Capítulo 24 El santuario de grafito y el maestro cerrajero
El zumbido de las luces fluorescentes de la tercera planta se me clava en las sienes como pequeñas agujas de hielo.
Son las seis de la tarde del viernes. La oficina está completamente muerta.
El silencio ha sustituido al tecleo frenético, y la mayoría de mis compañeros ya están apurando su primera pinta en los pubs de los alrededores, celebrando el fin de semana.
Yo, en cambio, tengo el estómago contraído en un puño de acero.
El ultimátum de Jacob Harrington-Vane sigue resonando en las paredes de mi cerebro: «O la verdadera diseñadora se sienta en esa mesa el lunes, o cancelo la distribución de su firma».
Siento una oleada de adrenalina que me sube por las venas, pero no es pánico.
Es una rabia electrizante, la chispa indomable del artista que se niega a ser domesticado.
¿Boicotearme? ¿A mí? Me entran ganas de reírme a carcajadas frente al monitor apagado de mi cubículo.
Mi estatus, mi cuenta corriente y mi prestigio internacional no dependen de que una corporación multinacional retire mis piezas de sus escaparates de lujo.
Tengo a Percival, tengo un talento que el mercado europeo adora y, sobre todo, me tengo a mí misma.
Si Jacob quiere guerra comercial, le voy a demostrar que mis joyas se venden solas porque tienen alma, no porque lleven el sello de su conglomerado financiero.
Estoy tan jodidamente nerviosa y cargada de energía que sé que lo único que va a calmar este incendio interior es dibujar. Necesito el tacto del grafito. Necesito ver cómo las líneas cobran sentido.
Me levanto de la silla, agarro mi portafolios de cuero y camino decidida hacia el fondo del pasillo, donde se encuentra el pequeño despacho de archivo y creatividad que apenas se usa.
Es un rincón aislado, con una mesa de dibujo inclinada y una ventana que da a los tejados grises de Londres.
Entro, cierro la puerta de madera maciza tras de mí y, con un movimiento firme y seco, giro la llave en la cerradura.
El sonido del pestillo encajando me devuelve la paz.
Por primera vez en dos semanas, estoy a salvo.
Aquí no soy la becaria torpe. Aquí soy Clementine.
Me quito el abrigo, me remango las mangas de la camisa blanca y esparzo mis papeles vegetales sobre la mesa.
Agarro un lápiz de grafito grueso, de mina blanda, y dejo que mi mano empiece a moverse de forma fluida, casi unconscious.
Al principio son trazos caóticos, rabiosos, pero poco a poco el desorden se transforma en una estructura armónica.
Estoy diseñando una gargantilla de titanio negro y diamantes en bruto.
Las líneas son afiladas, asimétricas, inspiradas en la forma en que los rayos del sol rompen las tormentas en los acantilados.
Es un diseño soberbio, audaz, una pieza que ninguna joyería del planeta se atrevería a rechazar.
Mientras dibujo, el mundo exterior desaparece.
El ruido de la oficina se apaga. Soy libre.
Un chasquido metálico rompe la burbuja de mi santuario.
Parpadeo, desorientada, manteniendo el lápiz suspendido a escasísimos milímetros del papel.
El pomo de la puerta se gira despacio. Un segundo después, el sonido inconfundible de una llave maestra deslizándose en el bombín hace que se me congele la sangre en las venas.
La puerta se abre con una suavidad pasmosa, revelando una silueta inmensa recortada contra la luz tenue del pasillo.
Jacob Harrington-Vane está plantado en el umbral.
No lleva la chaqueta del traje, ni el chaleco.
Lleva la camisa blanca de alta costura con los primeros botones desabrochados, la corbata ligeramente aflojada y las mangas dobladas de manera descuidada hasta los codos.
Su pelo rubio oscuro está un poco desordenado, como si se hubiera pasado las manos por él repetidas veces.
En su mano derecha sujeta un juego de llaves ejecutivas que tintinean levemente.
Sus ojos grises, normalmente afilados como cuchillas de hielo, recorren la estancia hasta fijarse en mí.
En mi mano derecha manchada de gris. En los bocetos de alta joyería que cubren la mesa.
Se hace un silencio tan denso que puedo oír el sutil crepitar de la lluvia golpeando el cristal de la ventana. No me muevo. No intento esconder los papeles. Sería absurdo. Estoy expuesta, con mi verdadero yo desparramado sobre el escritorio.
Jacob cierra la puerta a sus espaldas con un empujón suave del pie, sin apartar la mirada de la mía.
Camina hacia mí con pasos lentos, fluidos, con esa seguridad aplastante de dios nórdico que parece empequeñecer el despacho con cada zancada.
Cuando llega a la altura de la mesa, se apoya contra el borde de madera, a escasos centímetros de mis papeles, y se inclina ligeramente hacia delante.
El aroma a sándalo, a lluvia fresca y a ese magnetismo limpio que desprende me inunda los sentidos por completo.
—Una cerradura normal no detiene a un vikingo, Faye —su voz de barítono desciende a un tono bajo, pausado, que reverbera directamente en mi pecho—. Y menos cuando el aire de la tercera planta empieza a oler al grafito de Mayfair. O debería decir... al grafito de la auténtica Clementine Wood.
Trago saliva, obligándome a mantener la barda alta. Dejo el lápiz sobre la mesa con una firmeza que no siento y cruzo los brazos sobre el pecho, plantándole cara con toda la dignidad que puedo reunir.
—Es una propiedad privada del departamento, jefe —le espeto, abandonando por completo la sumisión de la becaria—. Y yo estaba trabajando en... unos conceptos para mi supuesta amiga. No sabía que el director general también hacía turnos de cerrajería los viernes por la tarde.
Jacob no responde de inmediato. Baja la vista hacia la mesa y sus dedos largos recorren el contorno de mi dibujo de la gargantilla de titanio.
Su tacto sobre el papel vegetal es casi reverente, delicado, un contraste brutal con su imponente físico.
Sigue el trazo que acabo de hacer con una fijeza que me corta la respiración.
—Es magnífico —dice en un susurro, y noto una sinceridad cruda en sus palabras que me desarma—.
La asimetría del engaste, la fuerza del titanio...
Tiene esa imperfección salvaje que solo Clementine Wood sabe darle al metal.
Jonathan es un idiota, por cierto. No hay nada de brutalismo neoyorquino aquí.
Esto es el mar de Cornualles rompiendo contra las rocas negras de la cala.
Es el refugio que me describiste ayer. El refugio de tu supuesta amiga... que resulta que eres tú.
Me quedo helada, mirándolo fijamente. La tensión romántica entre los dos es tan palpable que casi puedo ver las chispas flotando en el espacio que nos separa.
Me obligo a sostenerle la mirada, buscando mis defensas.
Las cartas están sobre la mesa. Supe que Anastasia no coló, pero que viniera aquí directo a arrinconarme con una llave maestra confirma que el juego del gato y el ratón ha terminado.
—Si ya lo tenías tan claro desde el segundo día, Jacob...
—mi voz sale más suave de lo que planeaba, perdiendo su filo irónico y llamándolo por su nombre por primera vez en estas paredes— ¿A qué viene todo este maldito circo?
¿Por qué el ultimátum de Mayfair? ¿Por qué amenazar con destruir la distribución de mi firma si no me presentaba el lunes?
¿Acaso querías obligarme a confesar de rodillas?
Jacob aparta los dedos del papel y levanta la cabeza.
Sus ojos grises me miran con una intensidad felina, una fijeza que me hace dar un paso invisible hacia atrás, chocando contra la mesa de dibujo.
Da un paso más hacia mí, acorralándome con su sola presencia.
Hay una calidez nueva en su rostro, una vulnerabilidad oculta detrás de su fachada de tiburón de las finanzas que nunca antes había visto.
—Porque era la única manera de obligarte a salir de tu caparazón, Clem —confiesa, y el uso de mi verdadero nombre abre una grieta enorme en mi armadura—.
Porque llevas dos semanas escondiéndote detrás de unas gafas que no necesitas, de un abrigo que te queda grande y de una identidad que le pertenece a tu prima Faye.
Estaba harto de hablar con una simulación gris.
Quería esto. Quería a la mujer que dibuja tormentas en el papel, la misma que me desarmó por completo cuando éramos unos niños.
Dejo escapar una risa amarga, cruzando los brazos con fuerza.
—¿Desarmarte? Por favor, Jacob. Fuiste tú el que apareció en Vanderbilt & Co.
como si fueras el dueño del mundo, exigiendo ver a un "fantasma".
He tenido que suplantar a mi prima para que no perdiera la beca por irse a Los Ángeles, tragando café de plástico y aguantando tus indirectas insoportables.
Y todo por una estúpida obsesión con el pasado.
¿Tanto te marcó una frase absurda en una piscina de Cornualles?
¿Tanto significó para ti que te dijera: «mis pechos crecerán pero tu pito será siempre pequeño»?
Jacob se queda congelado un segundo, parpadeando descolocado, antes de que una sonrisa enorme y genuina le parta la cara. Es una risa limpia, la primera que le escucho que no lleva filtros corporativos.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto?
—le digo, dando un paso adelante, picada por mi propio orgullo—.
Que esa frase que te marcó para siempre y que llevas grabada a fuego en el ego ni siquiera era mía.
No fui yo la que la ideó en un arrebato de genialidad infantil.
¿Te acuerdas de que Faye estaba allí con nosotros?
Ella se me acercó al oído, me la susurró con malicia y me incitó a decírtela.
Yo solo fui el megáfono de mi prima porque me pareció divertidísimo destrozar tu prepotencia de niño rico.
Fue un plagio en directo que ella me sopló al oído, Jacob.
Jacob niega con la cabeza, acortando la distancia entre nosotros hasta que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo. Me acorrala contra el borde de la madera, pero ya no me importa.
—Me da exactamente igual quién te la soplara al oído, Clem —dice, y su voz de barítono se vuelve espesa, magnética, haciéndome vibrar el pecho—.
No fue la autoría intelectual lo que me conquistó.
Fue tu vehemencia al decirla. Fue la absoluta y arrolladora fuerza con la que te plantaste frente a mí para soltármela a la cara después de que ella te la susurrase.
Nadie, absolutamente nadie en mi vida, me había mirado como si fuera un estorbo prescindible.
Todos hacían la pelota, todos me daban la razón, todos se inclinaban ante el apellido Harrington-Vane.
Andar detrás de ti es lo único verdaderamente interesante que he hecho en meses.
Llegaste tú, una niña descalza con las manos manchadas de barro, y me redujiste a la nada adueñándote de esas palabras con una sola mirada.
Trago saliva, sintiendo que la respiración se me vuelve errática. Sus ojos grises han dejado de buscar a la diseñadora cotizada de Mayfair. Están fijos en mí.
—He pasado años buscando esa misma verdad en los salones de Londres, y todo lo que encontré fue réplicas de seda y sonrisas calculadas —continúa Jacob, dando el último paso que elimina cualquier distancia.
Alarga una mano y, con una delicadeza infinita que contrasta con su tamaño de vikingo, acuna mi mejilla.
Su pulgar roza mi pómulo, justo donde tengo una pequeña mancha de grafito—.
Me da igual que seas la prestigiosa Clementine Wood que vende piezas de cinco cifras o la becaria que derrama los papeles en la tercera planta.
Me gustas tú. Me gusta la mujer que me desafía con un rotulador permanente y que prefiere hornear dulces a competir por el estatus.
Me gustas de jeans, de seda o de ficus corporativo.
—Jacob... —su nombre sale de mi boca como un hilo de voz, un suspiro trémulo que traiciona todos mis intentos de mantener la distancia.
—No te vas a escapar de mí en doce días, Clem. No esta vez —susurra, inclinando la cabeza.
Su rostro desciende con una lentitud tortuosa, dándome el espacio necesario para huir, para empujarlo, para recordar el maldito contrato o el enredo de mi prima.
Mi corazón late con una fuerza salvaje contra mis costillas.
Pero mis manos, traicionando cualquier lógica de supervivencia, abandonan mi pecho y se clavan en la tela de su camisa blanca, arrugándola entre mis dedos manchados de lápiz.
Cuando sus labios encuentran los míos, el mundo de Harrington-Vane Enterprises se apaga por completo.
Es un beso rotundo, hambriento, cargado de las dos semanas de tensión acumulada entre mamparas de fieltro, correos corporativos e indirectas camufladas en bizcochos de limón.
Jacob me sujeta contra él con una fuerza brutal pero extrañamente protectora, pegando mi cuerpo al suyo mientras una de sus manos se enreda en mi pelo, deshaciendo por completo la coleta y dejando que los mechones caigan libres sobre sus dedos.
Su boca se mueve contra la mía con una urgencia que me arranca un gemido sordo, un calor electrizante que me recorre desde la punta de los mocasines de ante hasta la raíz del cabello.
Le devuelvo el beso con la misma vehemencia que él tanto recuerda de Cornualles, saboreando la lluvia, el sándalo y la absoluta rendición de haber dejado caer todas las máscaras en mitad de un archivo muerto.
El tablero de ajedrez ha saltado por los aires, las líneas rectas se han torcido por completo, y lo único real en esta tercera planta es el fuego que acaba de estallar entre el vikingo y la artista.