Becaria por error CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Megan regresó pocos minutos después con dos bandejas cargadas de comida.

Depositó una de ellas delante de mí y acercó un cuenco de sopa humeante cuya fragancia llenó el pequeño espacio que compartíamos.

Yo seguía con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, incapaz de desprenderme de la sensación de frío que parecía haberse instalado bajo mi piel.

El calor del comedor empezaba a derretir la escarcha que aún se aferraba a mis pestañas, y pequeñas gotas de agua resbalaban por mis mejillas, como si hubiera estado llorando.

—Toma. Cómetela antes de que se convierta en otro bloque de hielo —dijo mientras tomaba asiento frente a mí—. Aquí la comida se enfría en lo que tardas en pestañear.

—Gracias.

Sujeté la cuchara con dedos torpes. Todavía tenía las articulaciones rígidas, como si el invierno hubiera decidido instalarse dentro de mis huesos. Removí la sopa sin demasiado entusiasmo, contemplando cómo el vapor ascendía lentamente hasta desaparecer en el aire cálido del comedor.

Megan permaneció unos segundos en silencio antes de hablar de nuevo.

—Oye... siento haberte llamado loca ahí fuera.

Levanté la vista.

—No pasa nada.

—Sí pasa. No estuvo bien. Lo que ocurre es que este sitio acaba jugándote malas pasadas. Cuando llevas demasiado tiempo rodeada de nieve, el blanco parece meterse dentro de la cabeza. Hay gente que asegura ver cosas donde solo hay árboles.

La cuchara quedó suspendida a medio camino.

—¿Qué clase de cosas?

Ella se encogió de hombros, aunque bajó la voz de forma casi inconsciente, como si temiera que alguien pudiera escucharla.

—Historias del campus. Ya sabes cómo son los estudiantes veteranos. Les encanta asustar a los nuevos. Dicen que el invierno de Dakota tiene ojos...

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—...y hambre.

Aquellas palabras me produjeron un escalofrío mucho más intenso que el aire helado del exterior.

—¿Es alguna leyenda?

—Supongo que sí. Aquí la conocen como la Chica de la Escarcha.

Cuentan que, en los años setenta, una estudiante de intercambio desapareció durante una tormenta.

Lo peor es que apenas estaba a unos metros de la residencia.

Nadie oyó sus gritos porque el viento los devoró antes de que llegaran a nadie.

Noté cómo el estómago se me contraía.

—¿La encontraron?

Megan asintió lentamente.

—Dos días después. Estaba apoyada contra un árbol, completamente congelada. Dicen que el hielo había conservado su cuerpo de una forma tan extraña que su piel parecía transparente, casi como el cristal.

Las imágenes regresaron de golpe.

Aquel rostro.

Aquella belleza imposible.

La piel blanca, luminosa, perfecta, como si hubiera sido esculpida en hielo puro.

Y aquellos ojos...

Profundos.

Antiguos.

De un azul tan intenso que parecía contener todo el invierno del mundo.

Aparté el recuerdo antes de que terminara por dominarme.

—¿Y qué dice exactamente la leyenda?

Megan acercó un poco más la silla.

—Que nunca se fue.

Sentí cómo el pulso comenzaba a acelerarse.

—Dicen que su alma quedó atrapada en el hielo y que, desde entonces, observa las ventanas de los estudiantes que llegan por primera vez al campus. Espera a que alguno la mire demasiado tiempo. Si eso ocurre...

Dejó la frase suspendida unos segundos.

—...dicen que te congela el corazón y te lleva con ella al bosque.

Noté un nudo en la garganta.

Durante unos instantes olvidé el murmullo del comedor, el ruido de los cubiertos y las conversaciones que llenaban la sala. Solo existía aquella historia y el recuerdo del rostro que había aparecido pegado a la ventana de mi habitación.

Entonces una voz masculina interrumpió la conversación.

—Buenas noches, señoritas. Espero no estar interrumpiendo una historia demasiado terrorífica.

Las dos levantamos la cabeza al mismo tiempo.

Un hombre permanecía junto a nuestra mesa con una taza de té en una mano y un grueso libro sujeto bajo el brazo contrario.

Vestía un jersey gris de cuello alto bajo una chaqueta de tweed que desprendía un ligero aroma a café recién hecho y a libros antiguos.

Tendría poco más de treinta años. La barba de un par de días suavizaba unos rasgos marcados, mientras unos ojos castaños, serenos e inteligentes, observaban la escena con una curiosidad tranquila.

—¡Profesor Davies! —exclamó Megan, incorporándose casi de inmediato—. No, qué va. Solo estaba contándole a Claudine una de esas historias que utilizan los veteranos para asustar a los novatos.

Él sonrió con naturalidad.

Era una sonrisa discreta, cálida, de esas que transmiten cercanía sin resultar excesivas.

Después dirigió toda su atención hacia mí.

Durante unos segundos sostuvo mi mirada con una intensidad serena que no tenía nada de incómoda, pero sí algo difícil de explicar. No parecía observar mi aspecto, sino intentar descubrir qué escondía detrás de él.

—Así que usted es Claudine.

Asentí.

—Me llegó hace unos días su expediente de traslado desde Arizona. Soy Julian Davies, director del departamento de Literatura Comparada. Este curso seré también su tutor académico.

Extendió la mano.

La estreché.

Su piel estaba cálida.

Sorprendentemente cálida.

Después de todo lo ocurrido aquella tarde, aquel simple contacto resultó casi reconfortante. Era la primera vez desde mi llegada que sentía el calor de otra persona.

—Encantada, profesor.

Él sonrió de nuevo.

—Imagino que el recibimiento del norte no habrá sido precisamente agradable.

No pude evitar una leve sonrisa.

—Creo que he subestimado un poco el concepto de "frío".

Julian dejó escapar una breve risa.

—Eso nos ocurre a todos la primera vez. Especialmente a quienes vienen del desierto.

Tomó asiento en la silla libre situada junto al extremo de la mesa y apoyó la taza frente a él.

—He visto que, además de continuar Historia del Arte, ha solicitado plaza en mi seminario sobre mitología del norte de Europa. Debo admitir que me sorprendió bastante la elección.

—Necesitaba un cambio.

Hice una pequeña pausa antes de añadir:

—En todos los sentidos.

Por un instante tuve la sensación de que aquellas palabras despertaban algo en él.

No fue más que un leve cambio en su expresión.

Casi imperceptible.

Como si hubiera comprendido que detrás de aquella respuesta había mucho más de lo que estaba diciendo.

—Bueno —dijo Julian mientras tomaba la taza entre las manos—, desde luego ha elegido el lugar adecuado para empezar de cero. Aunque debo advertirle de que la historia que Megan acaba de contarle no es una invención completa de los estudiantes.

Megan levantó la cabeza de inmediato.

—¿Quiere decir que la Chica de la Escarcha existió de verdad?

El profesor permaneció unos segundos en silencio antes de responder.

—Existió una joven llamada Rebecca Vance. Era hija del conserje de la universidad y desapareció durante una de las tormentas más duras que se recuerdan, en el invierno de 1974. Salió cuando la ventisca ya era insoportable y nunca regresó.

Bajó la mirada hacia el té, como si la historia pesara todavía sobre aquel lugar.

—Lo más extraño fue que jamás encontraron su cuerpo. Durante semanas organizaron batidas por los bosques cercanos, pero no apareció ni un solo rastro de ella. Con el tiempo, la investigación terminó archivándose y el campus siguió adelante... aunque no todos fueron capaces de hacerlo.

—Qué horrible... —murmuró Megan.

Julian asintió despacio.

—Su padre nunca aceptó la desaparición. Dicen que recorrió aquellos bosques durante años convencido de que su hija seguía allí fuera, esperándolo. La obsesión acabó consumiéndolo.

Un pensamiento cruzó mi mente con la rapidez de un relámpago.

—¿El actual conserje...?

El profesor levantó los ojos hacia mí.

—Es su hermano pequeño. El señor Vance heredó el puesto cuando murió su padre. También heredó la esperanza de encontrar a Rebecca algún día. La familia nunca abandonó este lugar porque siempre creyó que, de una forma u otra, ella seguía aquí.

Sentí un escalofrío.

Recordé al hombre que me había entregado la llave de la habitación 304 apenas unas horas antes. Su manera de hablar del invierno, aquella mirada extrañamente melancólica cuando mencionó que aún no había visto el verdadero frío...

¿Era simple casualidad?

¿O llevaba toda la vida esperando algo?

—Menos mal que solo son historias de fantasmas —dijo Megan con una sonrisa nerviosa, intentando quitar importancia a la conversación.

Julian dejó escapar una leve sonrisa, aunque había algo pensativo en su expresión.

—Las leyendas sobreviven porque siempre contienen una pequeña parte de verdad. Lo complicado es descubrir cuál.

Aquellas palabras parecieron quedarse suspendidas entre nosotros.

Después volvió la cabeza hacia mí.

Su mirada era tranquila, pero extraordinariamente atenta.

—¿Y usted, Claudine? ¿Cree en los fantasmas?

La pregunta me sorprendió tanto que tardé unos segundos en reaccionar.

Noté cómo la garganta se me secaba.

Podría haber contestado con la verdad.

Podría haberle dicho que llevaba años huyendo de ellos.

Que había cambiado de estado esperando perderlos de vista.

Que aquella misma tarde una mujer de hielo había pronunciado mi nombre desde el otro lado de una ventana situada en un tercer piso.

Pero nadie habría creído una sola palabra.

Bajé la vista hacia la sopa.

—Nunca me lo había planteado.

Era mentira.

La mentira más grande que había dicho en mucho tiempo.

Julian no respondió enseguida.

Tuve la extraña impresión de que estaba valorando mi respuesta.

Finalmente habló con la misma serenidad.

—A veces creemos que basta con alejarnos de un lugar para dejar atrás aquello que nos persigue. Sin embargo, hay cosas que viajan con nosotros sin necesidad de hacer las maletas.

Aquellas palabras me golpearon con una fuerza inesperada.

Levanté lentamente la cabeza.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse.

¿Había sido una simple reflexión?

¿O estaba hablando de mí?

No conseguía averiguarlo.

Una parte de mí deseaba hacerle cientos de preguntas.

La otra necesitaba marcharse cuanto antes de aquella conversación.

—Yo solo he traído ropa de abrigo —respondí con una sonrisa tenue que ni yo misma terminé de creer.

Él sonrió también.

—Entonces aprenderá pronto que aquí nunca es suficiente. El secreto del invierno está en las capas.

Se levantó despacio, tomó el libro que había dejado sobre la mesa y volvió a sostener la taza entre las manos.

—Debo irme. Mañana tengo clase a primera hora.

Después volvió a mirarme.

—Claudine, la espero en mi despacho para terminar el trámite de su traslado. No llegue tarde. El frío tiene la mala costumbre de volver perezosa a la gente.

—No se preocupe. Allí estaré.

Hizo un leve gesto de despedida con la cabeza y se alejó entre las mesas del comedor.

Lo seguí con la mirada casi sin darme cuenta.

Su figura se fue perdiendo entre los estudiantes mientras el murmullo de las conversaciones volvía poco a poco a ocupar el lugar que había dejado su voz.

—Madre mía... —suspiró Megan en cuanto desapareció de nuestra vista—. Ese hombre debería estar prohibido.

La miré sin comprender.

—¿Por qué?

—Porque es imposible que un profesor tenga ese aspecto y encima sea educado.

No pude evitar sonreír.

Ella apoyó la barbilla sobre las manos.

—Toda la universidad está enamorada de Julian Davies. Bueno... casi toda.

Negué con la cabeza.

—Solo me ha parecido un profesor amable.

Megan soltó una carcajada.

—Claro. Y yo soy campeona olímpica de patinaje artístico.

Bebió un sorbo de agua antes de continuar.

—No te preocupes. A todas nos pasó igual el primer día.

Noté cómo el calor de su apretón de manos seguía, de algún modo, grabado en mi memoria.

Era una sensación absurda.

Después de la tarde que acababa de vivir, lo lógico habría sido pensar únicamente en la criatura de la ventana.

Y, sin embargo, recordaba con la misma claridad la calidez de aquella mano humana.

Quizá porque necesitaba desesperadamente aferrarme a algo que me recordara que el mundo seguía siendo normal.

—Venga —dijo Megan levantándose—. Acaba la sopa. Como la ventisca empeore tendremos que volver esquiando a la residencia.

Miré distraídamente hacia los grandes ventanales del comedor.

La noche había caído por completo.

Más allá del cristal, el campus parecía haber desaparecido bajo una cortina de nieve. El viento levantaba remolinos blancos que ocultaban los edificios y hacían oscilar la luz de las farolas, proyectando sombras inquietantes sobre el suelo helado.

Dentro del comedor todo era calor, voces y olor a comida recién hecha.

Fuera solo existía el invierno.

Y la certeza de que, al regresar a la habitación 304, la huella de escarcha seguiría esperándome sobre el cristal.

Pensé que aquella idea volvería a llenarme de miedo.

Sin embargo, ocurrió algo que no esperaba.

Por primera vez desde mi llegada a Dakota del Norte, el regreso no me parecía completamente insoportable.

A la mañana siguiente volvería a ver a Julian Davies.

Y, por extraño que resultara admitirlo, aquella simple idea conseguía abrir un pequeño resquicio de luz en medio del inmenso invierno que acababa de comenzar.