CAPÍTULO 8
El cuero del diario se sentía tan helado que mis dedos protestaron al rozar la cubierta.
Al abrirlo, el olor a papel podrido y a humedad invernal me golpeó el rostro, pero mis ojos se clavaron de inmediato en la primera página.
La caligrafía era elegante, picuda, idéntica a la que la escarcha había dibujado en mi ventana.
—¿No te han enseñado que es de mala educación leer diarios ajenos?
La voz siseó a mi espalda. No venía de la puerta, sino del rincón más oscuro de la habitación, junto al armario.
Me giré de golpe, ahogando un grito en la garganta.
La silueta que había visto en el bosque estaba allí, materializándose entre las sombras del cuarto.
Era Rebecca Vance. Llevaba el abrigo deshilachado de la fotografía, pero su rostro ya no era humano; era una máscara de porcelana agrietada, con los ojos vacíos y los labios azules fijos en una sonrisa muerta.
—Tú... —logré articular, pegando mi espalda contra la madera de la puerta—. Tú eres Rebecca.
—Él te mira como me miraba a mí, Claudine —el espectro dio un paso al frente, y el suelo crujió bajo sus pies invisibles—. Busca tu calor. Busca el fuego de Arizona que traes en la sangre para mantenerse vivo un siglo más.
—¡Vete! —grité, extendiendo las manos—. ¡Déjame en paz! Yo no tengo nada que ver con vuestra historia.
—Ya estás dentro, muchacha —la voz de Rebecca resonó directamente en mi cerebro, igual que la criatura del avión—. Te dio su marca en el cristal. Te dio su calor en el despacho. Si vas a su clase esta tarde, estarás firmando tu propia condena de nieve.
Un golpe seco en la puerta rompió el trance. Rebecca se desvaneció en el aire como humo blanco, dejando tras de sí un olor a ozono y una capa de escarcha sobre el escritorio.
—¡Claudine! —la voz de Megan sonó desde el pasillo—. ¡Abre! Vamos tarde para el seminario del profesor Davies. Si no nos damos prisa, nos cerrará la puerta en la cara.
Miré el diario en el suelo. Miré el rincón vacío. Recogí el libro a toda prisa, lo escondí debajo de mi colchón y me limpié el sudor frío de la frente antes de abrir la puerta.
—Ya voy, Megan —dije, intentando que mi voz sonara normal—. Vámonos. Tengo muchas ganas de escuchar la lección de hoy.
El trayecto hacia el aula de seminarios lo hice en un silencio que a Megan le pareció timidez, pero que en mí era puro pánico. Caminaba por los pasillos repitiendo el nombre de Julian en voz alta, como un mantra que intentaba descifrar.
—Julian Davies, Julian Davies... No puede ser el mismo. Es imposible —murmuraba entre dientes, ignorando los ruidos del campus.
—¿Decías algo, Claudine? —Megan se giró, extrañada por mis balbuceos—. Llevas todo el camino hablando sola. Pareces una loca.
—No es nada, Megan. Solo repaso mentalmente los créditos que firmé esta mañana. Tengo que concentrarme en las asignaturas.
—Pues concéntrate en acelerar el paso. Si Davies empieza la clase, no deja entrar a nadie. Y créeme, no quieres ser el blanco de sus comentarios sarcásticos delante de todo el mundo.
Entramos en el aula justo cuando el reloj del pasillo daba las cuatro.
El espacio era pequeño, con gradas de madera que crujían y un olor a tiza y calefacción antigua que me revolvió el estómago.
Julian ya estaba allí, de pie junto a la pizarra de tiza, vistiendo la misma chaqueta de tweed que parecía contener todo el calor de este edificio maldito.
Al verme entrar, sus ojos castaños se clavaron en los míos con una fijeza que me hizo detener en seco en el umbral.
—Llegan a tiempo, señoritas —dijo él, con esa voz profunda que ahora me sonaba a engaño centenario—. Busquen asiento. Hoy tenemos mucho que discutir sobre la persistencia del mito.
Me senté en la segunda fila, con Megan al lado. Saqué mi cuaderno con manos temblorosas y me obligué a hablar en voz alta, lo suficientemente alto para que los alumnos de mi alrededor me escucharan, buscando cualquier rastro de normalidad.
—¿Alguien sabe si el profesor Davies lleva mucho tiempo dando esta asignatura? —pregunté al chico que estaba sentado a mi izquierda.
—¿Davies? Creo que lleva aquí unos seis o siete años —respondió el chico, encogiéndose de hombros—. Llegó de la costa este, según dicen. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Simple curiosidad de recién llegada. Me pareció un hombre... con mucha historia.
Julian aclaró su garganta, interrumpiendo mi interrogatorio improvisado. Golpeó suavemente la mesa con un trozo de tiza y la clase quedó en un silencio sepulcral.
—Hoy hablaremos de las criaturas folclóricas del norte —comenzó Julian, paseando la mirada por el aula hasta detenerla en mí—.
Específicamente, de los cambiaformas y los seres que el permafrost conserva intactos.
En las leyendas de los nativos, existen hombres que intercambian su calor vital con el invierno para no envejecer jamás.
¿Alguien sabe cuál es el precio de ese pacto?
Nadie respondió. El silencio del aula se volvió denso, casi irrespirable. Me obligué a levantar la mano, sintiendo que el corazón me iba a estallar en el pecho.
—¿Sí, señorita Claudine? —Julian arqueó una ceja, invitándome a hablar.
—El precio es la sangre de los inocentes, ¿no es así, profesor? —dije en voz alta, sosteniendo su mirada desafiante—. El precio es engañar a jóvenes inocentes, atraerlas con promesas de calor y dejarlas congeladas en el bosque cuando ya no queda nada de ellas que consumir.
Un murmullo de sorpresa recorrió las gradas. Megan me dio un codazo por debajo de la mesa, horrorizada por mi atrevimiento.
—¡Claudine, cállate! ¿Te has vuelto loca? —susurró Megan, con la cara roja de vergüenza.
Julian no se inmutó. Al contrario, una sonrisa sutil y peligrosa asomó a sus labios perfectos. Dejó la tiza sobre la mesa y dio tres pasos lentos hacia mi fila, acortando la distancia física entre los dos.
—Una interpretación muy gótica, Claudine —dijo Julian, con una calma que me erizó la piel—.
Sin embargo, el mito dice que estas criaturas no buscan hacer daño por maldad.
Buscan la supervivencia. El invierno en Dakota es eterno, y para aquellos que pertenecen al hielo, el calor humano es una droga de la que no pueden prescindir.
¿No cree usted que la necesidad de sobrevivir justifica cualquier método?
—No cuando destruye la vida de los demás, profesor —respondí, poniéndome de pie de golpe.
Toda la clase me miraba ahora como si fuera un bicho raro—.
No cuando se esconde detrás de una fachada de amabilidad para cazar a chicas que huyen de sus propios pasados.
Rebecca Vance no merecía terminar en ese bosque en 1974.
El nombre de Rebecca cayó como una bomba en el aula. Julian se detuvo en seco. Sus ojos castaños se oscurecieron por completo, perdiendo todo rastro de calor humano, transformándose en dos pozos tan fríos como los de la criatura que había visto en mi ventana.
—La clase ha terminado por hoy —sentenció Julian, sin apartar la vista de mi rostro—. Pueden retirarse. Señorita Claudine, quédese un momento. Necesitamos hablar de su... participación en el seminario.
Los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas a toda prisa, murmurando entre dientes y lanzándome miradas de reproche. Megan me agarró del brazo antes de salir.
—Te has pasado tres pueblos, Claudine —me reprochó Megan en voz alta, visiblemente enfadada—. No sé qué te pasa desde que llegaste, pero estás arruinando tu primer día. Te espero en el pasillo, no tardes.
—Vete, Megan. Estoy bien. Tengo que aclarar un par de cosas con el profesor —le respondí, soltándome de su agarre.
Cuando la última puerta se cerró, el aula quedó sumida en un silencio sepulcral. Julian caminó hacia la entrada, echó el cerrojo de la puerta de madera y se giró hacia mí. El radiador del aula comenzó a chirriar con fuerza, pero la temperatura del lugar descendió de golpe varios grados.
—Has estado leyendo cosas que no te pertenecen, Claudine —dijo Julian, avanzando hacia mi pupitre con paso firme—. Te advertí en mi despacho que no buscaras misterios en este lugar.
—¡Usted estaba allí! —le grité, retrocediendo un paso hasta chocar con la grada—. ¡Usted estuvo con Rebecca en el 74! He leído su diario, Julian. Ella le amaba y usted la dejó morir en la nieve para quedarse con su juventud. ¿Qué es usted? ¿Un monstruo?
—Soy lo que este lugar me obligó a ser —respondió él, quedando a solo unos centímetros de mí.
Su aliento ya no era cálido; era una ráfaga de aire congelado que me golpeó la cara—.
Rebecca se ofreció voluntariamente. Ella quería estar conmigo para siempre, y el hielo era la única forma de conservar su belleza intacta.
Pero tú... tú eres diferente, Claudine. Tienes el fuego del desierto en las venas.
—¡Aléjese de mí! —grité de nuevo, intentando empujarlo, pero al tocar su pecho sentí que ponía las manos sobre un bloque de mármol congelado—. ¡No voy a ser su próxima víctima! ¡Voy a contarle a todo el mundo lo que descubrí bajo el colchón!
Julian me agarró de las muñecas con una fuerza sobrenatural. Sus dedos ardían de un frío tan intenso que sentí que me quemaba la piel.
—Nadie te va a creer, muchacha —susurró él en mi oído, con esa intensidad arrebatadora que me atraía y me aterraba a la vez—.
Para todos aquí, eres solo una chica de Arizona que no ha podido soportar la presión del invierno.
Estás atrapada conmigo en esta habitación, Claudine, y el invierno acaba de empezar.