CAPÍTULO 16
El aeropuerto de Grand Forks se extendía ante mí como una terminal de cristal y acero incrustada en mitad de la nada más absoluta.
A través de los enormes ventanales de la sala de embarque, las llanuras de Dakota del Norte se prolongaban hasta el infinito, cubiertas por un manto de nieve compacta que el sol de la mañana hacía brillar con una intensidad cegadora, casi irreal.
Era una belleza estática, limpia, desprovista al fin de la presencia opresiva y gótica que Julian Davies había proyectado sobre el campus durante décadas.
Me levanté del asiento de plástico, ajustándome la correa del bolso de viaje sobre el hombro. Megan estaba de pie a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos de su enorme sudadera universitaria y la nariz roja por el frío del trayecto en el autobús lanzadera.
—Bueno, supongo que este es el final del trayecto para la chica de la estufa —dijo Megan, intentando forzar una sonrisa que no lograba ocultar la tristeza en sus ojos detrás de las gafas—. Sigo sin hacerme a la idea de que entres en ese avión y te esfumes hacia el desierto.
—No me voy a esfumar, Megan —le respondí, dándole un paso al frente para estrechar sus manos entre las mías.
El contraste seguía siendo evidente; mis dedos volvían a rebosar de esa vitalidad vehemente y cálida que el fuego de la cabaña me había devuelto—.
Te dejaré mi dirección de Phoenix. Quiero que me escribas y me cuentes qué tal es el nuevo profesor de mitología.
Asegúrate de que sea un simple mortal calvo y aburrido.
—Te lo prometo —Megan soltó una carcajada corta, conteniendo una lágrima—.
Ningún profesor con chaqueta de tweed volverá a pisar mi horario de clases sin que sospeche de él.
Gracias por salvarme la vida en ese bosque, Claudine.
Aunque no me enterara de la mitad de lo que pasaba mientras estaba medio congelada, sé que no estaría aquí si no fuera por ti.
—Nos salvamos las dos, vecina —le corregí, abrazándola una última vez con una fuerza que nos hizo tambalear en mitad del pasillo de embarque—. Cuídate del invierno. Y no mires demasiado tiempo a través de las ventanas empañadas.
Me di la vuelta y caminé hacia la pasarela de acceso al avión, entregando mi billete a la azafata con una sonrisa que me nacía del centro del pecho.
Al adentrarme en el túnel de metal que conducía a la cabina, sentí que una etapa de mi vida se cerraba para siempre a mis espaldas.
Busqué mi asiento en la fila doce, junto a la ventanilla, exactamente igual que en el viaje de ida, pero el equipaje que cargaba en esta ocasión no tenía nada que ver con las maletas llenas de ropa térmica inútil que había traído desde el sur.
Me acomodé en el asiento, abrochándome el cinturón de seguridad mientras el avión comenzaba a moverse lentamente sobre la pista helada.
Dejé el bolso de mano sobre mis rodillas y metí los dedos en el compartimento interior, buscando algo que había guardado con un celo casi místico antes de salir de la residencia 304.
Mis dedos tropezaron con la superficie fría y perfecta del objeto.
Lo saqué con cuidado y lo sostuve bajo la luz difusa que entraba por el cristal de la cabina.
Era una pequeña piedra de hielo transparente, un fragmento que se había desprendido de la urna de cristal de Julian Davies justo antes de que las llamas del diario de Rebecca consumieran su corazón congelado.
Lo asombroso, lo que desafiaba a toda lógica de la naturaleza mortal, era que la piedra no se derretía.
Permanecía intacta entre mis dedos ardientes, una gema de escarcha pura, translúcida y simétrica, que contenía en su interior el último destello del invierno que había intentado devorarme.
—Un recordatorio de que la locura fue real —susurré para mí misma, acariciando las aristas del cristal que no lograba enfriar mi piel—. El único trofeo de mi victoria.
Los motores del avión rugieron con una fuerza atronadora, vibrando a través del suelo y de mi propio asiento mientras el aparato aceleraba por la pista cubierta de sal.
Con un impulso violento, las ruedas se separaron del cemento y el avión comenzó a elevarse hacia el cielo limpio de Dakota del Norte.
Pegué la frente contra la ventanilla, contemplando cómo el campus de la universidad se encogía rápidamente bajo mis pies, transformándose en un conjunto de juguetes de ladrillo oscuro dispersos en mitad de una inmensidad blanca y sepulcral.
Miré el bosque de sauces viejos, las ramas plateadas que ahora parecían descansar bajo el sol de la mañana, y pensé en Rebecca Vance.
Su alma ya no estaba atrapada en esos cristales; se había disuelto en el aire templado de la cabaña, libre por fin del parásito centenario que la había reclamado como su muñeca de porcelana. El norte volvía a ser de los vivos.
El avión niveló su trayectoria a miles de metros de altura, adentrándose en un mar de nubes algodonosas que borraban la perspectiva de las llanuras heladas.
Guardé la piedra de hielo transparente en el fondo de mi bolso, cerrando la cremallera con una firmeza definitiva.
Me recosté en el asiento, cerrando los ojos durante las horas de vuelo, dejando que el zumbido constante de los motores arrullara mis pensamientos góticos y me transportara, poco a poco, de regreso al mundo al que pertenecía.
El viaje de vuelta fue un deshielo progresivo de mi mente.
Con cada hora que pasaba, sentía que la claustrofobia blanca de la residencia 304 se evaporaba, sustituida por una urgencia biológica de recuperar el calor que me daba la vida.
No me importaban los fantasmas que me esperaban en las carreteras solitarias del desierto; ahora sabía que el fuego de mi sangre era un escudo inquebrantable, una energía que había sido capaz de consumir a una criatura inmortal y que no se dejaría amedrentar por los lamentos secos de los muertos que buscaban la luz en Phoenix.
—Señores pasajeros, iniciamos el descenso hacia el Aeropuerto Internacional Sky Harbor de Phoenix. La temperatura actual en el exterior es de cuarenta grados centígrados bajo un cielo completamente despejado. Bienvenidos a Arizona —anunció la voz del capitán a través del intercomunicador.
Al escuchar la cifra del termómetro, una sonrisa vehemente se dibujó en mis labios.
Cuarenta grados. El contraste brutal me pareció una bendición divina.
Miré por la ventanilla y el panorama exterior me devolvió el alma al cuerpo de un solo golpe.
Abajo ya no había llanuras grises ni horizontes opacos; el paisaje era una sinfonía de tonos rojizos, ocres y dorados, con la silueta majestuosa de los cactus saguaro recortándose contra la tierra seca y la imponente mole de Camelback Mountain presidiendo el valle del sol.
El asfalto de las pistas del aeropuerto vibraba bajo el impacto del calor implacable, creando ondas de aire denso que hacían temblar las siluetas de los aviones estacionados.
Las ruedas del avión tocaron tierra con un impacto seco y un chirrido de neumáticos que me pareció el sonido más hermoso del mundo.
Al detenerse el aparato frente a la terminal y abrirse las puertas de la cabina, el aire del desierto entró como una marea invisible, barriendo instantáneamente el ambiente climatizado y artificial del avión.
Era un aire denso, pesado, que te golpeaba el rostro con la fuerza de un horno abierto, un aire que a cualquiera del norte le habría cortado la respiración pero que a mí me hizo llenar los pulmones con una felicidad desbordante.
Caminé por el pasillo de la terminal arrastrando mi maleta, despojándome del abrigo de lana que ahora me parecía un objeto ridículo, una reliquia de una pesadilla lejana que ya no tenía poder sobre mí.
Al cruzar las puertas correderas de la salida de pasajeros y pisar el porche exterior, el sol de Arizona me dio la bienvenida con toda su vehemencia, cayendo sobre mi piel dorada y mi cabello castaño como un manto de fuego protector.
Me detuve un instante bajo el porche, respirando el olor a tierra seca, a polvo ardiente y escuchando el zumbido lejano de los insectos que poblaban los jardines de la terminal.
Metí la mano en el bolso y toqué una última vez la pequeña piedra de hielo transparente de Dakota del Norte; al rozarla con mis dedos calientes bajo el sol implacable de Phoenix, sentí un sutil crujido en el fondo del tejido.
Saqué la mano y sonreí para mí misma, sabiendo que el cristal gótico de Julian Davies terminaría por rendirse ante el calor de mi tierra, pero que la lección que había aprendido en el congelador del norte se quedaría grabada en mi alma para siempre.
Había regresado a la sartén, lista para vivir bajo mis propios términos, con el fuego de mi sangre más encendido que nunca.
FIN
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