Capítulo 28 La sal en las heridas y el evangelio del té caliente
El mar celta en octubre no tiene piedad, pero la piedad es precisamente lo último que he venido a buscar a Cornualles.
El rugido del Atlántico rompiendo contra las rocas negras y escarpadas de la cala es el único sonido capaz de silenciar el zumbido constante de la tercera planta, las hojas de Excel y el recuerdo persistente de unos ojos grises que me miran desde la cabecera de una mesa de mármol.
Ha pasado una semana desde que tiré mi camiseta de «tres bien», mi carta de renuncia y mis bocetos sobre la mesa de Jacob Harrington-Vane.
Una semana desde que escapé de los focos de Londres.
Fue el propio Percival quien, tras verme deambular por el taller de Chelsea con la mirada perdida en las vitrinas y un soplete apagado en la mano, me cogió por los hombros y dictó sentencia con su habitual solemnidad aristocrática: «Clem, querida, tienes la palidez de una tragedia de Shakespeare y el ritmo creativo de un funcionario de correos.
Mañana nos vamos a Cornualles. Necesitas que el Atlántico te limpie la vanidad corporativa y a mí me vendría de perlas un descanso de las llamadas histéricas de los subastadores».
Tenía razón. En el fondo, muy en el fondo de mi orgullo de artista indomable, estoy triste.
Hay un peso sordo y frío en mitad de mi pecho que no consigo fundir con ninguna aleación de oro.
Me da una rabia inmensa admitirlo, pero llegué a fantasear con una relación con Jacob.
Durante esas dos semanas de enredos, cafés derramados y bizcochos de limón con lazos de seda, me permití el lujo prohibido de imaginar un universo donde el vikingo estirado y la diseñadora ermitaña encontraban un punto medio.
Un mundo donde el Thor de los negocios se despojaba de los gemelos de plata para pasear descalzo conmigo por la orilla.
Pero las fantasías se ahogan rápido cuando chocan contra la realidad de un imperio financiero, y mi espantada del lunes fue mi única forma de salvar el pellejo antes de acabar convertida en un adorno de Mayfair.
—¡Clem! ¡Si no te metes ya, juro que me saldrán escamas de sirena helada! —el grito de Faye corta el viento del acantilado, agudo y vibrante.
Me sacudo los pensamientos y la miro desde lo alto de la roca.
Mi prima está de pie en la orilla de la cala privada, con el agua translúcida y verdosa lamiéndole los muslos.
A pesar de que el otoño británico ya ha teñido las colinas de un marrón tierra y un dorado viejo, Faye ha decidido que el concepto de "estación del año" es una sugerencia opcional.
Lleva un biquini de un rojo escandaloso que contrasta de forma salvaje con la sobriedad gris de las rocas y tiene la piel todavía bronceada por su escapada a Los Ángeles.
Doy un paso al frente sobre la arena gruesa y húmeda, despojándome de mi jersey de lana trenzada y mis vaqueros.
El viento helado de Cornualles me golpea el cuerpo desprotegido de inmediato, haciéndome dar un respingo, pero hay algo purificador en esa agresión climatológica.
Camino hacia el agua, sintiendo cómo los pies se me hunden en la superficie gélida.
La primera línea de olas me lame los tobillos y el impacto es tan brutal que se me corta la respiración por un segundo.
—Está criminal, Faye —le advierto, castañeteando los dientes mientras avanzo—. Esto no es el Pacífico. Esto es una fábrica de congelar ginebra.
—¡Es terapéutico! ¡Lo lei en una revista de Malibú! —responde ella, dándose la vuelta y lanzándose de cabeza en una ola que rompe con una cresta de espuma blanca.
Cierro los ojos, aprieto los puños y me hundo yo también.
El agua helada me envuelve el cuerpo como un corsé de agujas de cristal.
El frío es tan intenso, tan puro y tan radical que borra instantáneamente cualquier rastro de la contaminación de Londres.
Siento el impacto térmico en la piel, una descarga de adrenalina que me hace latir el corazón con una fuerza salvaje en mitad de la cala.
Salgo a la superficie soltando un grito ahogado, apartándome los mechones rubios y empapados de la cara, saboreando la salitre en los labios.
El paisaje que nos rodea es de una belleza imponente, casi mística: los acantilados de piedra oscura se elevan hacia un cielo cubierto de nubes deshilachadas, y los helechos marchitos colgados de las laderas parecen hilos de cobre viejo bajo la luz tamizada del mediodía.
Aquí es donde pertenezco. Este es el desorden orgánico que me inspira.
El agua está helada, me duelen las articulaciones por el frío, pero por primera vez en siete días siento que vuelvo a respirar de verdad.
—¡Miradlas! Dos ninfas paganas desafiando a la neumonía por puro capricho estético —la voz de Percival resuena desde la entrada de la cabaña de piedra que tenemos en lo alto de la colina.
Está apoyado en el porche de madera, envuelto en un abrigo de la más fina lana de cachemira color camello, con una bufanda de cuadros perfectamente anudada al cuello y unas botas de campo que jamás han tocado el barro real.
Sostiene una bandeja de madera entre las manos y nos mira con una mezcla de reproche civilizado y profunda diversión.
Faye y yo salimos del agua corriendo, tiritando de la cabeza a los pies, con la piel teñida de un rosa encendido por el contraste térmico y las piernas entumecidas.
Nos envolvemos a toda prisa en las toallas gigantes de rizo que dejamos sobre las rocas secas, subiendo la colina a zancadas torpes mientras dejamos un rastro de gotas saladas en el sendero de hierba.
Entramos en la cabaña y el cambio de atmósfera nos golpea como una bendición.
El interior huele a madera de pino quemada, a canela y al calor reconfortante de la chimenea de piedra que ruge en el salón.
El contraste entre las heladas aguas del Atlántico que todavía noto chorreando por mi espalda y la temperatura acogedora del refugio es casi místico.
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa de madera rústica, frente al gran ventanal que domina toda la cala.
Percival nos sirve tres tazas gigantes de cerámica gorda llenas de un té negro humeante, tan fuerte y oscuro que casi parece petróleo, endulzado con una cucharada generosa de miel local.
Rodeo la taza con mis manos heladas, sintiendo cómo el calor penetra de inmediato en mis dedos entumecidos, devolviéndome la vida milímetro a milímetro.
Tomo el primer sorbo y el líquido hirviente me baja por la garganta como un bálsamo, contrastando de forma deliciosa con el frío que todavía tengo grabado en los huesos.
—Bien —dice Percival, sentándose en su silla y cruzando las piernas con su habitual elegancia de dandi desubicado en el campo—.
Ahora que habéis purificado vuestros pecados indumentarios en el océano, ¿podemos hablar como personas civilizadas?
Clem, has estado callada todo el viaje en coche.
¿Sigues dándole vueltas al asunto del cerrajero nórdico?
Faye se acerca a la chimenea, frotándose los brazos con la toalla mientras me mira de reojo.
—Es obvio que sí, Percy. Tiene la misma cara que ponía cuando se le caía un brillante por el desagüe del taller —comenta mi prima, sentándose a mi lado y robándome un sorbo de mi té—.
Clem, te plantaste en esa reunión como una auténtica reina.
Les diste una lección de humildad a todos esos estirados del PowerPoint y le dejaste claro a tu jefe que no eres una de sus acciones preferentes.
Fue un final de película. ¿Por qué sigues teniendo esa nube negra encima de la cabeza?
Miro el vapor que asciende de mi taza, observando cómo se disipa contra el cristal del ventanal, detrás del cual el mar sigue batiendo con furia.
—Porque una cosa es la teoría artística y otra muy distinta es el corazón, Faye —confieso en un susurro, dejando que la madurez de la tristeza salga por fin a la luz—.
El lunes me fui convencida de que hacía lo correcto.
Y sigo pensando que es lo correcto. Su mundo de cócteles de alta costura, de conversaciones vacías sobre el mercado de valores y de hipocresía corporativa me habría asfixiado en un mes.
Yo soy artista, necesito este silencio, necesito la imperfección de estas rocas para crear. Pero... no puedo evitar sentir rabia.
—¿Rabia por qué, querida? —pregunta Percival, suavizando el tono y mirándome con una simpatía real que rara vez muestra tras su fachada de negocios.
—Por lo injusto que es todo —digo, apretando la taza entre mis manos—.
A ver, seamos francas. Jacob es el tipo de hombre que aparece una vez en la vida si tienes mucha suerte.
Es insultantemente guapo, tiene una percha imponente, dinero suficiente para comprarse una isla y, lo que más me duele, parecía dispuesto a darlo todo por mí.
Me buscó, se fijó en la chica de los bizcochos quemados, aceptó mis pullas y me besó en ese archivo de una manera que todavía me hace temblar las rodillas.
¿A quién no le gustaría tener una historia de amor con un hombre así?
Llegué a fantasearlo, de verdad. Imaginé que podíamos ser reales. Pero la realidad no tiene piedad.
—La realidad es que pertenecéis a dos mundos distintos —sentencia Percival, dándole un sorbo pausado a su té—.
Y el evangelio según mi experiencia en el mercado del arte dice que cuando metes un unicornio en un corral de finanzas, el unicornio termina disecado en la pared de la oficina de la junta directiva.
Hiciste bien en marcharte antes de que la rutina devorase la magia, Clem.
Tu entrada en esa empresa fue casual, captaste la luz de sus piedras, pero tu lugar está aquí, donde el aire sabe a sal y las ideas no se miden en márgenes de beneficio.
—Lo sé —asiento, mirando hacia la cala helada, donde las olas siguen rompiendo con una fuerza eterna—. Lo sé perfectamente, Percy. Pero eso no quita que duela un poco ver cómo el fuego se apaga antes de haber empezado a arder.
Faye me rodea los hombros con el brazo, pegando su cuerpo todavía húmedo al mío en un gesto de apoyo mudo.
Nos quedamos los tres en silencio, escuchando el rugido del Atlántico y el sutil crepitar de los leños en la chimenea, refugiados en nuestra cabaña de Cornualles mientras el té caliente va templando la melancolía del otoño.
La artista ha salvado su mundo interior, sí, pero la mujer se ha quedado mirando al mar con una pregunta clavada en los ojos que el viento celta no sabe responder.