo de la tercera planta.

Varios estudiantes confirman que usted le acusó de...

cosas bastante singulares relacionados con el cajón eléctrico y la congelación.

—Estaba asustada, oficial —respondí con una serenidad pasmosa, sosteniendo su mirada sin que me temblara el pulso.

Mi piel, completamente revitalizada por el calor que había recuperado en la cabaña, lucía un brillo dorado que contrastaba con los rostros pálidos y ojerosos del resto de la facultad—.

El frío me estaba jugando una mala pasada.

Venir del desierto a este sitio te nubla el juicio las primeras horas.

Le grité porque tenía miedo de morir congelada en mi habitación, eso es todo.

Le exigí que arreglara la luz porque él parecía el único que no le temía a la tormenta.

—Una reacción comprensible para alguien del sur —asintió el policía, anotando mis palabras con desgana—.

El choque térmico a veces provoca ataques de pánico severos.

Aún así, es raro que el profesor no regresara a su casa ni se refugiara con el resto en el salón principal.

El decano está conmocionado. Davies era el pilar del departamento de Literatura.

—A veces las personas que parecen más estables guardan los secretos más fríos, agente —añadí con una segunda intención que Megan captó de inmediato, dándome un sutil codazo por detrás.

El oficial cerró la libreta con un chasquido seco y se ajustó el cinturón con el arma reglamentaria.

—Bueno, si recuerdan cualquier otro detalle, por insignificante que parezca, pasen por la comisaría del campus.

Vamos a enviar un equipo canino a revisar los límites del bosque en cuanto el sol ablande un poco la capa superior de la nieve.

Aunque con este temporal, si alguien se internó en la arboleda anoche...

bueno, dudo mucho que encontremos algo más que un bloque de hielo.

—No creo que los perros encuentren nada en el bosque, oficial —murmuré para mí misma en voz baja mientras el agente se alejaba por el corredor alfombrado.

—¡Estás loca, Claudine! ¡Casi nos metes en un lío con la policía! —me reprochó Megan en voz alta en cuanto quedamos solas en mitad del vestíbulo de administración—. ¿Cómo se te ocurre decirle eso sobre los secretos? Si entran en esa cabaña y ven la urna rota y las cenizas...

—No van a encontrar nada que los vincule con nosotras, Megan —le respondí, guiándola hacia la salida del edificio—.

Para la ley, un diario de 1974 quemado y un montón de ceniza gris no significan nada.

Julian Davies ya no existe en este tiempo.

Su cuerpo se convirtió en polvo porque su tiempo real le reclamó en cuanto el fuego destruyó su pacto.

Lo único que verán los perros será una cabaña vieja abandonada que lleva cincuenta años cayéndose a pedazos.

Salimos al patio central del campus y el aire fresco de la mañana nos golpeó la cara, pero esta vez fue un estímulo agradable, un recordatorio de que la naturaleza había recuperado su equilibrio. Nos sentamos en uno de los bancos de madera que los bedeles acababan de limpiar de nieve.

—¿Y qué va a pasar con el conserje Vance? —preguntó Megan, ajustándose las gafas mientras observaba a los alumnos que caminaban de un lado a otro, comentando la noticia en corrillos—. Él sabe toda la verdad. Estuvo allí anoche.

—El señor Vance es libre por primera vez en su vida, Megan —le aseguré, mirando hacia la silueta lejana de la residencia 304—.

Esta mañana le vi salir del campus con una maleta vieja.

Iba al coche de su hermano. Me vio desde lejos, se quitó la gorra a modo de saludo y me dedicó una sonrisa.

Me dijo que se marchaba a Florida, que estaba cansado de barrer la escarcha de los recuerdos ajenos y que quería morir sintiendo el calor del mar.

No va a decir una sola palabra a la policía.

Su silencio es el precio de la paz de su hermana.

—Es increíble... —Megan soltó un largo suspiro, dejando caer la cabeza hacia atrás para recibir los rayos del sol matutino—.

Ayer a estas horas pensaba que mi mayor problema del semestre iba a ser aprobar el examen de literatura clásica de Davies.

Y hoy... hoy el profesor se ha disuelto en el aire y la universidad está buscando a un fantasma.

¿Tú qué vas a hacer ahora, Claudine? ¿Vas a volver a Arizona?

Me miré las manos, sintiendo el pulso firme y constante de mi sangre caliente recorriéndome las muñecas.

El sol de Dakota del Norte, aunque no era tan implacable como el de Phoenix, brillaba hoy con una fuerza renovada, reflejándose en las ventanas limpias de los edificios que ya no mostraban ni un solo patrón de escarcha sobrenatural.

—Sí, Megan. Vuelvo a casa —respondí con una sonrisa vehemente que me llenó los ojos de una luz nueva—. Me marcho en el próximo vuelo.

—¿De verdad? ¿Después de todo lo que hemos pasado anoche en ese bosque me vas a dejar sola? —Megan se giró en el banco, mirándome con una mezcla de tristeza y sorpresa—. Pensaba que tras vencer a Davies te quedarías para dominar este lugar.

—Vine aquí huyendo de los fantasmas de Arizona porque estaba cansada de que me persiguieran para que arreglara sus vidas truncadas —le expliqué, tomando sus manos entre las mías para transmitirle mi calor—.

Pensé que el frío extremo del norte congelaría sus almas y los mantendría lejos de mí, pero me equivoqué.

Aquí he descubierto que mis monstruos del desierto eran inofensivos comparados con el horror absoluto que se esconde bajo este hielo.

—Pero aquí has luchado, Claudine. Has ganado. Tu fuego destruyó a un ser centenario.

—Precisamente por eso, Megan. He tenido que viajar miles de kilómetros y estar a punto de morir congelada para comprender el verdadero valor de lo que dejaba atrás.

Mi fuego no pertenece a este maldito congelador.

Mi sangre es del desierto, del asfalto ardiente, de las tardes de verano interminables y de las chicharras que hacen vibrar el aire.

Necesito recuperar mi vida, mi sol implacable, y dejar que este sitio siga su propio curso natural ahora que está limpio de su maldición.

—Te voy a echar de menos, chica de la estufa —susurró Megan, con los ojos empañados detrás de sus gafas mientras me envolvía en un abrazo de despedida apretado y sincero—.

Nadie me va a creer cuando cuente que mi primera compañera de pasillo quemó el corazón de un profesor inmortal en una cabaña abandonada.

—Es mejor que no se lo cuentes a nadie, vecina —le respondí al oído, riendo con ella mientras nos separábamos—. Deja que Julian Davies sea solo otra leyenda urbana para las noches de ventisca. Tú concéntrate en sacar un sobresaliente en ese seminario de mitología. Te lo has ganado con creces.

Nos levantamos del banco juntas y caminamos de regreso hacia la residencia 304.

Mientras subía las escaleras para hacer las maletas, sentí que el peso del pasado ya no me agobiaba el pecho.

Sabía que al regresar a Phoenix los espíritus de la carretera volverían a susurrarme al oído sus cuentas pendientes, pero ya no les tendría miedo.

El norte me había bautizado en el hielo para recordarme que yo era una criatura nacida del sol, y que ninguna sombra, viva o muerta, sería capaz de apagar la hoguera que llevaba dentro.