Becaria por error CAPÍTULO 2 #2
70%

CAPÍTULO 2 #2

Nadie viéndome hablar sola cuando, en realidad, no estaba sola.

Aquella habitación significaba libertad.

O, al menos, la posibilidad de fingir que llevaba una vida normal.

Abrí la maleta y empecé a guardar la ropa.

Los enormes jerséis de lana que me habían parecido exagerados en Phoenix ahora me parecían una inversión brillante. Coloqué cuidadosamente las camisetas térmicas en el cajón superior, doblé los pantalones, acomodé los calcetines gruesos y dejé el abrigo colgado junto a la puerta.

Mientras realizaba aquellos gestos cotidianos, intentaba convencerme de que todo iba a salir bien.

Había venido hasta allí por una razón.

Necesitaba creer que la distancia podía romper un vínculo que llevaba años persiguiéndome.

Desde pequeña había visto cosas que nadie más veía.

Al principio pensé que era imaginación.

Después creí que eran pesadillas.

Con el tiempo comprendí que los muertos nunca se habían marchado del todo.

Siempre aparecía alguno.

A veces eran personas completamente desconocidas.

Otras veces llegaban desesperados, incapaces de abandonar este mundo porque algo había quedado sin resolver.

Y, por alguna razón que jamás había entendido, todos parecían encontrarme.

No importaba cuánto intentara ignorarlos.

Ni cuántas veces cambiara de casa.

Ni cuántas ciudades dejara atrás.

Tarde o temprano volvían a aparecer.

Con el paso de los años aprendí algo todavía peor.

Ellos también aprendían.

Cada vez resultaba más difícil fingir que no los veía.

Cada vez insistían con mayor fuerza.

Aquella mudanza era mi último intento.

Quizá el invierno consiguiera lo que el calor del desierto no había logrado.

Quizá el hielo actuara como una barrera.

Una frontera invisible entre ellos y yo.

Sonreí para mis adentros.

Era una teoría completamente absurda.

Pero necesitaba aferrarme a ella.

Porque la alternativa consistía en aceptar que jamás volvería a tener una vida normal.

Cuando terminé de ordenar la habitación, me acerqué al pequeño calentador de agua situado sobre el escritorio.

Lo llené, pulsé el interruptor y esperé.

El leve burbujeo del agua sonó sorprendentemente reconfortante.

Saqué una taza de mi equipaje, añadí café soluble y observé cómo el vapor comenzaba a elevarse lentamente cuando vertí el agua hirviendo.

El aroma llenó la habitación.

Café.

Madera.

Calefacción.

Por primera vez desde que había aterrizado sentí algo parecido a la tranquilidad.

Sujeté la taza entre las manos.

El calor atravesó inmediatamente la cerámica y comenzó a devolver la sensibilidad a mis dedos.

Cerré los ojos un instante.

Qué placer tan sencillo.

Qué fácil era olvidar los problemas cuando una bebida caliente conseguía derrotar al frío.

Di un pequeño sorbo.

Demasiado caliente.

Me quemé la lengua.

Sonreí.

Aquello sí era un problema normal.

Mucho mejor que los fantasmas.

Con la taza aún entre las manos me acerqué lentamente a la ventana.

Tenía curiosidad por contemplar mi nuevo hogar con algo más de calma.

Aparté la cortina.

El campus se extendía ante mí bajo una inmensa sábana blanca.

Los edificios de ladrillo oscuro emergían entre la nieve como viejas fortalezas resistiendo el paso de los siglos.

Apenas se veía movimiento. Algún estudiante caminaba apresuradamente por los senderos abiertos entre los montículos de nieve, dejando tras de sí una hilera de huellas que el viento comenzaba a borrar casi de inmediato.

El cielo era completamente gris.

No existía un solo rincón de color.

Todo parecía suspendido en una inmensa fotografía en blanco y negro.

No había pájaros.

Ni coches.

Ni ramas agitándose.

Solo silencio.

Un silencio tan profundo que resultaba casi sobrenatural.

Apoyé una mano sobre el cristal.

Estaba helado.

Mi respiración empañó ligeramente la superficie.

Instintivamente levanté los dedos para limpiar el vaho.

Fue entonces cuando ocurrió.

Mi mano quedó inmóvil a medio camino.

Al otro lado del cristal...

Había un rostro.

El corazón me golpeó con tanta fuerza que la taza resbaló ligeramente entre mis dedos. Un poco de café cayó sobre mi mano, pero apenas noté el calor.

Toda mi atención estaba clavada en aquella figura.

No era un ser humano.

Era demasiado perfecta.

Su rostro poseía una belleza imposible, inquietante, como una escultura tallada en hielo por un artista obsesionado con la perfección.

La piel tenía la transparencia del cuarzo cubierto por escarcha.

Los labios eran casi blancos. Su larguísimo cabello parecía formado por finísimos hilos de nieve que flotaban lentamente alrededor de su cabeza sin obedecer al viento.

Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin respiración.

Azules.

No.

Azules no.

Eran el color de los glaciares antiguos.

De los lagos ocultos bajo kilómetros de hielo.

Un azul tan profundo y tan frío que producía la sensación de mirar directamente el corazón del invierno.

No parpadeaba.

Ni respiraba.

Simplemente me observaba.

Y yo era incapaz de apartar la vista.

Lentamente levantó una mano.

Los dedos eran largos, elegantes y antinaturalmente delgados.

Los mismos dedos.

Los mismos que había visto rozando la ventanilla del avión.

Sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro.

No había sido una alucinación.

Nunca lo había sido.

La criatura apoyó la palma sobre el cristal.

En ese mismo instante ocurrió algo imposible.

El vapor que salía de mi taza desapareció.

La habitación comenzó a enfriarse.

No poco.

Muchísimo.

El radiador seguía funcionando.

Podía escucharlo.

Pero el calor parecía extinguirse a una velocidad imposible, como si alguien estuviera absorbiéndolo directamente del aire.

Un fino dibujo de escarcha empezó a extenderse por la ventana desde el punto donde descansaba aquella mano.

Primero aparecieron pequeñas líneas blancas.

Después delicadas ramificaciones, tan hermosas como las hojas de un helecho.

Finalmente el hielo comenzó a cubrir todo el cristal.

Escuché un leve crujido.

Después otro.

El sonido era casi imperceptible.

Como un lago congelándose durante la noche.

La criatura seguía observándome.

Su expresión permanecía completamente inmóvil.

Sin odio.

Sin ira.

Sin compasión.

Solo una serenidad antigua.

Terrible.

Entonces ocurrió algo que terminó de helarme la sangre.

Sonrió.

Fue apenas un movimiento casi imperceptible en la comisura de sus labios.

Pero bastó.

No era la sonrisa de alguien que acababa de encontrarme.

Era la de alguien que llevaba siglos esperándome.

Sentí un terror tan absoluto que mis piernas dejaron de responder.

Retrocedí un paso.

La taza cayó al suelo.

La cerámica estalló en decenas de fragmentos.

El café se derramó sobre la moqueta.

Y, como si aquel ruido hubiera roto un hechizo invisible, la figura desapareció.

Simplemente dejó de estar allí.

El hielo seguía cubriendo el cristal.

Mi respiración era agitada.

El corazón parecía querer escapar de mi pecho.

Permanecí inmóvil durante varios segundos, incapaz de decidir si debía acercarme de nuevo o salir corriendo de la habitación.

Finalmente reuní el valor suficiente para aproximarme despacio a la ventana.

No había nadie.

Solo nieve.

Solo el viento.

Solo el inmenso paisaje blanco extendiéndose hasta el horizonte.

Pero antes de bajar la vista distinguí algo sobre la superficie helada del cristal.

Cinco marcas alargadas.

La huella perfecta de unos dedos.

Por fuera de la ventana.

En el tercer piso.

Comprendí entonces, con una claridad aterradora, que había cometido el mayor error de mi vida.

Había cruzado Estados Unidos convencida de que el invierno mantendría lejos a los muertos.

Pero el norte no estaba vacío.

El norte tenía sus propios habitantes.

Y acababa de llamar a la puerta de uno de ellos.