Becaria por error CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

En la soledad de mi habitación ya no me importaba Rebecca Vance, ni sus historias con el profesor, ni siquiera estaba preocupada por saber qué clase de criatura era él.

Naturalmente sabía que no era un ser humano, era alguien sobrenatural, alguien que ya estaba allí cuando Rebecca se congeló...

pero, francamente, después de haber lidiado toda mi vida con fantasmas buscando la luz, Julian Davies no me asustaba.

En aquel momento, mientras mi mente iba asimilando la idea de que tenía que ayudar a Rebecca, a la universidad y al resto de estudiantes, mi cerebro escapaba a las tardes calientes del verano de Arizona...

a aquellos asfaltos ardientes derritiéndose bajo el sol implacable, a la forma en que vivimos buscando por siempre el refugio de una sombra, un local climatizado o un ventilador gigantesco, a los refrescos de limón y azúcar con hielo y a las hormigas, avispas, saltamontes y todo tipo de insectos que parecen pensar que Arizona es el paraíso para ellos.

—Ojalá pudiera evaporarme como el agua en el desierto —susurré en voz alta, mirando el techo agrietado de la habitación—. Prefiero mil veces el zumbido de las avispas bajo el porche de mi casa que este silencio blanco que te muerde los huesos.

Extrañaba el calor que te asfixiaba la piel pero te mantenía el alma despierta.

Aquí, en Dakota, el frío era un adormecimiento perverso, una trampa de cristal que te iba apagando el corazón sin que te dieras cuenta.

Cerré los ojos con fuerza, tratando de invocar el olor a tierra seca, a polvo ardiente y el sonido de las chicharras que hacían vibrar el aire de Phoenix.

¿Cómo había sido tan estúpida de pensar que la nieve congelaría mis problemas?

Los fantasmas de Arizona eran pesados, sí, imploraban atención con sus lamentos secos, pero eran humanos en su dolor; Julian y esa criatura de hielo pertenecían a una estirpe antigua, implacable, desprovista de cualquier rastro de piedad mortal.

—No voy a dejar que me conviertas en otra de tus muñecas de porcelana, Julian —dije con firmeza, abriendo los ojos y clavando la mirada en el espejo—. Si crees que me voy a quedar sentada esperando a que me congeles la sangre, es que no conoces a las chicas que crecemos bajo el sol.

Me levanté de la cama de un salto, sintiendo cómo la rabia acumulada encendía un fuego reconfortante en mi pecho.

Volví a colocarme el abrigo a toda prisa, agarré las llaves del escritorio y salí de la habitación 304 dando un portazo que hizo temblar las paredes del pasillo.

Megan me vio salir y abrió la boca para protestar por mi retraso, pero la corté antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.

—Vete tú delante al seminario, Megan —le espeté en voz alta mientras avanzaba a zancadas hacia las escaleras—. Tengo un asunto mucho más urgente que atender abajo. No me esperes.

Bajé los peldaños de dos en dos, impulsada por una adrenalina abrasadora que me hacía inmune a las corrientes heladas del edificio.

Al llegar al vestíbulo principal, me detuve en seco al ver la silueta encorvada del conserje Vance, que seguía pasando la fregona rítmicamente sobre las baldosas gastadas.

El olor a desinfectante barato y a humedad me pareció el escenario perfecto para un ajuste de cuentas.

—Señor Vance —le llamé en voz alta, dando un paso firme hacia su mostrador—. Deje la maldita fregona. Tenemos que hablar ahora mismo.

El anciano detuvo su movimiento con lentitud exasperante. Se enderezó poco a poco, apoyando sus manos nudosas en el palo de madera, y me clavó esos ojos oscuros y cargados de reproche que parecían guardar el resentimiento de medio siglo.

—Le dije que no se metiera donde no la llaman, jovencita —gruñó Vance, con una voz profunda que raspaba como la lija—. Las chicas que hacen demasiadas preguntas en este campus suelen terminar perdiéndose en la nieve.

—¡Déjese de amenazas baratas! —le grité, plantándome a menos de un metro de él—. Sé lo de su hermana Rebecca. He encontrado su diario sobre mi escritorio y sé perfectamente qué clase de monstruo es el profesor Davies. ¿Por qué le permite seguir aquí? ¿Por qué no ha ido a la policía?

Vance soltó una carcajada amarga, un sonido seco que no tenía ninguna pizca de gracia. Escupió en el suelo, cerca de mis botas, y me miró con una mezcla de lástima y desprecio.

—¿La policía? ¿Qué le iba a decir a la policía, muchacha?

—Vance dio un paso hacia mí, y su aliento frío me golpeó la cara—.

¿Que el director del departamento de literatura no ha envejecido un solo día desde 1974?

Me habrían encerrado en un manicomio, igual que intentaron hacer con mi padre.

En este pueblo, nadie quiere escuchar la verdad sobre lo que vive en el bosque.

—Pues yo sí quiero escucharla —le respondí, sosteniendo su mirada sin retroceder un milímetro—. Julian Davies la mató. Utilizó su calor para mantenerse vivo y usted se queda aquí limpiando sus suelos como si nada hubiera pasado. Es un cobarde, Vance.

—¡Cállese la boca! ¡Usted no sabe nada! —el conserje golpeó el suelo con el palo de la fregona, haciendo un ruido atronador que resonó en todo el vestíbulo vacío—.

¡Mi hermana no está muerta! Ella eligió quedarse con él, eligió el hielo para no marchitarse jamás.

Mi único trabajo aquí es asegurarme de que nadie perturbe su descanso...

y de que ninguna chica del sur venga a robarle el fuego que Julian necesita para seguir alimentándola a ella.

Y, de repente, lo comprendí... Julian Davies quería mi fuego, mi sangre caliente de Arizona, del desierto, del sol implacable porque Rebecca Vance necesitaba el calor de Julian para no irse al mundo de los muertos y yo...

era el siguiente suministro de energía. Yo era la elegida para mantener encendida la llama de un romance macabro y centenario, una batería humana traída desde la otra punta del país para que una muerta de porcelana no se desintegrara en el olvido del permafrost. El amor que Rebecca describía en su diario no era más que una condena, un parásito que mutaba de cuerpo en cuerpo, y Julian era el catalizador, el monstruo de ojos castaños que robaba la juventud del sol para alimentar a su amada congelada.

—No voy a ser vuestro combustible —susurré entre dientes, apretando los puños dentro de los bolsillos—. Mi sangre no pertenece a este maldito congelador.

Vance me miró con una sonrisa perversa, adivinando el terror y la rabia que se disputaban el control de mis facciones. Abrió la boca para responder, pero sus palabras se congelaron antes de salir.

La pesada puerta doble del vestíbulo se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de nieve que barrió las baldosas y apagó el olor a desinfectante.

En el umbral, recortado contra el blanco cegador de la tormenta exterior, apareció la silueta alta y firme de Julian Davies.

No llevaba sombrero, y los copos de nieve que caían sobre su cabello oscuro se derretían al instante, como si su propia piel fuera un radiador encendido.

Entró con paso lento, seguro, y cerró la puerta a sus espaldas con un chasquido seco que resonó en mis oídos como el disparo de una ejecución.

Su chaqueta de tweed desprendía ese aroma a madera y masculinidad que ahora me resultaba nauseabundo, y en sus labios perfectos dibujaba una sonrisa gélida, desprovista de cualquier rastro de la empatía académica que me había mostrado esa mañana.

—Es una lástima que falte a mi seminario, Claudine —dijo Julian, avanzando hacia nosotros mientras sus ojos castaños, fijos en los míos, brillaban con una intensidad hambrienta y salvaje—. Precisamente hoy íbamos a hablar de los sacrificios necesarios para que el invierno nunca muera.