Becaria por error Capítulo 25 El síndrome del vacío de gravedad
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Capítulo 25 El síndrome del vacío de gravedad

Entro en mi piso de Notting Hill y cierro la puerta de madera apoyando la espalda contra ella, como si temiera que el mismísimo aire de Londres persiguiera mis pasos para pedirme explicaciones.

Dejo caer las llaves sobre la consola de la entrada y el tintineo metálico suena extrañamente lejano, amortiguado por una densa capa de irrealidad.

Sigo sosteniendo el portafolios de cuero contra mi pecho, apretándolo con la misma fuerza que si fuera un flotador en mitad de un naufragio de alta mar.

Mis dedos, todavía rozados por el polvo grisáceo del grafito de la tercera planta, tiemblan de una manera ridícula.

No camino. Floto. Hay una ausencia absoluta de gravedad en el pasillo que me conduce hacia el salón.

Siento las piernas ligeras, huecas, como si mis mocasines de ante italiano no tocaran de verdad las tablas de madera del suelo, sino una mullida superficie de nubes cargadas de electricidad estática.

Es una sensación física abrumadora, una especie de vértigo invertido que me empuja hacia arriba, balanceándome en un limbo donde las leyes de la física corporativa han dejado de tener sentido.

Me despojo del abrigo oversize de lana virgen de un tirón descuidado y lo dejo caer en una esquina del sofá, importándome muy poco que sea una pieza de diseño que normalmente colgaría con un cuidado maniático.

Hoy las líneas rectas y el orden formal me parecen conceptos de otro planeta.

Me cruzo de brazos y camino de un lado a otro del salón, incapaz de quedarme quieta, arrastrada por un torrente de adrenalina que me quema los bordes del estómago.

Me llevo una mano a los labios por centésima vez desde que salí del ascensor ejecutivo.

Todavía los noto hinchados, tibios, impregnados por ese persistsente sabor a sándalo, a tormenta de viernes y a la fuerza brutal de una boca que ha arrasado con catorce días de resistencia numantina.

Si cierro los ojos un milisegundo, la oscuridad de mi mente se llena de destellos grises.

Sigo sintiendo la presión de sus manos grandes en mi cintura, la firmeza de su pecho pegado al mío y esa urgencia salvaje con la que Jacob desarmó mi coleta, dejando que mi pelo se enredara entre sus dedos como si necesitara aferrarse a la auténtica Clementine antes de que volviera a mimetizarse con el mobiliario de la oficina.

Es insultante lo rápido que un hombre de un metro noventa puede dinamitar los cimientos de una fortaleza que me costó años construir.

Llevo dos semanas repitiéndome frente al espejo que soy un ficus, que mi mundo interior está a salvo tras una máscara de incompetencia administrativa y unas gafas de pasta sin graduar.

Y en cuestión de cinco minutos, en mitad de un archivo muerto rodeada de informes de márgenes de beneficio obsoletos, un maestro cerrajero con los primeros botones de la camisa desabrochados ha girado mi bombín y ha entrado hasta la cocina de mi santuario sin pedir permiso.

Y lo peor de todo es que no me ha importado.

Le he devuelto el beso con una vehemencia que me asusta, reconociendo en su boca el mismo fuego que me abrasaba los veranos de Cornualles cuando nos retábamos con la mirada al borde de la piscina.

Me dejo caer de espaldas sobre el sofá, mirando el techo alto con las molduras victorianas difuminadas por la penumbra de la tarde.

El corazón me late en los oídos con un ritmo sordo, constante, una percusión acelerada que no consigue estabilizarse.

Estoy flotando tan alto que el ruido del mundo exterior apenas me llega.

Las luces de los coches que cruzan la calle proyectan sombras alargadas en las paredes, y por un instante me permito la absoluta y peligrosa debilidad de sonreír como una adolescente que acaba de descubrir su primera banda de música indie.

Siento una calidez dulce expandiéndose por mis arterias, un optimismo absurdo que me hace pensar que estos doce días de enredo y suplantación contractual han valido la pena solo por la absoluta nitidez de ese instante entre las sombras del archivo.

Entonces, de repente, como si un rayo helado cruzara el cielo de Notting Hill, mis mocasines impactan contra el suelo de la realidad con un golpe seco. La gravedad regresa de golpe, aplastándome contra los cojines del sofá con un peso insoportable.

La sonrisa se me congela en los labios y se desvanece, dejando una línea tensa en su lugar.

Me incorporo despacio, apoyando los codos en las rodillas y enterrando la cara entre las manos.

Mis dedos todavía huelen levemente a la fragancia de sándalo de su cuello, y ese olor, en lugar de reconfortarme, me produce un pinchazo de pánico puro en mitad del pecho.

El torrente de adrenalina dulce se transforma en una marea de ácido que me revuelve las tripas.

Claro que yo no podía saber qué estaba pensando Jacob. Quizá para él solo haya sido un beso.

Las inseguridades se cuelan por las rendijas de mi cerebro como una legión de hormigas hambrientas, devorando cada gramo de la euforia que me hacía flotar hace un segundo.

¿Qué demonios estoy haciendo? Me paso las manos por el pelo desordenado, tirando de los mechones con desesperación.

¿En qué momento decidí que era una buena idea entregarle las armas al enemigo?

Jacob Harrington-Vane es el director general de un imperio financiero.

Es un hombre acostumbrado a la negociación de alto riesgo, a la estrategia de saturación y a ganar cada maldita partida de ajedrez en la que participa.

Ha pasado dos semanas cazándome, divirtiéndose a mi costa en cada reunión, mandándome bizcochos de lujo a mi cubículo solo para ver cómo la becaria inútil sudaba frío detrás de sus mamparas de fieltro.

¿Y si todo esto no es más que la culminación de su maldito instinto competitivo?

Percival lo dijo con terrorífica claridad en su taller de Chelsea: para un depredador financiero como Harrington-Vane, la Clementine misteriosa del jardín de los dulces y la cámara vieja no es un muermo, es un unicornio.

Un desafío irresistible. Un trofeo exótico que conquistar para salir del hastío de su vida perfecta de Mayfair.

Y yo, como una auténtica analfabeta sentimental, le he puesto el final perfecto a su cacería dejándome acorralar contra una mesa de dibujo.

Quizá ese beso rotundo, hambriento y abrasador no sea el inicio de nada, sino el punto final de su diversión.

El clic de la trampa cerrándose sobre la presa.

Ha conseguido lo que quería: romper mi fachada, obligarme a llamarlo por su nombre de pila y saborear la rendición de la artista indomable que le plantó cara en Cornualles.

Una vez resuelto el misterio, la magia del unicornio se desvanece.

Me levanto del sofá de un salto, sintiendo que las paredes del salón se estrechan a mi alrededor. Camino hacia la ventana y apoyo la frente fría contra el cristal empañado por la lluvia. Fuera, Londres sigue su curso gris y predecible, ajeno a mi crisis existencial de tercera planta.

Me miro el reflejo borroso en el vidrio.

Sigo vistiendo la blusa blanca arrugada y los jeans gastados de mi alter ego de oficina.

Soy una mentira andante en su edificio. El lunes por la mañana, la burbuja del archivo muerto del viernes se habrá disuelto bajo la cruda luz de los focos de la sala de juntas.

¿Qué se supone que debo hacer el lunes a las once?

Me ha exigido que la verdadera Clementine Wood se siente en esa mesa.

Si aparezco vestida con mis trajes artesanales y mis joyas de cinco cifras, destaparé el fraude de la beca de mi prima Faye ante doce directivos de marketing que viven de las apariencias.

Si aparezco como la becaria sosa, me arriesgo a que cumpla su amenaza y cancele la distribución de mi firma por burlarme de su inteligencia.

Pero lo que verdaderamente me aterra, lo que me tiene las manos heladas contra el cristal, no es la pérdida de un contrato de distribución en Mayfair.

Es la idea de cruzar la puerta de cristal, mirarlo a esos ojos grises y afilados y descubrir en su expresión esa flemática distancia ejecutiva que tan bien maneja.

Me aterra ver que su corbata de seda vuelve a estar perfectamente anudada, que sus gemelos de plata brillan con la misma insolencia de siempre y que para él, el viernes por la tarde solo fue un paréntesis divertido en su agenda de fondos de riesgo.

Un cabo suelto del pasado que necesitaba atar antes de pasar a la siguiente fusión de empresas.

Me abrazo a mí misma, frotándome los brazos para espantar un escalofrío que no tiene nada que ver con el termostato del piso.

El evangelio según san Percival tenía razón: jugar con fuego frente a un hombre que maneja fondos de inversión es una maniobra suicida.

Me quedan once días de condena en esa oficina.

Once días sosteniendo una mentira que ahora pesa el doble.

El vikingo ha invadido mi refugio con una llave maestra y un beso que todavía me quema los labios, y yo me he quedado desarmada en mitad de mi propio santuario, temblando ante la sospecha de que para Thor, la tormenta de verano ya ha pasado.