Becaria por error Capítulo 30 La asimetría del agua y la cordura del norte
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Capítulo 30 La asimetría del agua y la cordura del norte

El Atlántico está especialmente bravo esta tarde de sábado.

Las olas rompen con una cadencia violenta, furiosa, arrastrando guijarros y dejando un rastro de espuma blanca que se disuelve sobre la arena mojada.

Tengo los pies metidos en la orilla helada, jugando a esquivar el avance de la marea mientras el agua fría me lame los tobillos con la fuerza de un látigo gélido.

Llevo un jersey de lana gris, grueso y deshilachado por los puños, que me llega casi por los muslos, y mis pantalones de yogui azul cobalto arremangados hasta las pantorrillas.

La brisa de Cornualles me golpea la cara con violencia, enredándome los mechones rubios que se han escapado de mi trenza improvisada.

Me gusta el impacto del frío en la piel. Es lo único que consigue mantenerme anclada a la realidad mientras mi cabeza insiste en reproducir el eco lejano del tráfico de Piccadilly, el olor a sándalo y la absoluta locura de un viernes por la tarde en el departamento de archivo.

Doy un paso hacia atrás cuando una ola más grande de lo habitual amenaza con empaparme el dobladillo del pantalón.

Al girar la vista hacia el sendero que serpentea por el acantilado, me quedo completamente paralizada.

Siento que el corazón me da un vuelco tan violento contra las costillas que se me corta la respiración por un segundo.

La espuma del mar sigue lamiéndome los pies, pero yo ya no noto el frío.

Solo noto el calor repentino que me sube por el cuello.

A unos veinte metros de mi posición, descendiendo por el camino de tierra con paso firme y pausado, se encuentra una silueta inmensa que reconozco al instante.

Jacob Harrington-Vane está aquí. En Cornualles. En mi cala privada.

No lleva el traje de tres piezas gris marengo, ni los gemelos de plata que gritan dinero en cada costura.

Viste unos pantalones oscuros informales y un jersey de cuello alto de lana negra que resalta la anchura imponente de sus hombros de vikingo escandinavo.

Lleva una chaqueta de abrigo abierta y el pelo rubio oscuro completamente desordenado por el viento del Atlántico.

Su percha sigue siendo insultantemente atractiva, majestuosa, como si el mismísimo Thor hubiera decidido bajarse de Asgard para pisar la arena húmeda del sur.

Sostiene un pequeño objeto envuelto en papel de seda entre los dedos largos de su mano derecha.

Sus ojos grises, fijos en mí, brillan con esa intensidad felina y afilada que me quita el hipo cada vez que me mira.

Sé que no estoy sola en esta playa. Si levanto la vista hacia el ventanal de la cabaña de piedra que corona la colina, distingo perfectamente dos siluetas pegadas al cristal.

Percival y Faye están mirando desde la ventana con un disimulo que roza lo delictivo, probablemente compartiendo unos binoculares y apostándose el sueldo del próximo trimestre sobre mi destino sentimental.

«Malditos traidores», pienso con una punzada de cariño y pánico puro mientras Jacob acorta los últimos metros de distancia sobre la arena.

Se detiene a escasos dos pasos de mí, justo donde la espuma de las olas muere entre nuestros zapatos. El contraste es casi ridículo: el director general de un imperio financiero plantado en mitad de mi refugio salvaje, respirando el aire salino que tanto detesta su agenda ejecutiva.

—Una firma tan cotizada en Mayfair no debería pescar resfriados en octubre, Wood —su voz de barítono desciende sobre el ruido del oleaje, pausada, densa, reverberando directamente en mi pecho.

Trago saliva, obligándome a sostenerle la mirada gris con toda la dignidad que me permiten mis pies descalzos y entumecidos.

—Es una cala privada, señor Harrington-Vane —le espeto, recuperando mi filo irónico para no desmoronarme ante su cercanía—. Los intrusos de las finanzas corporativas necesitan un permiso de la gerencia artística para pisar esta arena. ¿Cómo ha encontrado este lugar?

—Tu amigo Percival tiene una flemática devoción por el dinero, Clem, pero tiene una devoción aún mayor por tu cordura —Jacob da un paso más, reduciendo el espacio entre nosotros a una distancia peligrosamente íntima.

El aroma a sándalo y a lluvia fresca me invade las fosas nasales, superando el olor a salitre—.

Ayer por la mañana se plantó en mi despacho presidencial.

No vino a defender el contrato de tu prima Faye, ni a renegociar las comisiones de Vanderbilt era la única forma de huir de los fantasmas que la perseguían en el desierto.

Buscando el aislamiento y la soledad que solo el gélido invierno de Dakota del Norte podía ofrecerle, se refugia en la habitación 304 de una antigua residencia del campus.

Un lugar donde el clima extremo disuade a cualquiera y las sombras parecen congelarse en el tiempo.

Sin embargo, el refugio artificial de las cuatro paredes pronto se convierte en una trampa de cristal.

Tras la aparición de una perturbadora huella de escarcha en su ventana y el hallazgo bajo su colchón de un diario de 1974 perteneciente a Rebecca Vance —una estudiante desaparecida en una ventisca hace cincuenta años—, Claudine descubre una verdad aterradora.

El fascinante y enigmático profesor Julian Davies, un hombre diez años mayor por el que empieza a sentir una atracción tan prohibida como peligrosa, oculta un secreto antinatural: él pertenece al hielo, no ha envejecido un solo día y utiliza el calor vital de jóvenes inocentes para mantener viva a su "princesa de escarcha".

Con una tormenta de nieve sin precedentes aislando el campus por completo y dejándolos a oscuras, Claudine comprende que ella es el próximo suministro de energía.

Armada solo con el diario de Rebecca y obligada a interactuar con las sombras del pasado, deberá desatar el fuego de Arizona que aún corre por sus venas en un enfrentamiento agónico y definitivo.

Porque en el reino del norte, el frío conserva las cosas bellas intactas...

pero el fuego del desierto es el único capaz de romper la maldición.