CAPÍTULO 13
El tumulto del descenso por las escaleras principales era un río de cuerpos asustados, sombras temblorosas y respiraciones agitadas que se amontonaban en la penumbra del edificio.
La linterna del guardia de seguridad abría un pasillo de luz blanca entre la masa de estudiantes que se empujaban, tiritando y murmurando entre dientes, obsesionados con la promesa de ese calor compartido en el salón de la planta baja.
Julian Davies caminaba al frente de la comitiva, con los hombros rectos y esa seguridad aristocrática que ahora me resultaba repulsiva; sabía que si bajaba con ellos, quedaría atrapada en un callejón sin salida bajo el control absoluto de sus manipulaciones.
—Megan, no vamos a bajar —le susurré al oído, agarrándola de la chaqueta con tanta fuerza que mis nudillos protestaron por el frío—. Es nuestra única oportunidad. Si entramos a ese salón, estamos muertas.
—¿Qué dices, Claudine? ¡Nos vamos a congelar aquí arriba si nos quedamos solas! —Megan se giró, con los ojos desorbitados detrás de sus gafas empañadas—. Has oído al guardia, el cajón eléctrico está fuera y...
—¡Precisamente por eso! —la corté en un susurro violento, arrastrándola hacia el pasillo secundario de las cocinas mientras el grueso del grupo seguía bajando por la escalera principal—.
Davies ha provocado esto para aislarnos.
Si nos quedamos, nos consumirá a todos uno a uno.
El diario de Rebecca decía que la única forma de romper el vínculo es encender un fuego con la madera vieja del bosque donde él guarda su corazón.
¡Tenemos que salir ahora que nadie nos mira!
Megan miró hacia la marea de alumnos que desaparecía escaleras abajo y luego me miró a mí, debatiéndose entre el miedo a la tormenta y el pánico que le provocaba la idea de que mis palabras fueran ciertas.
Su resistencia flaqueó al ver la determinación en mis ojos; la voz narrativa que me impulsaba no era la de una víctima propiciatoria, sino la de alguien que había crecido bajo el sol implacable de Arizona y se negaba a dejarse sepultar por el olvido del norte.
—Está bien, está bien, te sigo —asintió Megan, tiritando de forma descontrolada—. Pero como muramos congeladas ahí fuera, te juro que te perseguiré como un fantasma el resto de la eternidad.
—Ya estoy acostumbrada a los fantasmas, Megan. Créeme, estos son mucho más fáciles de manejar que Julian.
Nos deslizamos por el corredor de servicio, un pasadizo estrecho que olía a tuberías oxidadas y a grasa vieja, hasta llegar a la puerta de salida de emergencia que daba al patio trasero.
Al empujar el pomo de metal, el frío nos golpeó con la violencia de un impacto físico.
No era aire; era una masa sólida de hielo y viento que nos cortó la respiración de golpe, llenándonos los ojos de partículas blancas que cegaban cualquier intento de orientación.
La puerta se cerró a nuestras espaldas con un chasquido sordo, y en ese instante comprendí que el campus había desaparecido, sustituido por un desierto blanco, hostil y desprovisto de toda compasión humana.
—¡No veo nada, Claudine! —gritó Megan por encima del estruendo del viento, tapándose la cara con las manos enguantadas—. ¡El bosque está a la derecha, creo, pero la nieve borra los caminos!
—¡Sígueme y no te sueltes de mi abrigo! —le respondí a voz en grito, enterrando mis botas en la nieve fresca que ya nos llegaba casi por las rodillas—. ¡El fuego de Arizona aún corre por mis venas, Megan! ¡Si yo puedo avanzar, tú también puedes!
El trayecto de apenas cincuenta metros hacia los límites del bosque se transformó en una odisea agónica que amenazaba con devorar nuestras escasas fuerzas.
Cada paso requería un esfuerzo sobrehumano; mis piernas protestaban, entumecidas por un frío que se filtraba a través de las capas de ropa térmica como si fueran simples hojas de papel.
El viento soplaba en ráfagas huracanadas, arrastrando el polvo blanco en remolinos salvajes que borraban el horizonte, transformando el campus en un laberinto gris y opaco donde la muerte aguardaba pacientemente a los rezagados.
Me obligué a pensar en los asfaltos ardientes de Phoenix, en aquellas tardes interminables donde el sol derretía las carreteras y las chicharras hacían vibrar el aire; necesitaba aferrarme a esa memoria térmica para que mis músculos no se rindieran ante el abrazo del permafrost.
Cuando finalmente alcanzamos los primeros árboles del bosque, el ruido de la tormenta se amortiguó ligeramente, sustituido por el crujido lúgubre de las ramas congeladas que se mecían como garras plateadas sobre nuestras cabezas.
El ambiente aquí dentro era aún más gótico y opresivo; los sauces viejos parecían centinelas mudos de un secreto milenario, sus troncos cubiertos de una capa gruesa de escarcha que brillaba con una luz azulada y fantasmal.
—Tenemos que buscar la madera vieja... los árboles más antiguos —dije en voz alta, apoyándome contra un tronco para recuperar el aliento—. El diario decía que él guarda su corazón donde los árboles no mueren.
—Mira allí, Claudine —Megan señaló con un dedo tembloroso hacia una pequeña hondonada, unos metros más adelante—. Hay un claro... y me parece ver una construcción. Una especie de cabaña o cobertizo.
Nos deslizamos por la pendiente nevada, resbalando y cayendo un par de veces, hasta quedar frente a una pequeña estructura de troncos carcomidos por la humedad y cubiertos de hielo.
Era la cabaña del lago viejo que Rebecca había mencionado en sus últimas páginas de 1974.
La puerta de madera colgaba de una sola bisagra oxipada, gimiendo con cada embate del viento como el lamento de una mujer atrapada en el tiempo.
—Entremos rápido, antes de que nos descubra —murmuré, empujando la madera podrida para hacernos paso al interior.
El interior de la cabaña era un santuario de la desolación.
Había una mesa de madera rota, un par de sillas volcadas y un hogar de piedra cubierto de cenizas congeladas desde hacía medio siglo.
En el centro del suelo, sobre las tablas carcomidas, destacaba un objeto que me hizo detener en seco: una urna de cristal grueso, completamente cubierta de patrones de escarcha perfectos, dentro de la cual se adivinaba una masa oscura y estática. El corazón congelado de Julian Davies.
—Es eso... tiene que ser eso —dijo Megan, acercándose con pasos lentos y temblorosos—. Dios mío, Claudine, mira el cristal. Está latiendo. Hay un sutil movimiento de escarcha a su alrededor.
—No lo toques, Megan —le advertí en voz alta, sacando la caja de cerillas de mi bolsillo—.
El diario decía que la madera vieja del bosque es lo único que puede destruir el vínculo.
Busca ramas secas de los sauces de afuera, rápido.
Tenemos que encender un fuego en ese hogar de piedra antes de que él llegue.
Megan asintió con el rostro pálido y salió corriendo hacia la tormenta mientras yo me quedaba a solas con el secreto de Julian.
Me acerqué a la urna de cristal, sintiendo que la temperatura del lugar descendía aún más, como si la sola presencia de ese objeto estuviera absorbiendo toda la energía térmica que me quedaba en el cuerpo.
El contraste era brutal; yo venía del desierto, de un mundo donde la vida se abría paso bajo un sol implacable, y ahora estaba frente a la esencia misma del invierno absoluto, una criatura que necesitaba cazar la juventud de los mortales para no convertirse en polvo.
—Pensaste que sería una presa fácil, ¿verdad, Julian? —le dije al cristal en voz alta, con una rabia que encendía mis palabras—. Pensaste que una chica de Arizona se ablandaría con tu frío y te entregaría su sangre sin luchar. Te equivocaste de víctima.
—¿De verdad crees que has ganado, Claudine?
La voz profunda y aterciopelada resonó desde el umbral de la cabaña, haciéndome dar un vuelco violento.
Me giré de golpe, dejando caer las cerillas sobre la mesa rota.
Julian Davies estaba de pie bajo el marco de la puerta, con la nieve de la tormenta arremolinándose a su alrededor pero sin tocar su ropa.
Su rostro ya no ocultaba la naturaleza monstruosa que el diario de Rebecca había descrito; sus ojos castaños se habían transformado por completo en dos abismos de un azul ártico, idénticos a los de la criatura de la ventana, y su piel tenía la transparencia azulada de los ahogados.
—Sabía que vendrías aquí —dijo Julian, avanzando con una lentitud exasperante que hacía crujir las tablas del suelo—. Las chicas como tú, llenas de ese fuego inútil del sur, siempre cometen el mismo error. Piensan que su calor es superior a la eternidad del invierno.
—¡Usted mató a Rebecca! ¡La condenó a vivir como un espectro en este congelador! —le grité, retrocediendo hasta golpear el hogar de piedra—. ¡Y ahora quería hacer lo mismo conmigo!
—Rebecca eligió la inmortalidad, Claudine.
Eligió formar parte de este paisaje para no envejecer jamás —Julian se detuvo a dos metros de mí, extendiendo una mano cuyos dedos alargados y blanquecinos ya goteaban escarcha viva—.
El frío conserva las cosas bellas intactas.
Tu fuego del desierto es ruidoso, destructivo, se consume en un suspiro.
Yo te ofrecía la permanencia. Te ofrecía ser el motor de este invierno junto a ella.
—¡Yo prefiero consumirme en un suspiro antes que convertirme en una estatua de hielo a tu servicio! —le respondí con todas mis fuerzas, buscando con la mirada alguna defensa a mi alrededor—. ¡Mi sangre pertenece al sol, Julian! ¡Y no te la vas a quedar!
—Una lástima que tus palabras no tengan el poder de calentarte cuando tu corazón deje de latir —sentenció él, dando un paso definitivo hacia mí—.
Tu amiga Megan no va a regresar con esa madera, Claudine.
El frío ya se ha encargado de ella en el bosque.
Ahora solo quedamos tú, yo y la tormenta que tú misma has desafiado.
El aire de la cabaña se volvió tan denso y gélido que sentí que mis pulmones se congelaban con cada bocanada.
Julian Davies extendió sus manos hacia mi rostro, y por primera vez en toda mi vida con los fantasmas, comprendí que la verdadera iluminación no venía de buscar la luz, sino de encender el fuego necesario para destruir la oscuridad que pretendía gobernarnos.
El invierno definitivo de Dakota del Norte acababa de encerrarme en su trampa, pero el rastro del desierto aún ardía con fuerza en mis venas, listo para el último enfrentamiento.