Becaria por error CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El día que decidí dejar Arizona para trasladarme a Dakota del Norte todo el mundo me dijo que estaba loca.

Y, siendo sincera, quizá no les faltaba razón.

Cambiar un estado donde el sol parece haberse firmado un contrato vitalicio por otro donde el invierno puede congelarte las pestañas antes de que llegues al coche no figuraba precisamente entre las decisiones más sensatas del planeta.

Pero nunca he sido una persona especialmente amiga de la sensatez.

Siempre he desconfiado de quienes convierten la comodidad en un proyecto de vida.

Yo prefería equivocarme siguiendo un impulso antes que acertar por pura inercia.

Mientras luchaba por cerrar la cremallera de la maleta sobre una montaña de ropa térmica recién comprada, el aire acondicionado de mi apartamento agonizaba intentando plantar cara a los cuarenta y tres grados que abrasaban Phoenix.

El aparato emitía un zumbido resignado, como si hubiera aceptado que aquella batalla estaba perdida desde hacía semanas.

Me dejé caer sobre la maleta para conseguir cerrarla.

—Vamos... un poquito más...

La cremallera avanzó apenas unos centímetros antes de volver a atascarse.

Suspiré.

Quizá comprar cuatro jerséis de lana, tres forros polares, dos pares de botas de nieve, calcetines térmicos y un abrigo capaz de sobrevivir a una expedición al Ártico había sido un pequeño exceso.

El problema era que mi experiencia con el frío se reducía a entrar cinco minutos en la sección de congelados del supermercado.

Todo lo demás lo había aprendido viendo vídeos en internet de personas que parecían cebollas humanas, envueltas en tantas capas de ropa que apenas podían mover los brazos.

Miré alrededor del apartamento.

No iba a echarlo de menos.

Las paredes blancas, el sofá gris, la cocina diminuta... Todo parecía haber perdido el color mucho antes de que yo decidiera marcharme. Incluso las persianas permanecían siempre medio bajadas para impedir que el sol convirtiera el salón en un horno.

Durante años había pensado que aquel lugar era mi refugio.

Con el tiempo comprendí que se había convertido en una jaula.

En Arizona el calor nunca desaparece del todo.

Incluso de noche permanece suspendido sobre el asfalto como una respiración lenta y pesada.

Hay tardes en las que el horizonte ondula tanto que da la impresión de que la ciudad entera estuviera derritiéndose.

Al principio resulta fascinante. Después simplemente te acostumbras.

Finalmente deja de sorprenderte cualquier cosa.

Y yo necesitaba volver a sorprenderme.

Mis amigos, sin embargo, opinaban exactamente lo contrario.

—¿Dakota del Norte? —había exclamado Melissa cuando se lo conté durante una cena—. ¿Eso sigue perteneciendo a Estados Unidos?

—Creo que sí —respondió Ryan—. Aunque probablemente solo vivan allí osos polares y dos granjeros.

—No hay osos polares en Dakota —protesté.

—Todavía.

Todos rieron.

Yo también.

Era más fácil reír que explicar la verdad.

Después llegaron las preguntas inevitables.

¿Por qué tan lejos?

¿Por qué precisamente allí?

¿Por qué no California?

¿Por qué no Colorado?

¿Por qué no cualquier otro sitio donde la gente conservara la sensibilidad en los dedos?

Inventé respuestas distintas para cada uno.

Que la universidad tenía un gran programa.

Que necesitaba empezar de cero.

Que siempre había querido conocer la nieve.

Que me apetecía vivir una aventura.

Ninguna era exactamente mentira.

Pero tampoco eran toda la verdad.

La verdadera razón jamás la conté.

Hay secretos que la gente no intenta comprender.

Solo intenta encerrarte después de escucharlos.

Terminé de cerrar la última caja y contemplé el apartamento vacío.

El eco de mis pasos sonaba extraño sobre el suelo desnudo.

Allí había pasado cuatro años.

Cuatro años estudiando.

Cuatro años trabajando los fines de semana.

Cuatro años fingiendo que mi vida era completamente normal.

Cogí las llaves y permanecí unos segundos inmóvil frente a la puerta.

La mayoría de las personas sienten nostalgia cuando abandonan un lugar importante.

Yo solo sentía alivio.

Apagué las luces.

Cerré la puerta.

Y dejé atrás una ciudad donde incluso el viento parecía salir de un secador gigante.

El aeropuerto internacional de Phoenix estaba tan lleno como siempre.

Maletas rodando de un lado a otro.

Niños llorando.

Altavoces anunciando embarques con una calma desesperante.

Personas corriendo como si el avión fuera a esperar únicamente por ellas.

Mientras hacía cola para facturar el equipaje observé a la gente a mi alrededor.

Un hombre discutía por teléfono con alguien que, a juzgar por sus gritos, debía de haber cometido un crimen imperdonable, como olvidar cargar el móvil.

Una pareja de jubilados llevaba camisetas idénticas con la inscripción Road Trip Forever. Él parecía encantado. Ella tenía la expresión de quien ya estaba arrepentida de haber salido de casa.

Dos adolescentes intentaban pesar una maleta sentándose encima para que no superara el límite permitido.

Por un instante sonreí.

Era curioso.

Toda aquella gente viajaba hacia algún sitio.

Vacaciones.

Trabajo.

Reencuentros.

Nuevas oportunidades.

Yo también.

Solo que mi destino no aparecía en ninguna agencia de viajes.

Mientras esperaba para pasar el control de seguridad noté esa desagradable sensación.

La conocía demasiado bien.

La impresión de que alguien me observaba.

No era miedo exactamente.

Era...

Presencia.

Giré lentamente la cabeza.

Nada.

Solo viajeros consultando pantallas, una mujer empujando un carrito y un empleado indicando la puerta correcta a una familia.

Volví a mirar al frente.

Respiré hondo.

«No.»

No iban a seguirme.

No hasta allí.

No otra vez.

Cuando crucé el arco detector de metales levanté la vista hacia uno de los enormes ventanales del aeropuerto.

Durante una fracción de segundo creí distinguir una silueta inmóvil reflejada en el cristal.

Alta.

Muy delgada.

Con algo parecido a un abrigo antiguo.

Parpadeé.

La figura desapareció.

En su lugar solo quedaba el reflejo de los pasajeros caminando detrás de mí.

Bajé la mirada.

No.

Seguramente había sido el cansancio.

Llevaba demasiadas semanas durmiendo mal.

Demasiadas despedidas.

Demasiados preparativos.

Me obligué a seguir caminando.

No pensaba dejar que aquello arruinara mi último día en Arizona.

Porque, después de todo, había cruzado medio país con un único propósito.

Escapar.

Y estaba convencida de que, a miles de kilómetros de allí, entre ventiscas y temperaturas imposibles, habría algo que ni siquiera los muertos estarían dispuestos a soportar.

El frío.

El embarque comenzó con la puntualidad casi militar que solo las compañías aéreas parecen capaces de mantener cuando les conviene.

Me coloqué al final de la fila, abrazando la mochila contra el pecho mientras observaba cómo la gente entregaba su tarjeta de embarque con esa mezcla de paciencia y resignación que caracteriza a cualquier aeropuerto del mundo.

Siempre me había parecido curioso aquel ritual.

Cientos de desconocidos haciendo cola ordenadamente para encerrarse varias horas en un tubo metálico suspendido a diez mil metros de altura.

Y, aun así, nadie parecía encontrarlo extraño.

Cuando llegó mi turno, la azafata escaneó el billete y me dedicó una sonrisa automática.

—Buen viaje.

—Gracias.

Ojalá fuera tan sencillo.

Atravesé la manga de embarque y un olor inconfundible me recibió al entrar en el avión: una mezcla de café recalentado, plástico nuevo y aire reciclado que, por algún motivo, todas las aerolíneas del planeta compartían.

Busqué mi asiento.

Ventanilla.

Perfecto.

Siempre elegía ventanilla.

Me gustaba contemplar el mundo desde arriba. Desde aquella altura, las ciudades dejaban de parecer importantes. Los problemas también.

Guardé la mochila bajo el asiento delantero y me acomodé mientras los demás pasajeros continuaban entrando.

Un hombre de traje ocupó la fila de enfrente. Ni siquiera levantó la vista del portátil.

Dos niños discutían tres filas más atrás sobre quién tenía derecho a la ventanilla.

Una joven intentaba convencer a su perro, escondido en un transportín, de que aquello era una aventura maravillosa. El perro no parecía compartir el entusiasmo.

Sonreí.

Todavía era capaz de encontrar normalidad en los pequeños detalles.

Eso era buena señal.

Pocos minutos después apareció la mujer que ocuparía el asiento junto al mío.

Debía rondar los setenta años. Caminaba despacio, pero con una seguridad que no necesitaba demostrarse a nadie. Su cabello plateado estaba cuidadosamente recogido en un moño bajo y unos ojos grises, extraordinariamente vivos, recorrían la cabina con una curiosidad casi infantil.

—Perdone, cielo.

Me levanté para dejarla pasar.

—Gracias.

Colocó una pequeña mochila bajo el asiento y, antes incluso de abrocharse el cinturón, me dedicó una sonrisa cálida.

No era una de esas sonrisas educadas que desaparecen al segundo.

Era auténtica.

—¿Primera vez que viajas tan al norte?

La miré sorprendida.

—¿Se nota tanto?

Soltó una risa suave.

—Llevas unas botas preparadas para sobrevivir a una glaciación y aún estamos en agosto.

Bajé la vista hacia mis pies y no pude evitar reírme.

Tenía razón.

Aquellas botas parecían capaces de soportar el ataque de un oso.

—Supongo que me he dejado llevar por el pánico.

—Todos lo hacemos la primera vez.

Había algo tranquilizador en aquella mujer.

Una serenidad difícil de explicar.

Como si hubiese aprendido hacía mucho tiempo que preocuparse antes de tiempo solo servía para desperdiciar energía.

Mientras el avión comenzaba a rodar hacia la pista, intercambiamos las presentaciones.

—Soy Abigail.

—Yo soy...

Pronuncié mi nombre.

Ella asintió lentamente.

—Bonito nombre.

Después guardó silencio unos segundos, observándome con una atención que me hizo sentir ligeramente incómoda.

No era una mirada indiscreta.

Era...

Analítica.

Como si intentara resolver un rompecabezas.

—Perdone que sea tan directa —dijo al fin—, pero tiene usted la expresión de alguien que no solo cambia de ciudad.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—¿Cómo dice?

—No se preocupe. Es deformación profesional.

Sonrió.

—Llevo cuarenta años estudiando cosas que permanecen enterradas durante siglos. Uno termina aprendiendo que lo verdaderamente interesante nunca está en la superficie.

Aquella frase despertó mi curiosidad.

—¿A qué se dedica?

Sus ojos brillaron inmediatamente.

—Soy paleobotánica.

Debí poner cara de no entender absolutamente nada porque soltó una carcajada.

—No se preocupe. Casi nadie sabe qué significa.

—Me temo que no.

—Estudio plantas antiguas. Muy antiguas. Semillas, polen, restos vegetales conservados bajo el permafrost. El suelo helado es un archivo extraordinario. Guarda historias que el tiempo olvidó hace miles de años.

Aquello sí captó mi atención.

—Debe de ser fascinante.

—Lo es. También desesperadamente solitario.

Miró por la ventanilla mientras el avión despegaba.

Phoenix comenzó a hacerse pequeña.

Las carreteras se transformaron en líneas.

Las urbanizaciones en piezas de un tablero.

Y el desierto recuperó el protagonismo, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista como un océano inmóvil de arena rojiza.

—¿Nunca echó de menos el calor? —pregunté.

Abigail sonrió.

—Muchísimo.

Luego negó despacio con la cabeza.

—Hasta que comprendí una cosa.

Esperé.

—Hay lugares que primero ponen a prueba tu resistencia y después te regalan su corazón.

Su voz sonó casi solemne.

—Dakota del Norte es uno de ellos.

Aquellas palabras me recordaron algo.

—Todo el mundo intenta convencerme de lo contrario.

—Porque casi nadie espera lo suficiente para conocerla.

Guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—El hielo tiene mala fama. Pero el hielo conserva. Protege. Mantiene intacto aquello que merece sobrevivir.

No supe por qué, pero aquella frase me produjo un escalofrío completamente ajeno al aire acondicionado del avión.

Quizá fuera la forma en que la había pronunciado.

Quizá el brillo extraño que había cruzado fugazmente por sus ojos.

O quizá simplemente estaba demasiado nerviosa.

Durante unos minutos permanecimos en silencio.

Las azafatas comenzaron a servir bebidas.

Acepté un café que sabía exactamente igual que todos los cafés servidos en los aviones desde el principio de los tiempos: caliente, aguado y ligeramente amargo.

Mientras removía el azúcar, Abigail volvió a hablar.

—Perdone otra indiscreción.

La miré.

—¿Huye de algo?

La cucharilla dejó de girar.

No respondí inmediatamente.

—¿Por qué lo pregunta?

Ella se encogió de hombros.

—Porque conozco esa mirada.

Sentí que el corazón me daba un pequeño vuelco.

—¿Cuál?

—La de quienes esperan que un cambio de paisaje arregle algo que llevan dentro.

Aparté la vista hacia la ventanilla.

Las nubes formaban un inmenso mar blanco bajo nosotros.

Durante unos segundos estuve tentada de contarle la verdad.

Que desde hacía años veía cosas imposibles.

Que escuchaba voces donde solo había silencio.

Que personas fallecidas me seguían como si yo fuera la única capaz de escucharlas.

Pero me contuve.

Ya había aprendido la lección.

Cada vez que alguien conoce tu secreto, deja de mirarte como una persona.

Empieza a observarte como un problema.

—Solo necesitaba empezar de nuevo —respondí finalmente.

Abigail no insistió.

Simplemente asintió.

—Entonces le deseo de corazón que Dakota le conceda exactamente eso.

Un nuevo comienzo.

Volví la vista hacia el cristal.

Las nubes parecían infinitas.

Tan blancas.

Tan tranquilas.

Y entonces ocurrió.

Primero pensé que era una ilusión provocada por la condensación.

Cinco manchas alargadas aparecieron lentamente sobre el borde exterior de la ventanilla.

Después comenzaron a definirse.

Un dedo.

Luego otro.

Después un tercero.

Eran largos.

Demasiado largos.

Blanquecinos.

Traslúcidos.

Como si estuvieran tallados en hielo puro.

No golpeaban el cristal.

Lo acariciaban.

Muy despacio.

Deslizándose sobre él con una lentitud antinatural.

El aire abandonó mis pulmones.

Me quedé inmóvil.

Incapaz de apartar la mirada.

No había nada fuera del avión.

Solo cielo.

Solo vacío.

Solo decenas de grados bajo cero.

Sin embargo, los dedos siguieron avanzando, dejando tras de sí un delicado dibujo de escarcha que se extendía sobre el cristal como las ramas de un árbol helado.

Y, por primera vez desde que abandoné Arizona, comprendí con un terror absoluto que había cometido un error.

Había cruzado dos mil kilómetros creyendo que el frío mantendría alejados a los muertos.

Pero los muertos...

También sabían encontrar el invierno.