CAPÍTULO 3
—¿Qué quieres de mí? —pregunté en un susurro, acercándome al cristal casi sin darme cuenta.
Mi propia voz sonó extraña, pequeña, ridícula frente al inmenso silencio que envolvía el campus.
La criatura no respondió. Ni siquiera pestañeó.
Sus ojos, de un azul imposible, permanecían clavados en los míos con una intensidad que me hacía sentir completamente desnuda.
No era la mirada de alguien que acaba de descubrirte.
Era la de quien llevaba mucho tiempo buscándome y, por fin, había encontrado aquello que esperaba.
Sentí el impulso de retroceder, pero no pude moverme.
Era como si una parte de mí hubiera quedado atrapada al otro lado del cristal.
Sin pensar, levanté lentamente la mano. Los dedos me temblaban mientras los apoyaba frente a la palma de aquella figura.
Ni siquiera llegué a tocar el vidrio por completo.
El frío atravesó la superficie como una descarga eléctrica.
No era una sensación parecida al hielo; era algo mucho peor.
Un frío que parecía abrirse camino directamente hacia mis huesos, como si cientos de agujas invisibles se clavaran bajo mi piel.
Retiré la mano con un gemido. Las yemas de mis dedos habían perdido completamente el color.
Durante un instante parecieron pertenecer a otra persona.
Cuando levanté de nuevo la vista, la criatura seguía inmóvil.
Su belleza resultaba profundamente perturbadora.
Ningún ser humano podía poseer unas facciones tan perfectas.
Todo en ella parecía esculpido con una precisión sobrenatural.
Entonces sus labios comenzaron a moverse.
No escuché sonido alguno.
Sin embargo, una voz nació dentro de mi cabeza.
No provenía de mis oídos ni del exterior. Resonaba directamente en mi mente, fría, antigua, imposible de ignorar.
«Viniste buscando silencio... pero el hielo nunca olvida.»
El aire abandonó mis pulmones.
Sacudí la cabeza con fuerza.
—No... No te conozco.
Mi respiración empañó el cristal mientras intentaba convencerme de que aquello era una alucinación provocada por el cansancio, por el viaje o por el frío. Pero ni siquiera yo creía esa explicación.
«Nos conoces desde mucho antes de llegar.»
Sentí un nudo en el estómago.
—Eso no tiene sentido. Nunca había estado en Dakota.
Los ojos de la criatura parecieron volverse todavía más claros, como si bajo aquel azul existiera otro color, más antiguo y más profundo, oculto desde hacía siglos.
«No todos los caminos comienzan donde tú recuerdas.»
Aquella frase despertó algo dentro de mí. No era un recuerdo, ni una imagen concreta. Solo una sensación fugaz, parecida a la que deja un sueño del que únicamente conservas la emoción al despertar.
Tragué saliva.
—Déjame tranquila.
La criatura siguió observándome en silencio. Después, la voz volvió a resonar dentro de mi cabeza, más cercana que antes.
«Tu sangre sigue caliente.»
Un escalofrío me recorrió la espalda.
«Por eso puedes vernos.»
Negué lentamente con la cabeza.
—Yo no quiero veros. Llevo años intentando que me dejéis en paz.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Solo el viento golpeando la ventana y mi respiración cada vez más acelerada.
Entonces llegó la última respuesta.
«Nadie abandona el invierno.»
—¡Yo no pertenezco al invierno!
Mi grito retumbó en la habitación.
La criatura sonrió.
Fue un gesto casi imperceptible, apenas una ligera curvatura en la comisura de sus labios, pero bastó para helarme la sangre. No había alegría en aquella sonrisa. Solo una certeza absoluta, como si acabara de escuchar la protesta ingenua de alguien que desconoce una verdad inevitable.
Fue entonces cuando vi sus dientes.
No parecían dientes.
Eran pequeñas puntas translúcidas, afiladas como diminutas estalactitas de hielo.
Por primera vez sentí verdadero miedo.
No el miedo que provocan los fantasmas.
Aquello era diferente.
Aquella presencia desprendía una antigüedad imposible de medir, una sensación de poder primitivo que no pertenecía al mundo de los muertos, sino a algo mucho más antiguo que la propia humanidad.
Retrocedí instintivamente. La taza resbaló entre mis dedos y se estrelló contra el suelo. La porcelana saltó hecha añicos y el café se extendió sobre la madera formando una mancha oscura. El estruendo rompió el silencio de la habitación.
Levanté la vista de inmediato.
La ventana estaba vacía.
Solo permanecía allí la perfecta huella de una mano dibujada sobre la escarcha.
Me acerqué muy despacio. No quería hacerlo, pero tampoco podía evitarlo. El hielo tenía un brillo extraño, casi plateado, como si estuviera vivo.
Estuve a punto de tocar aquella marca cuando tres golpes secos hicieron temblar la puerta.
Me sobresalté tanto que el corazón pareció detenerse durante un instante.
—¿Hola?
La voz de una chica sonó al otro lado.
—¿Estás bien? He oído romperse algo.
Permanecí inmóvil unos segundos, alternando la mirada entre la puerta y la ventana. La huella seguía allí. No había desaparecido.
Respiré hondo varias veces antes de obligarme a caminar. Abrí apenas unos centímetros.
Frente a mí apareció una chica de mi edad.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, unas gafas de montura gruesa y una enorme sudadera granate de la universidad que casi le llegaba a las rodillas.
Tenía las mejillas enrojecidas por el frío y sostenía una bolsa de patatas fritas como si fuera el objeto más importante del mundo.
Nada más verme, su expresión cambió.
—Madre mía... ¿Te encuentras bien?
Tardé unos segundos en responder.
Porque, por primera vez desde que había llegado a Dakota del Norte, empecé a preguntarme si la explicación más sencilla no sería también la más aterradora.
Tal vez no hubiera ningún monstruo al otro lado de la ventana.
Tal vez el frío...
Estaba empezando a volverme loca.
Tardé unos segundos en responder.
Porque, por primera vez desde que había llegado a Dakota del Norte, empecé a preguntarme si la explicación más sencilla no sería también la más aterradora. Tal vez no hubiera ningún espectro al otro lado de la ventana. Tal vez el viaje, el agotamiento y el frío estuvieran jugando con mi cabeza.
—Sí... sí, estoy bien —mentí al fin.
La chica me observó con atención. Tenía unos ojos color miel muy vivos y una expresión abierta, de esas personas que parecen incapaces de desconfiar de nadie.
—Pues no tienes muy buena cara. He oído un golpe y pensé que te habías caído.
Abrí un poco más la puerta.
—Solo se me ha resbalado la taza del café.
Ella asomó la cabeza con curiosidad y enseguida vio los restos de porcelana esparcidos por el suelo.
—Vaya estreno.
Sonrió con naturalidad.
—Soy Megan. Vivo dos puertas más allá, en la trescientos dos.
—Claudine.
—Ya lo sé. El señor Vance me ha dicho que hoy llegaba una estudiante nueva desde Arizona. Bienvenida al congelador oficial de Estados Unidos.
Intenté devolverle la sonrisa.
No me salió demasiado convincente.
Megan volvió a mirarme con atención.
—En serio, estás pálida. ¿Seguro que no te has mareado?
—Ha sido el cambio de temperatura.
—Eso nos pasa a todos el primer invierno.
Sin esperar una invitación, entró en la habitación con la confianza de quien lleva demasiado tiempo viviendo en una residencia universitaria como para recordar dónde terminan las normas de educación.
Se acercó directamente al radiador.
—A veces se llenan de aire y dejan de calentar.
Apoyó la mano sobre el metal.
La retiró inmediatamente.
—Pues este está ardiendo.
Frunció el ceño.
—Aquí hace más calor que en mi cuarto. ¿Por qué demonios sigues temblando?
No supe qué contestar.
Porque yo también empezaba a hacerme esa misma pregunta.
Mis ojos se desviaron hacia la ventana.
La huella continuaba allí.
Perfectamente dibujada sobre el cristal.
Megan siguió la dirección de mi mirada.
—Qué raro...
Sentí que el corazón volvía a acelerarse.
Ella caminó hasta la ventana.
Cada paso suyo parecía durar una eternidad.
—¿Qué pasa? —pregunté, procurando que mi voz sonara despreocupada.
—Esa marca.
Se inclinó ligeramente hacia el cristal.
—Parece una mano.
Contuve la respiración.
La observó durante unos segundos.
Después levantó una ceja.
—Y está por fuera.
—Será condensación.
—No.
Negó despacio con la cabeza.
—Eso no es condensación.
Acercó todavía más el rostro al vidrio.
—Es como si alguien hubiera apoyado la mano desde el exterior.
Sentí un escalofrío.
—Quizá la hayan limpiado esta mañana.
Megan soltó una pequeña carcajada.
—¿En serio?
Se volvió hacia mí.
—Estamos en noviembre. Aquí nadie limpia ventanas exteriores cuando empiezan las heladas. Bastante tienen con que no revienten las tuberías.
Miró otra vez la huella.
—Además...
Guardó silencio unos segundos.
—Es muy pequeña.
Alargó su propia mano para compararla.
—Diría que pertenece a una mujer.
O a una chica muy joven.
No respondí.
Prefería que creyera cualquier cosa antes que contarle la verdad.
Porque la verdad era mucho peor.
Aquella mano pertenecía a una criatura cuya belleza seguía grabada en mi memoria con una claridad insoportable.
No podía dejar de verla.
Su rostro parecía tallado en el hielo más puro, de una perfección casi irreal.
No había en él un solo rasgo monstruoso.
Todo lo contrario. Era una belleza serena, delicada, casi etérea.
Una belleza que habría resultado fascinante de no ser por aquellos ojos inmensos, de un azul glacial, tan antiguos y profundos que daban la impresión de haber contemplado el nacimiento del invierno.
Eran unos ojos en los que uno podía perderse...
y comprendí, con un estremecimiento, que quizá ese fuera precisamente el peligro.
Aparté aquel pensamiento antes de que echara raíces.
—Acabo de llegar, Megan. No tengo ni idea de cómo ha aparecido esa marca.
Ella terminó encogiéndose de hombros.
—Supongo que será alguna rareza del hielo.
Se giró hacia mí con una sonrisa mucho más animada.
—En realidad venía a rescatarte.
—¿Rescatarme?
—Claro. El primer día nunca hay que quedarse encerrado en la habitación. Si lo haces, empiezas a pensar demasiado y acabas convencido de que has cometido el peor error de tu vida.
«Demasiado tarde», pensé.
—Vamos al comedor. Siempre hay sopa caliente, y créeme, después de este frío sabe mejor que cualquier comida de cinco estrellas.
Miré de nuevo la ventana.
La huella seguía inmóvil.
Esperando.
Sentí un impulso irracional de no salir de la habitación.
Y otro, todavía más fuerte, de no volver a quedarme sola en ella.
—Está bien.
Cogí el abrigo.
Mientras me lo ponía, eché un último vistazo al cristal.
Entonces descubrí que algo había cambiado.
Las finísimas líneas de escarcha ya no formaban solo la silueta de una mano.
Se habían extendido lentamente, dibujando una delicada filigrana sobre el vidrio.
Durante unos segundos no conseguí entender qué estaba viendo.
Después las formas comenzaron a adquirir sentido.
No eran simples grietas de hielo.
Eran letras.
Me acerqué un paso.
El corazón empezó a golpearme con fuerza.
Las palabras estaban escritas al revés, como si alguien las hubiera trazado desde el otro lado de la ventana con la punta de un dedo helado.
No necesité leerlas dos veces.
Decían una única palabra.
CLAUDINE.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
Aquella criatura no solo sabía que podía verla.
Conocía mi nombre.
Salí de la habitación cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
No miré atrás.
Por alguna razón, estaba completamente convencida de que, si volvía a hacerlo, encontraría de nuevo aquel rostro de belleza imposible observándome desde el otro lado del cristal, inmóvil, paciente... como si supiera que aquello no había hecho más que empezar.