Becaria por error CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La biblioteca de la universidad parecía el mausoleo de algún noble olvidado por el tiempo.

Sus techos altísimos desaparecían entre vigas de madera que crujían con cada embate del viento, y los estrechos pasillos, encajonados entre estanterías interminables, permanecían sumidos en una penumbra constante.

El aire era denso, cargado del olor a polvo, humedad y papel envejecido, como si cada libro conservara el aliento de quienes lo habían abierto décadas atrás.

Me refugié en la sección de archivos locales, situada en el sótano, donde la calefacción apenas conseguía abrirse paso y el frío reptaba por el suelo con la paciencia de un espectro.

Mientras avanzaba entre las estanterías, mis pensamientos seguían anclados en el despacho de Julian.

La serenidad de su mirada, el calor de su voz y el roce fugaz de sus dedos se habían quedado grabados en mi memoria con una intensidad desconcertante.

Había algo en él que inspiraba confianza y, al mismo tiempo, una cautela difícil de explicar, como si ocultara un secreto que aún no estaba dispuesto a compartir.

—¿Busca algo en especial o solo intenta esconderse del invierno?

La voz surgió desde la oscuridad y me hizo dar un respingo.

Era el anciano bibliotecario. Sus ojos, velados por las cataratas, parecían mirar mucho más allá de mí. Vestía una chaqueta de punto desgastada por los años, tan antigua que parecía pertenecer a la propia biblioteca.

—Estoy buscando información sobre el invierno del setenta y cuatro —respondí en voz baja—. Las noticias de aquella época.

El anciano sonrió apenas.

—El año en que el hielo reclamó a su víctima más hermosa...

Pronunció aquellas palabras casi en un susurro.

—Rebecca Vance.

Dio un paso hacia la mesa sin dejar de observarme.

—Era una muchacha preciosa. Tenía una piel tan blanca que parecía hecha de porcelana. Su padre terminó perdiendo la razón. Decía que el bosque la había elegido porque era demasiado pura para este mundo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Usted la conoció?

Su sonrisa se desdibujó lentamente.

—Todo el campus la conocía. Era imposible no fijarse en ella.

Soltó una risa seca que resonó entre las estanterías.

—Pero el invierno tiene predilección por las muchachas hermosas que caminan solas. Ten cuidado de que no llegue a confundirte con ella.

Sus ojos apagados permanecieron clavados en los míos.

—Te pareces un poco... No físicamente. Es la forma de mirar. Como si siempre estuvieras buscando una respuesta que nadie quiere darte.

Sin esperar contestación, se dio media vuelta y desapareció entre los pasillos.

Durante unos segundos permanecí inmóvil.

No sabía si sus palabras pretendían ser una advertencia o el simple desvarío de un anciano demasiado tiempo rodeado de historias antiguas.

Respiré hondo y encendí el lector de microfilmes.

El zumbido del aparato rompió el silencio del sótano mientras las imágenes en blanco y negro comenzaban a desfilar lentamente ante mis ojos.

Obituarios.

Anuncios de automóviles.

Noticias locales.

Páginas y más páginas hasta que apareció un gran titular ocupando casi toda la portada.

«Desaparece la hija del conserje en mitad de la tormenta del siglo.»

Sentí un vuelco en el estómago.

Amplié la fotografía que acompañaba la noticia.

Rebecca Vance.

La imagen era borrosa, pero suficiente para apreciar la delicadeza de sus facciones. No se parecía a mí. Sin embargo, había algo inquietantemente familiar en sus ojos. Aquella expresión transmitía la misma mezcla de desasosiego y resignación que yo veía cada vez que un muerto cruzaba mi camino.

Era la mirada de alguien que sabía demasiado.

—Es una lectura bastante sombría para una mañana como esta, ¿no le parece?

La voz de Julian sonó a mi espalda.

Di un respingo tan brusco que casi derribé la silla.

Él permanecía de pie detrás de mí, observando la pantalla por encima de mi hombro.

La nieve derretida resbalaba lentamente por el bajo de su gabardina, formando pequeñas gotas sobre el suelo de piedra.

Su presencia llenó aquel rincón de la biblioteca con el inconfundible aroma a madera, café y aire frío que parecía acompañarlo siempre.

—Me ha asustado, profesor.

Casi por instinto oculté la pantalla con una mano, como si me hubiera sorprendido haciendo algo indebido.

Julian sonrió con discreción.

—Le aconsejé que no se dejara arrastrar por las leyendas del campus.

Se acercó un poco más al escritorio.

—Venía a buscar un libro de poesía victoriana y la encontré aquí, escarbando en un pasado que muy pocos recuerdan.

Sus ojos descendieron hacia el microfilme.

—¿Por qué le interesa tanto Rebecca Vance?

Levanté lentamente la vista.

No tenía sentido seguir ocultándolo.

—Porque la vi.

Él no dijo nada.

Esperó.

—La mujer que apareció en la ventana de mi habitación... era ella. O, al menos, eso creo.

Mi voz apenas era un susurro.

—Sé que probablemente piensa que estoy exagerando. Que soy una estudiante impresionable. Pero llevo demasiado tiempo viendo cosas que los demás no ven para confundir una alucinación con la realidad.

Julian permaneció inmóvil.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Luego su expresión cambió imperceptiblemente.

No había incredulidad.

Tampoco compasión.

Solo una atención serena que me sorprendió.

—Te creo.

La palabra me dejó sin respiración.

Tardé un instante en comprender qué era lo que me había desconcertado tanto.

Había dejado de tratarme de usted.

Continuó hablando con la misma calma.

—Existen personas especialmente sensibles al dolor que permanece anclado en ciertos lugares. Personas capaces de percibir aquello que otros ignoran.

Su mirada se desvió un instante hacia la fotografía de Rebecca.

—Pero la historia de la familia Vance está llena de heridas que nunca terminaron de cerrarse.

Volvió a mirarme.

—Y algunas heridas prefieren seguir ocultas.

Julian permaneció unos instantes contemplando la imagen de Rebecca antes de volver a fijar sus ojos en los míos. Había desaparecido el tono distendido con el que solía hablar en clase. Su expresión era más grave, más contenida.

—Remover los secretos de la familia Vance puede ser peligroso, Claudine. Este campus tiene raíces muy profundas. Hay historias que el tiempo no consigue borrar, por mucho que la nieve las cubra una y otra vez.

—No le tengo miedo al pasado —mentí.

Ni siquiera yo me creí aquellas palabras.

Había recorrido medio país intentando escapar precisamente de él.

Julian apoyó una mano sobre la mesa, sin invadir mi espacio, pero lo bastante cerca para transmitirme una inesperada sensación de seguridad.

—Todos creemos eso al principio.

Su voz apenas era un murmullo.

—Hasta que el pasado decide buscarnos.

Lo observé en silencio. Cuanto más hablaba, más tenía la impresión de que conocía aquella historia mejor de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Yo no vine aquí buscando fantasmas.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Pero puede que ellos sí te estuvieran esperando.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido constante del lector de microfilmes.

—Los muertos me siguen desde hace años —confesé al fin, casi sin darme cuenta de que estaba hablando en voz alta—. Pensé que alejándome de Arizona conseguiría librarme de ellos, pero estaba equivocada. Aquí... todo parece distinto. Más intenso.

Julian bajó la mirada un instante antes de volver a encontrar la mía.

—Hay lugares donde ciertas presencias parecen encontrar más fuerza.

Hizo una breve pausa.

—Y este es uno de ellos.

Sus palabras no pretendían asustarme.

Precisamente por eso resultaban mucho más inquietantes.

—¿Qué debería hacer?

Él guardó silencio unos segundos antes de responder.

—No perseguir respuestas demasiado deprisa.

Aquella recomendación sonó más a advertencia que a consejo.

—La curiosidad puede abrir puertas que luego nadie sabe cerrar.

Asentí despacio, aunque sabía que era incapaz de obedecerle.

Necesitaba comprender qué relación tenía Rebecca conmigo.

Necesitaba saber por qué había pronunciado mi nombre.

Julian pareció adivinar mis pensamientos.

Esbozó una sonrisa tenue, casi resignada.

—Supongo que pedirte que dejes este asunto es inútil.

No pude evitar devolverle una sonrisa.

—Bastante.

Negó con la cabeza, divertido.

—Lo imaginaba.

Entonces, con un gesto espontáneo, apartó con suavidad un mechón de cabello que había caído sobre mi frente.

El contacto fue apenas un roce.

Sin embargo, el calor de su mano contrastó de tal manera con el frío que parecía haberse instalado dentro de mí que sentí un leve estremecimiento.

Él retiró la mano casi de inmediato, como si hubiera sido consciente de la cercanía que acababa de romper.

Ninguno de los dos dijo nada.

El silencio que siguió fue denso, incómodo y, al mismo tiempo, extrañamente sereno.

A nuestro alrededor, la biblioteca continuaba sumida en aquella quietud solemne que parecía absorber cualquier sonido.

Por un instante olvidé el frío, a Rebecca y hasta el motivo por el que había bajado al sótano.

Solo existía aquella calma suspendida entre los dos.

Y entonces ocurrió.

La pantalla del lector de microfilmes comenzó a vibrar.

Al principio fue un leve parpadeo.

Después aparecieron líneas oscuras que atravesaban lentamente la fotografía de Rebecca, como si el propio papel estuviera agrietándose desde dentro.

Fruncí el ceño.

—¿Ha visto eso?

Julian volvió la cabeza hacia la pantalla.

No llegó a responder.

Las interferencias aumentaron de intensidad. La imagen se deformó hasta que el rostro de Rebecca quedó cubierto por una maraña de sombras blancas y negras que recordaban a las grietas que se forman sobre la superficie de un lago helado.

Un zumbido agudo llenó el sótano.

La lámpara del escritorio empezó a titilar al mismo ritmo.

El aire pareció enfriarse de golpe.

Sentí un escalofrío subir lentamente por mi espalda.

La respiración se condensó delante de mi boca.

Julian también debió de notarlo.

Su expresión cambió de inmediato.

Miró a su alrededor con una atención que ya no tenía nada de académica.

Entonces la bombilla del lector estalló.

El chasquido resonó con violencia en toda la sala.

La pantalla se apagó.

Al mismo tiempo, la lámpara del escritorio quedó reducida a un hilo de luz vacilante antes de extinguirse también.

La oscuridad envolvió el sótano.

Solo permanecía encendida, al fondo del pasillo, una débil luz de emergencia que apenas conseguía dibujar las siluetas de las estanterías.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

Tuve la extraña sensación de que no estábamos solos.

Como si, oculto entre los interminables corredores de libros olvidados, alguien acabara de abrir los ojos.