CAPÍTULO 11
—Ponlas aquí, Megan —dije en voz alta, colocando las velas en el centro de la alfombra—. Tenemos que leer esto antes de que el frío nos congele las ideas. Ayúdame.
—Me tiemblan las manos, Claudine, no puedo —Megan se sentó a mi lado con las piernas cruzadas, frotándose los brazos sobre la sudadera—.
Esto es una locura. Hace solo diez minutos estábamos pensando en el seminario y ahora parecemos dos fugitivas en un búnker.
¿De verdad crees que la clave está aquí dentro?
—Tiene que estarlo —afirmé, abriendo el diario de Rebecca en la página donde lo había dejado—. Escucha esto. Rebecca escribió esto una semana antes de desaparecer. Lo haré en voz alta para que captes cada maldito detalle.
Aclaré mi garganta y comencé a leer, sintiendo que el aire que salía de mi boca ya formaba pequeñas nubes de vaho debido a la falta de calefacción.
«21 de noviembre de 1974. Hoy Julián me ha llevado a la cabaña del lago viejo.
Hacía un frío horrible, pero cuando él me abraza, el mundo deja de importar.
Sin embargo, anoche descubrí algo espantoso mientras él dormía.
Su pecho no se movía. No respira. Al tocar su piel, no sentí calor humano, sino una succión.
Es como si su cuerpo fuera un imán que absorbe mi propia energía vital.
Cada vez que me besa, me siento más débil, más pálida.
Mis uñas se han vuelto quebradizas y ayer me miré al espejo y vi un mechón de pelo blanco.
Me está consumiendo, pero no puedo alejarme de él.
Su frío es un veneno dulce que me encadena».
—¡Dios mío! —exclamó Megan, tapándose la boca con una mano—. Se lo estaba haciendo a ella tal y como tú dijiste. Le robaba la vida poco a poco.
—¡Exacto! ¿Lo entiendes ahora? —le respondí, alzando la voz por encima del silbido del viento—.
No es una muerte violenta de golpe. Es una transferencia de energía.
Él necesita que la víctima se enamore de él, que abra su corazón voluntariamente para que el vínculo térmico se active.
Por eso me miraba así en el despacho. Por eso intentaba ganarse mi confianza desde el primer minuto.
—¿Y qué más dice? —Megan se inclinó sobre el libro, pegando su rostro al mío bajo la luz vacilante de la vela—. Sigue leyendo, tiene que haber una forma de romper ese vínculo.
Pasé la página con cuidado, temiendo que el papel reseco se rompiera entre mis dedos. La caligrafía de Rebecca se volvía cada vez más errática en los pasajes finales, como si la mano que sostenía la pluma apenas tuviera fuerzas para guiar el trazo.
—Aquí hay algo más —anuncié, fijando la vista en un párrafo subrayado con tinta roja—.
«Sé cuál es su debilidad. Julián no puede soportar el fuego real, el calor que nace de la tierra misma y no de los cuerpos.
Si consigues mantener una llama pura nacida de la madera vieja del bosque donde él guarda su corazón congelado, el vínculo se romperá y él perderá su juventud para siempre.
El permafrost lo reclamará. Pero yo ya no tengo fuerzas para encender ese fuego... el frío me ha ganado».
—Madre mía... —murmuró Megan, mirando la ventana—. La madera vieja del bosque. Se refiere al bosque que rodea el campus. Allí es donde guarda su secreto. Donde está el cuerpo congelado de Rebecca.
—Sí, y donde él renueva su pacto cada invierno —añadí yo, cerrando el diario de golpe con un sonido seco—. Por eso ha desatado esta tormenta, Megan. Sabe que tengo el diario. Sabe que estoy a un paso de descubrir cómo destruirlo.
De repente, una ráfaga de aire helado se filtró por la rendija de la ventana, haciendo que las tres velas parpadearan violentamente antes de apagarse por completo. La oscuridad total regresó a la habitación, y con ella, un silencio sepulcral que me erizó la piel.
—¡Claudine! ¡Las velas! —gritó Megan en mitad de la negrura, agarrándome del brazo con desesperación.
—Tranquila, tengo más cerillas —dije, buscando la caja a tientas sobre la alfombra—. No te muevas.
Antes de que pudiera rascar la madera contra la lija, un crujido sutil resonó en el cristal de la ventana.
Un reflejo azulado, pálido y fantasmal, comenzó a iluminar el cuarto desde el exterior, revelando la silueta perfecta de unos dedos helados que volvían a dibujar mi nombre al revés sobre el vidrio empañado.
El invierno nos había acorralado, y el tiempo se nos estaba acabando.