CAPÍTULO 2
El aire de Dakota del Norte no era aire. Era una bofetada de cuchillos invisibles que me golpeó en la cara en cuanto crucé las puertas automáticas de la terminal.
Durante un segundo me quedé inmóvil, incapaz de dar otro paso.
Había visto la nieve en fotografías, en películas y en cientos de vídeos antes de viajar, pero ninguna imagen podía preparar a una persona para aquello.
El frío no era una simple temperatura; tenía cuerpo, peso y voluntad propia.
Parecía un enemigo paciente que aguardaba al otro lado de las puertas para lanzarse sobre cualquiera que se atreviera a salir.
El aire se coló por mi nariz con tanta violencia que sentí un pinchazo en los pulmones. Respirar dolía. Literalmente dolía.
—Madre mía... —murmuré entre dientes.
Ni siquiera reconocí mi propia voz. Salió convertida en una nubecilla blanca que desapareció inmediatamente, devorada por el viento.
Apreté con fuerza el cuello del abrigo, hundiendo la barbilla en la bufanda.
Apenas llevaba unos segundos fuera del aeropuerto y ya echaba de menos el calor abrasador de Phoenix, ese mismo calor del que había renegado durante años.
Nunca imaginé que llegaría el día en que recordaría con cariño los cuarenta grados a la sombra.
Seguí al resto de pasajeros hasta el autobús lanzadera que conectaba el aeropuerto con el campus universitario.
Caminábamos inclinados hacia delante, luchando contra un viento que parecía divertirse cambiando de dirección a cada momento.
La nieve levantaba pequeños remolinos sobre el asfalto, golpeándome las piernas como si quisiera impedirme avanzar.
Subí al vehículo con los dedos entumecidos. El conductor me saludó con un gesto de la cabeza mientras yo arrastraba la maleta hasta el primer asiento libre.
El sistema de calefacción funcionaba a pleno rendimiento.
Se escuchaba el zumbido constante del aire caliente saliendo por las rejillas, pero mi cuerpo parecía incapaz de reaccionar.
Temblaba sin control. No era un escalofrío ocasional, sino un temblor profundo que nacía en algún lugar de la columna vertebral y se extendía hasta la punta de los dedos.
Intenté cerrar las manos, pero apenas podía moverlas.
Miré mis guantes nuevos.
En la tienda de Phoenix me habían asegurado que eran aptos para temperaturas extremas.
Mentían.
O quizá simplemente desconocían lo que significaba de verdad la palabra "extremo".
Observé a los demás pasajeros. Nadie parecía darle importancia al frío. Un chico dormitaba con los auriculares puestos. Una mujer mayor hojeaba tranquilamente una revista. Dos estudiantes hablaban sobre un examen de química como si acabaran de salir de una agradable tarde de primavera.
¿Cómo podían actuar con tanta normalidad?
¿Acaso sus cuerpos eran distintos al mío?
El autobús arrancó lentamente.
Apoyé la frente en el cristal.
La ciudad comenzó a desfilar ante mis ojos.
Todo era diferente.
No había colores vivos.
Ni carteles luminosos.
Ni palmeras.
Ni ese horizonte ondulante que el calor dibujaba sobre las carreteras de Arizona.
Aquí el mundo parecía haber olvidado el verano.
El paisaje estaba cubierto por un inmenso manto blanco que absorbía cualquier nota de color. Los árboles aparecían desnudos, convertidos en esqueletos negros que alzaban sus ramas hacia un cielo de plomo. Las pocas casas que divisábamos parecían refugios construidos para resistir el fin del mundo.
Había una belleza extraña en aquel lugar.
Una belleza silenciosa.
Severa.
Como la de una catedral abandonada.
Me obligué a respirar despacio.
Aquello era exactamente lo que había venido buscando.
Silencio.
Distancia.
Un lugar donde nadie me conociera.
Un lugar donde, con un poco de suerte, tampoco pudieran encontrarme ellos.
Bajé la vista hacia mis manos.
Seguían temblando.
Recordé entonces las palabras de la paleobotánica durante el vuelo.
"Si consigues penetrar su corazón de hielo, Dakota te fundirá de amor."
Sonaba bonito.
Casi poético.
Aunque en aquel momento yo habría preferido que me fundiera simplemente las manos.
El trayecto apenas duró veinte minutos, pero a mí me pareció eterno. El frío se había instalado dentro de mi cuerpo como un huésped indeseable.
Cuando el autobús giró finalmente hacia el campus universitario, levanté la cabeza.
Los edificios aparecieron entre la nieve con una solemnidad casi monástica.
Eran construcciones de ladrillo oscuro, robustas, de líneas sencillas, diseñadas para soportar inviernos que yo apenas podía imaginar.
Grandes ventanales reflejaban un cielo gris uniforme mientras pequeñas columnas de humo escapaban de algunas chimeneas.
No había demasiada gente caminando.
Los pocos estudiantes que cruzaban los jardines avanzaban con paso rápido, envueltos en enormes abrigos, gorros de lana y bufandas que apenas dejaban visible una franja de sus rostros.
Pensé que parecían exploradores atravesando una expedición polar.
El conductor anunció la parada.
Bajé del autobús sujetando la maleta con ambas manos.
Fue un error.
En cuanto puse un pie en el exterior, una violenta ráfaga de viento me golpeó el costado con tanta fuerza que estuve a punto de perder el equilibrio.
—¡No puede ser! —exclamé sin pensar.
El viento respondió arrojándome un puñado de nieve a la cara.
Escupí varios copos mientras intentaba avanzar.
Los escasos cincuenta metros que separaban la parada de la residencia estudiantil se convirtieron en una auténtica odisea.
Las ruedas de la maleta se atascaban continuamente sobre la nieve endurecida.
Mis mejillas comenzaron a arder primero y a perder sensibilidad después.
Notaba las pestañas húmedas, como si diminutos cristales de hielo se hubieran adherido a ellas.
Cuando por fin alcancé la puerta principal, empujé con todas mis fuerzas.
El contraste fue inmediato.
Una agradable bocanada de aire caliente me envolvió por completo.
Sentí cómo mis pulmones dejaban de protestar.
Cerré los ojos apenas un instante.
Jamás imaginé que sobrevivir a un trayecto de cincuenta metros pudiera producir semejante sensación de victoria.
El vestíbulo era acogedor. Olía a madera barnizada, café recién hecho y calefacción.
Un viejo reloj de pared marcaba las cuatro y diez de la tarde.
Sobre una mesa descansaban varios folletos de actividades universitarias y un tablón de anuncios repleto de carteles de clubes, excursiones y reuniones de estudiantes.
Detrás del mostrador de recepción, un hombre de unos cincuenta años leía un periódico mientras sujetaba una enorme taza de cerámica entre las manos.
Levantó la vista al verme entrar.
Observó mi expresión desencajada, mi pelo revuelto por el viento y los restos de nieve pegados al abrigo.
Una sonrisa divertida apareció lentamente en su rostro.
—Déjeme adivinar... Arizona.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo... cómo lo sabe?
Soltó una carcajada grave.
—Porque todos los años llega alguno como usted con la misma cara de haber descubierto que el infierno también puede congelarse.
No pude evitar sonreír.
Era la primera vez desde que había aterrizado.
El hombre dejó la taza sobre el mostrador y buscó una llave metálica en uno de los cajones.
—Bienvenida a la Universidad. Habitación trescientos cuatro. Al final del pasillo. La calefacción funciona bastante bien... aunque después de ver cómo ha entrado, quizá quiera dormir directamente encima del radiador.
—Empiezo a contemplarlo como una opción razonable.
Él volvió a reír.
—Espere a enero. Entonces comprenderá por qué aquí nadie considera exagerado hablarle a la calefacción con cariño.
Cogí la llave y levanté la vista hacia la escalera que conducía a las habitaciones.
Mientras comenzaba a subir los peldaños arrastrando la maleta, una sensación difícil de explicar volvió a instalarse lentamente en mi pecho.
La misma inquietud.
La misma impresión de que algo me observaba.
Me giré.
El vestíbulo estaba prácticamente vacío.
Solo el conserje había vuelto a su periódico.
Sin embargo...
Por un brevísimo instante tuve la absoluta certeza de que alguien acababa de retirarse del cristal de la puerta principal.
Como si hubiera permanecido allí, inmóvil, contemplando mi llegada desde el otro lado de la nieve.
Subí el último tramo de escaleras con la respiración aún acelerada.
La maleta parecía haber duplicado su peso desde que había aterrizado y mis brazos empezaban a protestar seriamente.
El pasillo del tercer piso era largo y silencioso, iluminado por una hilera de lámparas de luz cálida que contrastaban con el paisaje glacial que se intuía al otro lado de las ventanas.
El suelo estaba cubierto por una moqueta azul oscuro que amortiguaba mis pasos, de modo que el edificio entero parecía sumido en una calma casi irreal.
Busqué los números de las habitaciones mientras avanzaba despacio.
298...
300...
302...
Finalmente encontré la puerta con la pequeña placa metálica donde se leía 304.
Introduje la llave y giré el pomo.
La habitación era sencilla, pero en aquel momento me pareció el lugar más acogedor del mundo.
Nada más entrar me envolvió una agradable corriente de aire caliente que hizo que mis músculos comenzaran a relajarse casi de inmediato. Cerré la puerta con cuidado y permanecí unos segundos apoyada contra ella, disfrutando de aquella sensación de refugio.
Lo había conseguido.
Había cruzado medio país.
Había sobrevivido al vuelo.
Había sobrevivido al clima.
Y, al menos por unos instantes, estaba completamente sola.
Dejé la maleta sobre el suelo y observé la habitación con calma.
No era grande. Apenas cabían una cama individual, un escritorio de madera, una silla, un armario estrecho y una pequeña estantería vacía que esperaba ser llenada de libros. Junto a la ventana había un radiador antiguo que emitía un suave murmullo constante, como si respirara acompasadamente.
No era un lugar lujoso.
Pero tenía justo lo que yo necesitaba.
Silencio.
Nadie roncando en la cama de al lado.
Nadie preguntando por qué me despertaba sobresaltada en mitad de la noche.