Becaria por error CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El aire dentro de la cabaña del lago viejo se transformó en un muro de cristal invisible que amenazaba con astillar mis pulmones con cada bocanada.

Las palabras de Julian Davies seguían flotando en la penumbra gélida, cargadas de una soberbia monstruosa que me calaba más hondo que la propia ventisca que aullaba tras las paredes de troncos carcomidos.

—¡Mientes! —un grito desgarrador, agudo como el crujido de un glaciar al desprenderse, retumbó desde los rincones oscuros del cobertizo, apagando el eco de la tormenta.

Julian se tensó al instante. Su rostro de porcelana azulada se contrajo en una mueca de pura sorpresa mientras daba un paso atrás, apartando sus manos congeladas de mi rostro.

De entre las sombras que envolvían el hogar de piedra, comenzó a materializarse una figura envuelta en remolinos de escarcha pura.

Era Rebecca Vance, pero su aspecto ya no era el de una silueta errante entre los árboles; su presencia cobró una nitidez aterradora, con su largo cabello de filamentos de hielo flotando en el aire sin viento y sus ojos de abismo ártico fijos en el hombre que la había condenado.

—Rebecca... —susurró Julian, y por primera vez juré notar un temblor de duda, un sutil quiebre en su perfecta voz aterciopelada.

—¡No mientas más, Julian! ¡No te atrevas a ensuciar mi memoria delante de ella!

—le acusó Rebecca, avanzando con una lentitud espectral que hacía que el suelo bajo sus pies invisibles se cubriera de patrones de hielo instantáneos—.

Eres un asesino. Un maldito parásito que lleva un siglo alimentándose de la vida que no te pertenece.

¡Yo nunca elegí la inmortalidad! ¡Yo nunca quise este congelador eterno!

—Querías estar conmigo, Rebecca —replicó Julian, recuperando la frialdad en su mirada ártica—. Me dijiste que me amabas, que desafiarías al tiempo por nuestro amor.

—¡Te amaba hasta que descubrí el monstruo que se escondía detrás de tus ojos castaños!

—gritó el espectro, y unas lágrimas de cristal puro rodaron por sus mejillas de porcelana, rompiéndose contra el suelo con un sonido cristalino—.

Me negué a dejarme seducir por tu frío, me negué a entregarte mi calor voluntariamente cuando comprendí que me estabas marchitando, exactamente igual que Claudine se ha negado hoy.

Y tú, en tu retorcido egoísmo de enamorado rechazado, me arrastraste a este bosque en mitad de la tormenta del 74 y me condenaste a vivir eternamente congelada para que mi belleza nunca fuera de nadie más.

A todo esto, yo sentía que las fuerzas se me escapaban por los poros de la piel a una velocidad alarmante.

Me había dejado caer de rodillas contra las tablas carcomidas del suelo, arrastrándome hacia la mesa rota donde la caja de cerillas yacía olvidada.

El dolor que experimentaba no se parecía a nada que hubiera sentido en mi vida; no era un adormecimiento pacífico, sino una tortura física agónica, como si millones de alfileres invisibles se estuvieran clavando simultáneamente en cada centímetro de mi cuerpo, desde la punta de los dedos hasta el centro del pecho.

Mi corazón latía con un ritmo torpe, pesado y doloroso, un repiqueteo agónico que amenazaba con detenerse en cualquier instante debido a la culpa aplastante que me devoraba por dentro: creía, con una certeza que me destrozaba el alma, que Megan había muerto congelada en los alrededores por intentar ayudarme a buscar la madera vieja.

—No dejes que te consuma, Claudine —la voz de Rebecca resonó directamente dentro de mi cabeza, un eco urgente que contrastaba con la violenta discusión que mantenía en voz alta con Julian—. ¡Muévete ahora! ¡Búscalas!

Comprendí de golpe la estrategia del fantasma.

Rebecca no había aparecido allí para salvarme de forma milagrosa; estaba usando su propio dolor, el resentimiento acumulado durante cincuenta inviernos, para entretener a Julian, para mantener sus ojos árticos alejados de mí mientras yo buscaba la única forma de destruir su pacto.

Sabía que si no encontraba las cerillas y prendía el fuego antes de que la última chispa de mi calor de Arizona se evaporara, todos los alumnos de la universidad, Megan y yo misma terminaríamos convertidos en estatuas de hielo al servicio de su inmortalidad.

—Fuiste tú quien me trajo hasta aquí —le grité a Julian, intentando ponerme de pie pero cayendo de bruces contra la madera helada, con los labios ya azulados y la respiración transformándose en nubes espesas de vaho—.

¡Me elegiste porque sabías que el sol corre aún en mis venas!

¡Pero este desierto no se va a apagar en tu tormenta!

—Tu fuego está casi extinguido, muchacha —Julian se giró levemente hacia mí, ignorando por un segundo el espectro de su antigua novia—. Mírate. No puedes ni sostenerte en pie. Tu amiga ya es parte del permafrost y tú serás la siguiente si sigues resistiéndote al abrazo del norte.

—¡Mírame a mí, Julian! ¡Tu deuda es conmigo! —intervino Rebecca con un grito atronador, interponiéndose físicamente entre el profesor y mi cuerpo tendido.

Con un movimiento desesperado de su brazo translúcido, Rebecca hizo ademán de golpear el aire hacia el colchón de hojas secas y polvo del rincón, pero su objetivo real era otro.

Al pasar su mano espectral cerca de la mesa rota, un remolino de viento helado barrió la superficie y arrojó el pequeño cuaderno de cuero gastado que yo había escondido bajo mi abrigo antes de salir de la residencia, haciéndolo deslizarse por el suelo hasta quedar a escasos centímetros de mis manos entumecidas.

Al mismo tiempo, la caja de cerillas cayó de la mesa, golpeando las tablas con un chasquido sutil que Julian no alcanzó a oír debido al rugido de la ventisca exterior.

—¡Hazlo ya, Claudine! —el ruego mental de Rebecca fue un latigazo de adrenalina pura que encendió las últimas reservas de mi sangre caliente—. ¡Prende el libro! ¡Es lo único que puede hacer arder las maderas que envuelven su corazón!

Aferré la caja de cerillas con unos dedos pálidos y azulados que apenas lograba doblar; la impotencia se apoderó de mí al intentar rascar la primera cerilla contra la lija lateral.

Mi mano temblaba tanto que la cabeza de fósforo se rompió con un chasquido inútil, dejando solo un rastro de humo gris que desapareció al instante en el aire congelado de la cabina.

—No... por favor, ahora no —suplicé en voz alta, con las lágrimas congelándose en mis mejillas como pequeños diamantes de dolor—. Vamos, maldita sea, funciona.

—Destruiste mi vida, Julian —la conversación entre los dos espectros del pasado seguía alcanzando niveles de intensidad salvaje a mi espalda—. Me encerraste en esta urna de cristal para que fuera tu trofeo eterno, pero hoy se acaba tu invierno.

—Te di la eternidad, Rebecca —respondió Julian, y el sonido de sus pasos pesados sobre la madera me indicó que volvía a avanzar hacia el centro del cuarto, donde la urna con su corazón congelado reposaba sobre el suelo—.

Te di un reino de pureza donde el tiempo no puede tocarte. Deberías estar agradecida.

Rasqué la segunda cerilla con una desesperación agónica.

Una chispa dorada nació en la penumbra, iluminando mis dedos entumecidos durante una fracción de segundo antes de que una ráfaga de aire helado, filtrada por la bisagra rota de la puerta, la apagara de golpe, sumergiéndome de nuevo en la frustración más absoluta.

Sentía que el dolor de los alfileres invisibles se transformaba en un entumecimiento definitivo; la sangre se me estaba hilando en las venas, el latido de mi pecho era ya un eco lejano y la tentación de cerrar los ojos y dejarme ir se volvía peligrosamente atractiva.

—¡No te rindas, chica del desierto! —el grito de Rebecca resonó en mi mente, cargado de una furia que me obligó a parpadear con fuerza para apartar la neblina que me nublaba la vista—. ¡Él no puede vencer al sol que llevas dentro!

Saqué la tercera cerilla de la caja, la última que me quedaba antes de que mis dedos se paralizaran por completo debido al rigor de la congelación.

Me incliné sobre el diario personal de 1974, abriendo las páginas amarillentas con una mano torpe y usándome a mí misma como escudo humano para proteger la lija del viento que soplaba desde el exterior.

Junté toda la rabia, todo el recuerdo de las tardes sofocantes de Arizona, el asfalto derritiéndose bajo el cielo de Phoenix y los refrescos de limón con azúcar que me devolvían la vida en los veranos de mi infancia.

¡ZAS!

La cerilla prendió con una llama viva, hermosa y dorada que desafió la penumbra de la cabaña con un calor que me devolvió la sensibilidad en las palmas de las manos de forma violenta.

Sin perder un solo segundo, acerqué la llama a los bordes deshilachados del diario de Rebecca Vance.

El papel podrido por la humedad y el cuero gastado comenzaron a arder con una rapidez asombrosa, alimentados por la resina de los árboles que el tiempo había secado en las páginas.

—¡¿Qué estás haciendo, Claudine?! —el grito de Julian Davies ya no fue el de un profesor autoritario, sino el de un animal herido que ve venir su propia ejecución.

Se giró hacia mí, con los ojos de azul ártico desorbitados por el pánico, e intentó abalanzarse sobre mi cuerpo para apagar el fuego con sus manos heladas, pero Rebecca Vance se interpuso en su camino una última vez, envolviendo el cuerpo del profesor en un abrazo de escarcha y viento que lo ralentizó por completo, haciéndole soltar un alarido de pura frustración.

—¡Esto es por las dos, Julian! —le grité con todas mis fuerzas, reuniendo la energía que me quedaba para levantar el diario en llamas con mis dos manos y arrojarlo directamente sobre el nido de maderas viejas y raíces congeladas que envolvían la urna de cristal con su corazón latiente.

Julian Davies cayó de rodillas al suelo, llevándose las manos al pecho mientras su rostro de porcelana comenzaba a llenarse de profundas grietas que revelaban el polvo grisáceo de su verdadero siglo de existencia.

Su cuerpo empezó a desintegrarse ante mis ojos, perdiendo la juventud robada con cada segundo que el fuego consumía las páginas del diario y el cristal de la urna comenzaba a resquebrajarse bajo el impacto del calor puro de la tierra.

—El invierno... se ha acabado... —susurró el espectro de Rebecca Vance con una sonrisa de infinita paz en sus labios de porcelana, mientras su silueta de escarcha comenzaba a disolverse suavemente en el aire de la cabaña, transformándose en una brisa templada que borró el dolor de los alfileres de mi cuerpo.

Me quedé tendida en el suelo, respirando el humo del fuego que ahora calentaba las tablas de la cabaña del lago viejo, sintiendo cómo el latido de mi corazón recuperaba su ritmo natural, cálido y humano, libre por fin de los fantasmas del norte.

Sabía que la tormenta exterior comenzaría a amainar en cualquier momento y que la pesadilla había terminado, pero lo que me hizo sonreír en mitad de la ceniza fue escuchar, a lo lejos, una voz muy viva y real que me llamaba con desesperación desde los árboles del bosque.

Megan estaba viva, y el sol de Arizona había ganado su batalla más difícil bajo el cielo de Dakota del Norte.