Becaria por error CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—¡Claudine! ¡Pero bueno, te estaba esperando en el pasillo y te encuentro aquí abajo! —el grito de Megan resonó desde el descanso de la escalera, rompiendo la parálisis del vestíbulo como un hachazo.

Julian Davies detuvo su avance en seco. La sonrisa gélida desapareció de su rostro, sustituida por una máscara de perfecta indiferencia académica. Vance, a mi lado, regresó de inmediato a su tarea con la fregona, agachando la cabeza como si nunca hubiéramos cruzado una sola palabra.

—Vaya, señorita Megan —dijo Julian, girándose hacia ella con total naturalidad—. Precisamente le comentaba a su compañera que la tormenta está empeorando y que el seminario queda suspendido. Regresen a sus habitaciones.

No esperé a que añadiera nada más. Agarré a Megan del brazo con una fuerza que la hizo quejarse y la arrastré escaleras arriba, huyendo de la mirada castaña y hambrienta que sentía clavada en mi nuca.

Una vez dentro de la 304, pasé el cerrojo con las manos temblorosas y me apoyé contra la madera, intentando respirar. Afuera, la nieve caía ya en remolinos salvajes y el viento siseaba contra el cristal, cada vez más fuerte, como el lamento de un animal herido.

—¿Te has vuelto loca? ¿Qué demonios ha sido eso? —me espetó Megan, quitándose los guantes de un tirón—. Parecía que estabas a punto de desmayarte delante de Davies.

—¡Megan, escúchame bien! ¡Tienes que creerme! —dije en voz alta, arrodillándome junto a la cama para sacar el cuaderno de cuero de debajo del colchón—. En este diario de Rebecca Vance está la clave para salvarme a mí y para salvarlos a todos.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué es ese libro viejo? —Megan frunció el ceño, retrocediendo un paso, asustada por la intensidad de mi voz.

—Julian Davies no es humano, Megan. Ya estaba aquí en 1974 cuando Rebecca desapareció. Ella era su novia. Él usa el calor de las chicas para mantenerse joven, y ahora Rebecca es esa criatura de hielo que vi en la ventana. ¡Necesita energía para que ella no se desintegre en el mundo de los muertos!

—A ver, frena un segundo, Claudine —Megan levantó las manos, mirándome con absoluta incomprensión—. Estás desvariando por el cambio de clima. Si corres peligro, haz las maletas y vuelve a Phoenix. Te tienes que salvar tú, los demás no estamos en peligro.

—¡No lo entiendes! ¡Todos estamos en peligro!

—le grité, golpeando el diario con el índice—.

El bocado más apetitoso para Julian soy yo porque vengo de Arizona.

El sol corre aún en mis venas, tengo el fuego del desierto dentro.

¡Por eso me eligió! Pero si yo me marcho o si me quedo sin suministro, atentará contra los demás. Os consumirá a todos para no morir.

—Pero... no entiendo cómo funciona —murmuró Megan, contagiada finalmente por mi pánico, mirando de reojo la ventana donde el viento aullaba—. ¿Qué es lo que hace Julian realmente? ¿Cómo roba ese calor?

—Aún no lo sé —respondí, abriendo el diario por las páginas amarillentas—. Pero estudiando el diario de Rebecca lo descubriré. Ella anotó todo lo que él le hacía antes de llevársela al bosque. Aquí dentro está la respuesta.

¡BUM, BUM!

Unos golpes autoritarios en la puerta del pasillo nos hicieron dar un respingo a las dos.

Escondí el diario tras mi espalda instintivamente mientras Megan abría apenas unos centímetros.

En el corredor, envuelto en un pasamontañas cubierto de escarcha, apareció un miembro del equipo de seguridad del campus.

—Todos los alumnos deben permanecer en sus dormitorios o en el salón principal —anunció el hombre con voz ronca, tiritando—. Se avecina una tormenta de nieve sin precedentes. Se va a cortar el suministro eléctrico en breve. No salgan bajo ningún concepto.

El guardia continuó su camino hacia la siguiente habitación.

Megan cerró la puerta de golpe, con el rostro completamente pálido al notar cómo los radiadores daban un último suspiro y comenzaban a enfriarse.

La penumbra gris y opaca de la tarde se adueñó del cuarto, mientras el rugido del viento exterior se volvía ensordecor, golpeando los cristales con una violencia desmedida.

Miré hacia la ventana, contemplando cómo la blancura de la ventisca borraba el resto del mundo, y algo muy dentro de mí me dio un vuelco terrible.

—Él ha provocado esto —susurré en voz alta, aferrando el diario contra mi pecho.

—¿Quién? ¿El frente frío? —preguntó Megan con un hilo de voz.

—No, Megan. Julian. Ha desatado la tormenta para aislarnos. Quiere atraparme a oscuras, y sabe que ahora mismo no tengo ningún lugar adonde huir.