Becaria por error Capítulo 21 La metamorfosis del ficus
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Capítulo 21 La metamorfosis del ficus

El reloj de pared de la sala de juntas marca las once en punto cuando deslizo mi cuerpo por la rendija de la puerta de cristal, intentando no generar la más mínima perturbación en el aire.

Aplico a rajatabla el manual de supervivencia que improvisé en el metro: hombros hundidos, mirada fija en el suelo laminado y la libreta corporativa pegada al pecho como si fuera un escudo de invisibilidad.

Busco la silla más alejada de la cabecera, justo en la esquina posterior, flanqueada por un radiador de diseño y, poéticamente, por un ficus artificial de hojas polvorientas.

Me siento despacio, cruzo las piernas y relajo las facciones de mi rostro hasta alcanzar el grado de expresión de una patata hervida.

Perfecta. Soy el ficus número dos de la sala. Nadie nota a un ficus.

La sala de juntas de Harrington-Vane Enterprises es un teatro de la crueldad ejecutiva.

La mesa central de mármol de Carrara está rodeada por doce directivos de marketing que visten trajes que gritan "bono anual" y sostienen bolígrafos de marca listos para apuntar métricas ridículas.

En el ambiente flota el olor a colonia de diseño, desinfectante de cítricos y el miedo reverencial que inspira el hombre que preside la mesa.

Jacob Harrington-Vane está sentado en su trono de cuero negro.

Si a las nueve de la mañana parecía imponente, a las once, con la luz cenital incidiendo directamente sobre su pelo rubio oscuro, parece el presidente del Olimpo.

Se ha quitado la chaqueta del traje de tres piezas, revelando la impecable caída de su chaleco gris marengo sobre una camisa blanca que tensa ligeramente en los hombros.

Juguetea con un bolígrafo estilográfico de oro entre sus dedos largos, escuchando con una flemática distancia el monólogo aburridísimo que Jonathan, el director sénior de estrategia, está soltando sobre los gráficos de barras del último trimestre.

Siento su mirada gris patrullando la sala.

Cuando sus ojos pasan por mi esquina, clavo la vista en mi libreta en blanco, trazando mentalmente un hexágono invisible para no parpadear.

«No existes, Clem. Eres clorofila artificial.

Eres un elemento decorativo». Noto cómo su mirada se detiene en mí una fracción de segundo más de lo necesario, pero no hago ni un solo ademán. Mantengo mi respiración plana.

—...y por lo tanto, el posicionamiento de la marca en el sector premium requiere un enfoque más holístico y disruptivo —concluye Jonathan, ajustándose las gafas con una suficiencia que me produce sarpullido.

—Bien, Jonathan —la voz de barítono de Jacob corta el aire con la precisión de un bisturí.

Deja la estilográfica sobre la mesa y se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos—.

El análisis de datos es correcto, pero nos falta el alma.

El mercado de lujo no compra estadísticas; compra relatos.

Compra autenticidad. Y precisamente ayer, durante una visita a Vanderbilt va a ser una guerra de guerrillas.