CAPÍTULO 12
BUM, BUM, BUM!
Los golpes en la madera sonaron tan violentos que Megan y yo soltamos un grito al unísono.
La silueta azulada de la ventana se desvaneció en el acto, tragada por la negrura de la tormenta.
Fui a tientas hacia la puerta y pasé el cerrojo.
Al abrir, la luz de una potente linterna nos cegó por completo.
Detrás del haz blanco estaba el guardia de seguridad que nos había advertido antes, con las pestañas blancas y el pasamontañas chorreando agua nieve.
—Tienen que bajar al salón ahora mismo —ordenó el hombre con voz ronca y entrecortada por el frío—.
La calefacción principal ha muerto. Nos estamos quedando sin aire caliente y el director ha ordenado que todos los alumnos se reúnan en el salón más pequeño de la planta baja.
Tienen que estar juntos para darse calor humano o no pasaremos de la medianoche.
—¿Bajar al salón? —le espeté en voz alta, plantándome frente a él en el umbral—. ¿Es que no es consciente de que si no hacemos algo pronto nos vamos a morir todos congelados aquí dentro? ¡Ese salón no va a salvarnos de lo que viene!
El guardia bajó lentamente la linterna, iluminando el suelo, y suspiró con un desaliento que me heló la sangre.
—Soy mucho más consciente de lo que usted cree, señorita —respondió en un susurro, mirando hacia ambos lados del pasillo oscuro.
—Entonces hable —le exigí, dándole un tirón de la manga—. Cuéntenos qué está pasando de verdad.
—He visto esta escena antes —confesó el hombre, con los dientes castañeando—.
Otros años ha sucedido exactamente lo mismo.
Una tormenta repentina, el apagón general...
Yo siempre arreglaba la electricidad cuando se iba, me conocía el sistema al dedillo.
Pero este semestre, el profesor Julian Davies dio la orden estricta de trasladar el cajón eléctrico principal fuera del recinto, junto a los límites del bosque.
Lo hizo inaccesible. Si yo salgo ahí fuera con esta ventisca para intentar rearmar los fusibles, moriré congelado en dos minutos. Es una muerte segura.
—¡Pues alguien debe hacerlo! —insistí en voz alta, desesperada por la cobardía que flotaba en el aire—. ¡No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que el frío nos consuma!
—Vaya, vaya. Qué discurso tan conmovedor.
La voz de Julian Davies brotó de las sombras del pasillo, tan nítida y cortante que el guardia dio un respingo y se apartó hacia la pared.
El profesor avanzó lentamente hacia la luz de la linterna.
No llevaba abrigo, solo su chaqueta de tweed, y su rostro permanecía extrañamente relajado, como si el descenso brutal de la temperatura no fuera con él.
Sus ojos castaños se clavaron en los míos con una fijeza insoportable.
—¿Por qué no sale usted misma, Claudine, si tanto le preocupa el bienestar de sus compañeros? —me desafió Julian con una sonrisa gélida—. Tiene muy buenas palabras sobre el sacrificio, pero veo que no está dispuesta a mover un dedo cuando las cosas se ponen difíciles.
—¡Por supuesto que no lo voy a hacer! —le respondí a gritos, perdiendo por completo los papeles. Mi voz retumbó en las paredes del pasillo alfombrado—. ¡Yo no soy la salvadora de nadie salvo de mí misma! ¡Y no soy ninguna estúpida!
Di un paso hacia él, señalándolo con el dedo, consciente de que varias puertas del corredor comenzaban a abrirse y que las cabezas de otros estudiantes asomaban en la penumbra, escuchando cada una de mis palabras.
—Usted es el único que puede salir ahí fuera y arreglar ese cajón eléctrico —le grité en la cara, para que todos los alumnos lo oyeran—. ¡Es el único en todo este maldito campus que no puede morir congelado si sale a la tormenta! ¡Vaya usted si tanto le importa la universidad!
La conversación se había vuelto tan ruidosa y violenta que un murmullo de asombro y confusión empezó a extenderse entre los estudiantes que se agolpaban en el pasillo.
Julian Davies paseó la mirada por la multitud de rostros asustados y pálidos que nos rodeaban.
Su expresión se endureció, dándose cuenta de que el control de la situación se le estaba escapando de las manos.
—Silencio todos —sentenció Julian con una autoridad que acalló los murmullos al instante. Se giró hacia el guardia y luego clavó sus ojos oscuros en mí—. Creo que ha llegado el momento de que hable con todos ustedes en el salón principal. Bajen ahora mismo.