Capítulo 27 Tres bien
El lunes por la mañana la planta ejecutiva de Harrington-Vane Enterprises no huele a minimalismo corporativo.
Huele a mi propia revolución silenciosa.
He pasado las últimas cuarenta y ocho horas metida en mi taller de Chelsea, rodeada de soplete, cera y metal, hasta que la gravedad del beso del viernes se ha asentado en mi pecho en forma de una absoluta y madura certeza.
Sé quién soy. Sé dónde pertenezco. Y sé que para despedirme de un mundo al que no pertenezco, tengo que hacerlo con mi propia piel.
La puerta de cristal templado de la sala de juntas de las once se desliza con un leve siseo cuando la empujo. El silencio que se instala en la sala es tan fulminante que casi puedo escuchar el parpadeo colectivo de los doce directivos de marketing.
Cruzo el umbral con el paso ligero, firme y libre de quien ya no camina sobre las alfombras del miedo.
En esta ocasión no hay gafas de pasta sin graduar, no hay trenzas deshilachadas, ni rastro del abrigo holgado de lana virgen color patata ecológica que mi prima Faye consideraba «tendencia urbana».
Voy vestida con mi uniforme de combate, mi ropa habitual, la única que me permite respirar sin filtros.
Llevo unos pantalones de yogui holgados y comodísimos, cubiertos de cenefas étnicas donde domina un azul cobalto vibrante mezclado con detalles en rojo tierra, combinados con una camiseta azul oscura de algodón fino que luce en el centro un enorme corazón lleno de lentejuelas de purpurina plateada con la frase «tres bien» estampada en letras brillantes.
Mi pelo rubio está recogido en un moño flojo e imperfecto que deja caer varios mechones rebeldes sobre mis hombros, y en los pies calzo unos zapatos deportivos con tela de rafia y adornos de fantasía tejidos a mano que tintinean sutilmente con cada una de mis zancadas.
Jacob Harrington-Vane está sentado en la cabecera de la imponente mesa de mármol de Carrara.
Al verme entrar, se queda completamente alucinado desde su silla de cuero negro.
El bolígrafo estilográfico de oro se le queda suspendido a escasos milímetros de los dedos y sus ojos grises, normalmente fríos y afilados como cuchillas de hielo, se dilatan en una mezcla de shock absoluto, fascinación salvaje y una calidez que me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica.
Ignoro las miradas de horror de Jonathan y los ojos como platos de Sarah.
Camino con paso decidido hasta el centro de la sala, me planto frente al escritorio presidencial y dejo caer mi carpeta de cuero negro sobre la superficie de mármol con un golpe seco que resuena en las cuatro esquinas del espacio.
Apoyo una mano en la cadera, sostengo la mirada del vikingo y hablo con la voz firme, templada y aristocrática de quien domina su propio destino.
—Señor Harrington-Vane, soy Clementine Wood —anuncio, y el sonido de mi verdadero apellido provoca un jadeo ahogado colectivo entre los ejecutivos—.
Le pido disculpas ante todo su equipo por haber suplantado a mi prima, Faye Miller.
Ella era la que debería haber estado aquí haciendo sus quince días de prácticas como becaria.
Por motivos estrictamente personales no lo pudo hacer, y yo no quise que perdiera la oportunidad de obtener una nota positiva en su currículum académico.
Jacob sigue inmóvil, devorándome con la mirada, con la mandíbula sutilmente tensa pero sin hacer el menor ademán de interrumpirme. El aire entre nosotros está cargada de la misma electricidad del archivo muerto del viernes, pero ahora es una energía limpia, madura.
—Aquí está mi carta de renuncia oficial —continúo, deslizando un sobre blanco sobre el mármol—. Y dejo también sobre su mesa una copia de mis bocetos originales para la próxima colección de alta joyería de Vanderbilt & Co.
Hago una breve pausa, me giro despacio hacia los directivos de marketing, clavando mis ojos en un Jonathan que parece a punto de sufrir un síncope, y les dedico una sonrisa cargada de mi más pura vena irónica.
—Por cierto... en mis bocetos no hay brutalidad neoyorquina ni frivolidad de pasarela francesa —les aclaro con un tono jocoso que los deja mudos—. El boceto que vieron la semana pasada eran las rocas de los acantilados de Cornualles erosionadas por el mar.
Me giro de nuevo hacia la cabecera de la mesa, clavando mis ojos directamente en las pupilas grises de Jacob. Le sostengo la mirada un último segundo, el segundo más largo y honesto de estas dos semanas, impregnado del sabor del sándalo y la vainilla.
—Gracias, señor Harrington-Vane. Usted lo supo descifrar.
Sin esperar una respuesta, sin darles tiempo a procesar el huracán de lentejuelas, pantalones de yogui y verdades que acaba de arrasar la sala de juntas, me doy la vuelta de manera fluida y me voy, cruzando la puerta de cristal con el corazón latiéndome a un ritmo alegre, libre y maravillosamente indomable.
Mi refugio sigue intacto, y la artista ha ganado la partida.