Capítulo 26 El sínodo de los traidores y la teoría de los dos mundos
El sábado por la mañana el taller de Chelsea no huele a té de bergamota.
Huele a cruasanes de mantequilla, a café cargado y a una expectación tan densa que se podría cortar con un soplete de fundición.
He convocado un sínodo de emergencia. Sentados en el diván de cuero Chesterfield, como si asistieran a la fase final de un juicio de la alta corte británica, están mi prima Faye —recién llegada de su exilio dorado en Los Ángeles, con un bronceado insultante y cara de no haber madrugado en tres meses— y Percival, que hoy luce un chaleco de seda color ciruela que hace juego con su indignación profesional.
Yo doy vueltas alrededor de la mesa de cristal, con una taza de café frío en las manos y los mismos jeans gastados que Jacob Harrington-Vane vio manchados de grafito hace apenas unas horas.
—A ver si lo he entendido bien, Clem —Faye da un mordisco a su cruasán, dejando caer tres migas sobre el parqué del siglo XIX de Percival, lo que le cuesta una mirada de puro odio por parte de mi marchante—.
Te encerraste con llave en el archivo. Él usó una llave maestra ejecutiva.
Te acorraló contra los bocetos. ¿Y os besasteis?
El taller estalla en un grito unísono que casi hace vibrar las vitrinas de cristal minimalistas.
—¡Por los clavos de la corona! —Percival se pone en pie de un salto, dejando su taza de porcelana fina sobre la mesa con un golpe seco—.
¡Lo sabía! ¡Un estratega de fondos de riesgo no se deja engañar por unas gafas de pasta y una trenza deshilachada!
¡Es sublime! ¡Es el mayor golpe de efecto que he visto desde la subasta de Christie's de 2014!
—¡Es un puto drama de época pero con trajes de Armani!
—grita Faye, dando palmas como una foca en un acuario—.
¡Sabía que mi beca iba a dar juego, pero esto supera mis mejores expectativas de Hollywood!
¡Clem, te ha besado el Thor de las finanzas!
¿Ha usado la fuerza brutal escandinava? Dime que ha sido de esos besos que te dejan los tobillos temblando.
—¡Queréis callaros los dos! —bramo, tapándome la cara con las manos, completamente abrumada por la fanfarria insoportable de mi comité de crisis—.
No es una comedia de enredo de la BBC, es mi vida.
Y el lunes a las once hay una reunión de presupuesto donde se supone que tengo que sentarme cara a cara con él.
El juego del gato y el ratón se ha terminado. Hay que confesarlo todo.
Percival se vuelve a sentar, alisándose las solapas del chaleco con un gesto que pretende recuperar la flemática compostura británica, aunque sus ojos brillan de puro cotilleo.
—¿Confesarlo todo? ¿Te refieres a presentarte en la junta de accionistas y admitir el fraude contractual de la suplantación? —pregunta, enarcando una ceja—. Clementine, la junta directiva de esa multinacional tiene menos sentido del humor que un notario prusiano.
—No habrá represalias, Percy —digo, sentándome por fin en la butaca frente a ellos, exhalando un suspiro largo—.
Conozco a Jacob. Bueno, conozco la obsesión que arrastra.
Está completamente colgado del recuerdo de Cornualles, de aquel verano en la piscina.
Para cualquiera sería una menudencia infantil, una tontería de críos que se tiran pullas en el agua, pero ese hombre vive en una jaula de oro tan artificial que esa frase y esa piscina son lo único real que conserva.
Por esa menudencia nostálgica, os aseguro que no va a mover un solo dedo legal contra nosotros.
Eso sí... —giro la cabeza hacia mi prima, clavándole una mirada fulminante—.
Faye, vas a tener que hacer tus quince días de prácticas reales en otra empresa.
En una donde el CEO no sea un vikingo de un metro noventa con memoria de elefante.
Faye pone los ojos en blanco, restándole importancia con la mano.
—Por mí como si me mandas a una fábrica de conservas en Escocia, Clem. Lo importante aquí es otra cosa —Faye se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas y mirándome con una fijeza analítica que rara vez usa—. A ver, mírame a los ojos. ¿Te has enamorado de él?
El silencio que se instala en el taller es tan denso que casi puedo oír el tic-tac del reloj de cuco que Percival esconde en la trastienda. Miro a mi prima, luego a mi marchante, que me observa con una seriedad profesional casi protectora. Noto un nudo cálido en la garganta.
—A ver... —empiezo, desviando la mirada hacia las piezas de plata de la vitrina—.
Seamos realistas. ¿A quién no le gustaría un tipo como Jacob?
Es insultantemente alto, es guapo como un dios de Asgard, tiene tanto dinero que podría comprar este barrio entero si se levantara de mal humor y, encima, después de lo de ayer...
parece dispuesto a darlo todo por mí. Ha tirado sus escudos de tiburón financiero solo para decirme que le gusto de cualquier forma.
Es el sueño de cualquier mujer en Londres.
—¡Pues entonces adelante! —exclama Faye, levantando los brazos—. ¡Lánzate de cabeza a esa piscina de Cornualles, Clem! Tienes veintiséis años, una cuenta corriente saneada y un millonario nórdico que te adora. Deja de ponerte excusas y empieza a planear la boda en Mayfair.
—No, Faye. No es tan fácil —le respondo, y noto cómo mi voz se vuelve firme, madura, despojándose por completo del tono jocoso de la comedia de enredos—. Es una locura. Somos de dos mundos completamente distintos.
Percival frunce el ceño, cruzando sus dedos largos.
—Clem, querida, eres una de las mujeres más ricas de tu generación gracias a tu herencia y a tu arte. El estatus económico no es una barrera entre Harrington-Vane y tú.
—No estoy hablando de dinero, Percy. Estoy hablando de la vida —digo, levantándome de nuevo para mirar por el ventanal que da a las calles grises de Chelsea—.
Yo jamás sería feliz en su mundo. ¿Os imagináis a mí yendo a cócteles de alta costura tres veces por semana?
¿Fingiendo un interés que no tengo por conversaciones aburridísimas sobre el mercado de valores, los fondos de riesgo y el índice de devaluación del acero?
¿Poniéndome joyas de alta gama en cada una de las articulaciones de mi cuerpo solo para demostrar el estatus de mi marido ante una panda de estirados de Mayfair? Me asfixiaría en tres días.
Faye me mira con el ceño fruncido, sosteniendo la mitad de su cruasán en el aire.
—Pero Clem, tú diseñas esas joyas. Vives de eso.
—No, Faye. Mi entrada en la joyería de lujo fue puramente casual —le aclaro, dándome la vuelta para enfrentarlos con el orgullo indomable de quien conoce su propia esencia—.
Yo capto la luz de las piedras, sé cómo moldear el oro para que cuente una historia y entiendo la belleza de la materia.
Pero yo soy artista. No soy joyera en el sentido comercial, no soy economista, no soy administrativa y mucho menos soy la CEO de una multinacional ni quiero serlo jamás.
Yo soy artista. Y un artista no es feliz, ni lo será nunca, en un universo hecho de puras apariencias, contratos y fachadas perfectas como el de Jacob.
Él vive para el ruido del mundo corporativo; yo vivo para el silencio de mi taller.
Su mundo terminaría por asfixiar el mío en menos de un mes, y yo no voy a renunciar a mi paz por muy bonitos que sean sus ojos grises.
Percival me mira en silencio durante un largo pasaje, abandonando por completo su aire de dandi.
Asiente despacio, con un respeto profundo que me llega al alma.
El sínodo de los traidores se ha quedado mudo frente a la cruda madurez de la verdad.
El enredo ha terminado, las máscaras han caído, y ahora solo queda el tablero desnudo del lunes por la mañana.