CAPÍTULO 5
El pasillo del Departamento de Literatura Comparada olía a madera encerada, papel envejecido y libros que llevaban demasiado tiempo descansando en las mismas estanterías.
Las paredes estaban cubiertas por tablones de anuncios repletos de carteles de seminarios, conferencias y ofertas de empleo que parecían llevar meses esperando a un destinatario que nunca llegaba.
Tras los altos ventanales, la tormenta de la noche anterior había sepultado el campus bajo una capa de nieve tan espesa que apenas se distinguían los coches aparcados.
Todo era blanco. Un blanco absoluto que difuminaba las formas y hacía que el mundo pareciera suspendido en un silencio irreal.
Recorrí el pasillo despacio hasta detenerme frente a una puerta de madera oscura sobre la que brillaba una pequeña placa de latón.
Profesor Julian Davies.
Inspiré profundamente antes de llamar tres veces con los nudillos.
—Adelante.
Su voz sonó clara al otro lado de la puerta.
Empujé con cuidado y entré.
El contraste con el exterior fue inmediato.
El despacho era un refugio cálido en mitad del invierno.
Las paredes desaparecían casi por completo tras interminables estanterías repletas de libros de todos los tamaños, muchos de ellos encuadernados en cuero oscuro y visiblemente castigados por el paso de los años.
Un viejo radiador de hierro fundido crepitaba junto a la ventana, llenando la estancia de un calor agradable que me obligó a desabrocharme el abrigo casi sin darme cuenta.
Julian levantó la vista de unos documentos que tenía sobre la mesa. Llevaba unas gafas de lectura que le conferían un aire todavía más sereno e intelectual. Al verme entrar, se las quitó despacio y me dedicó una sonrisa tranquila.
—Buenos días, Claudine. Veo que ha sobrevivido a su primera noche en el norte. Siéntese, por favor.
—Buenos días, profesor.
Tomé asiento frente al escritorio de roble.
—Sobrevivir es exactamente la palabra que estaba buscando. Creo que he gastado más energía intentando no congelarme hasta llegar aquí que haciendo todo el viaje desde Arizona.
Julian dejó escapar una risa baja.
—El primer invierno siempre resulta un bautismo. Aunque aquí solemos decir que es un bautismo de hielo.
Apartó una pequeña montaña de papeles para dejar libre una carpeta.
—He revisado su expediente. Las convalidaciones están prácticamente resueltas. Solo hay una pequeña diferencia en los créditos de Literatura Clásica, pero podrá compensarla asistiendo a mi seminario de Mitología del Norte de Europa.
Asentí.
—Precisamente era la asignatura que más ganas tenía de cursar.
Él arqueó ligeramente una ceja.
—¿Ah, sí?
—Después de la conversación de anoche... me he quedado pensando en las leyendas de este lugar.
Julian entrelazó las manos sobre la mesa.
—¿La historia de Rebecca Vance?
Asentí.
—Pensé que alguien que viene de Phoenix sería bastante más escéptico con esas historias. Los habitantes del desierto suelen confiar más en aquello que pueden ver bajo la luz del sol.
No pude evitar una leve sonrisa.
—A veces el sol también engaña.
Él permaneció en silencio.
—El calor hace que el aire tiemble. Ves espejismos en la carretera. Sombras donde no hay nada. Supongo que cada paisaje tiene su manera de confundirnos.
Julian sostuvo mi mirada unos segundos.
—¿Y cree que el frío hace lo mismo?
No respondí inmediatamente.
Noté cómo la conversación empezaba a alejarse de la simple formalidad académica.
—No exactamente.
Bajé la vista un instante antes de continuar.
—Tengo la sensación de que aquí ocurre lo contrario.
Volví a mirarlo.
—El frío parece conservar las cosas... como si se negara a dejarlas desaparecer.
Una expresión difícil de interpretar cruzó fugazmente el rostro de Julian.
—¿Por qué dice eso?
Sentí que el pulso se aceleraba.
Había llegado hasta allí con la intención de limitarme a firmar unos documentos.
Sin embargo, llevaba desde la noche anterior necesitando contarle a alguien lo que había visto.
Y, por alguna razón que ni yo misma comprendía, intuía que él me escucharía sin reírse de mí.
—Anoche ocurrió algo en mi habitación.
Julian no dijo nada.
Simplemente esperó.
—Había una marca en la ventana.
Su expresión permaneció inalterable.
—Megan dijo que seguramente sería condensación... pero no lo era.
Hice una breve pausa.
—Parecía una mano.
Julian inclinó apenas unos centímetros la cabeza.
—¿Una mano?
—Sí.
Respiré despacio.
—Estaba en el exterior del cristal.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Solo se escuchaba el leve siseo del radiador.
—En un tercer piso —añadí.
Julian apoyó lentamente los codos sobre la mesa.
—La mente humana tiende a completar aquello que no entiende, Claudine. Un entorno nuevo, el aislamiento, el cansancio del viaje... Todo eso puede hacernos interpretar ciertas imágenes de una manera distinta a como son en realidad.
Su tono era sereno.
No sonaba condescendiente.
Parecía intentar tranquilizarme más que convencerme.
Negué despacio con la cabeza.
—No me lo imaginé.
Mis propias palabras me sorprendieron por la firmeza con que salieron.
—Sé perfectamente lo que vi.
Julian permaneció inmóvil.
—Mi nombre estaba escrito en la escarcha.
Aquellas palabras parecieron alterar algo en él.
Fue un cambio mínimo.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
Su mirada descendió durante un instante hacia los documentos que descansaban sobre la mesa antes de volver a encontrarse con la mía.
—¿Su nombre?
Asentí.
—Estoy completamente segura.
Sentí cómo entrelazaba los dedos con fuerza sobre mis rodillas.
—Sé que suena absurdo.
Esbocé una sonrisa sin alegría.
—Todo el mundo me dijo que estaba loca cuando decidí venir a Dakota del Norte.
Hice una pausa.
—Pero tenía mis razones.
Julian permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.
—Curiosamente, todos los que llegan aquí también las tienen.
Se levantó despacio de la silla y caminó hasta la ventana del despacho.
Permaneció unos instantes contemplando el paisaje completamente blanco que se extendía al otro lado del cristal.
La nieve devolvía una claridad casi cegadora que dibujaba su silueta con una nitidez casi escultórica.
Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y el rostro vuelto hacia el exterior, como si aquel paisaje le resultara demasiado familiar para sorprenderlo.
—Este lugar atrae a una clase muy concreta de personas —dijo al cabo de unos segundos—. Personas que desean dejar algo atrás... o que esperan encontrar aquello que llevan demasiado tiempo buscando.
No aparté la vista de él.
—¿Y usted?
Julian giró lentamente la cabeza.
—¿Yo?
—¿A cuál de esos dos grupos pertenece?
Durante un instante creí que no iba a responder.
Entonces una sonrisa apenas perceptible suavizó su expresión.
—Hace ocho años vine convencido de que la literatura respondía todas las preguntas importantes.
Bajó la vista fugazmente.
—Con el tiempo descubrí que este lugar plantea preguntas mucho más difíciles que cualquier libro.
—Hay recuerdos que no desaparecen con el tiempo. El frío tiene una extraña capacidad para conservar ciertas cosas... igual que el permafrost conserva intactos los restos de animales que llevan miles de años enterrados bajo el hielo.
Desvió la mirada hacia la nieve que cubría los jardines de la facultad.
—Algunos lugares también parecen conservar aquello que ocurrió en ellos.
No aparté los ojos de su perfil.
—¿Cree en los fantasmas?
Julian sonrió apenas, aunque aquella sonrisa no llegó a reflejarse del todo en sus ojos.
—Creo en la memoria de los lugares.
La respuesta me sorprendió.
No sonaba a una evasiva. Tampoco a la afirmación rotunda de alguien dispuesto a creer cualquier superstición. Era una respuesta medida, pronunciada con la serenidad de quien había dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre esa cuestión.
Se apartó de la ventana y caminó despacio hacia el escritorio.
—El dolor, la culpa o la obsesión pueden dejar una huella muy profunda. A veces no solo en las personas, sino también en los lugares donde ocurrieron.
Apoyó una mano sobre el borde de la mesa.
—La familia Vance lleva medio siglo buscando a Rebecca en esos bosques. Una desesperación sostenida durante tantos años termina impregnándolo todo. Aunque uno no crea en fantasmas, es difícil permanecer indiferente ante algo así.
Reflexioné unos segundos antes de atreverme a formular la pregunta que llevaba rondándome la cabeza desde la noche anterior.
—¿Y qué ocurre si esa huella... decide interactuar contigo?
Julian levantó lentamente la vista.
Durante un instante ninguno de los dos habló.
La calidez del despacho contrastaba de un modo casi irreal con el paisaje helado que se extendía tras los cristales.
Él dio un par de pasos y se apoyó ligeramente en el borde del escritorio, acortando la distancia que nos separaba sin perder la naturalidad.
Percibí el aroma tenue de su colonia, con notas de madera y tabaco rubio, mezclándose con el olor de los libros antiguos y el café recién hecho.
—Si alguna vez tiene la sensación de que algo la inquieta de verdad, no intente enfrentarse sola a ello.
Su voz había descendido apenas un matiz.
—Lo primero es conservar la calma.
No apartó la mirada de la mía.
—Y después, contárselo a alguien.
Aquellas palabras tenían un tono tranquilizador, casi protector, que consiguió aliviar una parte de la tensión que llevaba acumulando desde mi llegada al campus.
—En este despacho siempre encontrará un lugar donde hablar con tranquilidad.
Asentí despacio.
—Pero si vuelve a ocurrir algo en esa habitación... quiero que me lo cuente.
Sentí un inesperado alivio.
No porque creyera que él pudiera resolver lo que estaba ocurriendo.
Sino porque era la primera persona que no me había tratado como si estuviera perdiendo la razón.
—Se lo prometo, Julian.
Solo cuando pronuncié su nombre comprendí que había olvidado añadir el tratamiento de profesor.
Una ligera vacilación cruzó mi expresión.
Sin embargo, él no pareció darle importancia.
Una sonrisa discreta suavizó nuevamente sus facciones antes de regresar a la otra parte del escritorio.
—Bien.
Se acomodó en la silla y volvió a colocarse las gafas de lectura.
El profesor había recuperado su actitud profesional con una naturalidad que me desconcertó.
Abrió la carpeta que contenía mi expediente y la giró hacia mí.
—Solo queda un último trámite.
Sacó un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta y me lo tendió.
—Firme aquí, por favor.
Tomé el bolígrafo.
Nuestros dedos se rozaron apenas un instante.
Fue un contacto insignificante.
Y, sin embargo, una agradable sensación de calor recorrió mi mano, recordándome la que había experimentado la noche anterior cuando nos saludamos en el comedor.
Firmé donde él me indicó y le devolví el documento.
Julian lo revisó por encima antes de cerrar la carpeta con un gesto satisfecho.
—Perfecto. Ya es oficialmente alumna de esta universidad.
No pude evitar sonreír.
—Gracias, profesor.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Nos veremos esta tarde en el seminario.
Me levanté de la silla mientras volvía a abrocharme el abrigo.
—Allí estaré.
Julian tomó de nuevo la taza de café y dio un pequeño sorbo antes de hablar.
—Y recuerde una cosa.
Me detuve junto a la puerta.
—¿Sí?
—Procure no quedarse demasiado tiempo mirando a través de los cristales cuando se empañen.
Fruncí ligeramente el ceño.
Él sostuvo mi mirada con absoluta serenidad.
—El invierno tiene la extraña costumbre de devolvernos aquello que insistimos en buscar.
No añadió nada más.
Tampoco yo.
Salí del despacho y cerré la puerta con suavidad a mi espalda.
Permanecí unos segundos inmóvil en el pasillo, apoyada contra la madera, intentando acompasar la respiración.
No sabía qué me había impresionado más.
Si la conversación que acabábamos de mantener...
O la sensación de que Julian Davies había dicho mucho más de lo que realmente había expresado con palabras.
Empecé a caminar despacio por el corredor.
El edificio permanecía casi en silencio. Solo se escuchaban algunas voces lejanas y el rumor apagado de una calefacción que trabajaba sin descanso para mantener el invierno al otro lado de los muros.
Al llegar al gran ventanal del pasillo me detuve por pura inercia.
Fuera, la nieve seguía cayendo con una calma engañosa.
Me acerqué unos pasos al cristal.
Una fina película de vaho comenzaba a extenderse lentamente sobre la superficie.
La observé apenas unos segundos.
Entonces recordé las últimas palabras de Julian.
“Procure no quedarse demasiado tiempo mirando a través de los cristales cuando se empañen”
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Di un paso atrás casi por instinto.
No sabía si se trataba de un simple consejo nacido de la prudencia...
O de una advertencia.
Pero tenía la inquietante sensación de que el invierno acababa de recordarme, una vez más, que todavía no había terminado conmigo.