Becaria por error CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La oscuridad del sótano nos envolvió como un sudor helado.

El silencio que siguió a la explosión de la bombilla fue tan súbito que alcancé a oír el eco salvaje de mis propios latidos, rápidos y desbocados.

Julian seguía allí, una presencia inmensa y cálida a solo unos milímetros de mi rostro, bloqueando cualquier salida con su cuerpo.

Su mano, que antes acariciaba mi frente, descendió por mi mejilla de forma lenta, magnética, como si sus dedos calientes buscaran grabar su propiedad en mi piel congelada.

Sentí que el abismo gótico del que siempre huía se abría bajo mis pies, pero esta vez no quería salvarme; quería caer en él si Julian estaba al fondo.

—Profesor... —mi voz fue un susurro roto, un ruego que delataba toda mi debilidad.

—Silencio, Claudine —su aliento cálido rozó mis labios, embriagándome con su olor a madera vieja y tabaco—. No te muevas.

—Tengo miedo —mentí, porque lo que sentía en ese instante era un deseo abrasador, una urgencia prohibida que me quemaba las entrañas.

—El miedo es una respuesta natural ante lo desconocido —su voz bajó un octavo, volviéndose peligrosamente íntima—. Pero aquí, en las sombras, nadie puede verte. Nadie sabe quién eres.

—Usted lo sabe. Me mira como si conociera cada uno de mis pecados.

—Quizá porque compartimos los mismos, muchacha —Julian se inclinó un milímetro más, y juré que nuestras bocas iban a sellar un pacto maldito en mitad de la penumbra.

¡CRACK!

Un crujido seco y pesado retumbó al fondo del pasillo de las estanterías de hierro, rompiendo el hechizo de golpe.

Julian se tensó al instante, apartando su mano de mi rostro con una brusquedad que me dejó desamparada y temblando de frío.

El sonido de unos pasos lentos, torpes pero firmes, comenzó a aproximarse sobre el suelo de cemento del sótano.

—¿Quién está ahí? —demandó Julian, recuperando su tono autoritario de profesor, aunque su respiración seguía siendo agitada.

Nadie respondió. Solo el arrastrar de unas botas pesadas y el goteo constante de algo húmedo contra el suelo.

—Vámonos de aquí, ahora mismo —me susurró Julian al oído, agarrándome del brazo con una fuerza que casi me hizo daño.

—¿Es ella, Julian? ¿Ha venido a buscarme? —pregunté, sintiendo que el pánico regresaba para sustituir la electricidad de su contacto.

—No digas tonterías. Camina detrás de mí y no te separes.

Nos movimos a tientas por el pasillo oscuro mientras los pasos parecieron multiplicarse a nuestras espaldas, resonando como un eco antiguo atrapado entre los libros prohibidos.

Al llegar a las escaleras que subían al vestíbulo principal, la luz mortecina de la mañana volvió a golpearnos la cara, haciéndonos parpadear.

Julian soltó mi brazo de golpe, adoptando una distancia profesional tan fingida y fría que me dolió más que el propio invierno.

—Vaya a su habitación, Claudine —dijo, sin mirarme a los ojos, mientras se ajustaba la chaqueta de tweed—. Limpiese la cara. Tiene restos de hollín de la bombilla. La veo en el seminario de la tarde.

—¿Y qué pasa con lo que había ahí abajo? —inquirí, subiendo el primer peldaño, enfurecida por su repentina indiferencia.

—Allí abajo solo hay libros viejos y tuberías rotas —sentenció él, dándose la vuelta para regresar a la penumbra de la biblioteca—. No busque misterios donde solo hay abandono.

Caminé de vuelta a la residencia con la mente hecha un caos, arrastrando los pies sobre la nieve fresca que volvía a cubrir los senderos del campus.

Sus palabras me habían dejado una sensación de vacío insoportable, ese veneno gótico de los secretos que se guardan bajo llave por miedo a la verdad.

Él sabía algo, estaba segura; su reacción ante el ruido no había sido la de un profesor asustado, sino la de alguien que reconoce una amenaza familiar.

Al entrar en el vestíbulo de la 304, me encontré con el conserje Vance limpiando el suelo con una fregona vieja. Al verme pasar, detuvo su tarea y me clavó una mirada cargada de un resentimiento oscuro.

—Ha estado en la sección de archivos, ¿verdad? —preguntó con su voz profunda, sin rastro de la cortesía de la mañana anterior.

—¿Le importa lo que haga con mi tiempo libre, señor Vance? —respondí, deteniéndome junto a las escaleras.

—Me importa lo que mueva en este lugar, jovencita —el hombre apretó el palo de la fregona con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos—. Hay páginas que es mejor dejar cerradas. El frío no perdona a los curiosos, y mi hermana Rebecca tampoco.

—Su hermana murió hace cincuenta años —solté, intentando sonar valiente, aunque por dentro me estaba desmoronando.

—Ella no está muerta —Vance dio un paso hacia mí, y su aliento olía a alcohol barato y a encierro—. Solo está esperando. Y usted se parece demasiado a lo que ella dejó atrás. Tenga cuidado con el profesor Davies. Él también estaba aquí cuando el hielo se la llevó.

Me quedé helada en el sitio, sintiendo que las piezas de un rompecabezas perverso comenzaban a encajar de la peor manera posible.

¿Julian había estado allí en el 74? Era imposible, las cuentas no salían, a menos que Julian ocultara un secreto mucho más oscuro y antinatural que la propia criatura de la ventana.

Subí las escaleras corriendo, huyendo de las palabras del conserje y del frío que parecía perseguirme por los escalones. Al abrir la puerta de mi habitación, me detuve en seco. La calefacción estaba apagada y el cuarto se sentía como una auténtica nevera.

Sobre mi escritorio, justo al lado de mis apuntes de mitología, había un libro que yo no había traído conmigo. Era un volumen pequeño, encuadernado en cuero gastado y carcomido por la humedad.

Me acerqué despacio, con el corazón en la garganta, y leí el nombre grabado en letras doradas difuminadas en la portada: Rebecca Vance. Diario personal, 1974.