Capítulo 20 El peligro de describir a un unicornio
El trayecto en metro desde las oficinas de Harrington-Vane Enterprises hasta el barrio de Chelsea es el equivalente urbano a descender a los infiernos, solo que con más humedad, olor a impermeables mojados y un señor pegado a mi axila que lee el periódico financiero en su tableta.
Sostengo el portafolios de cuero contra mi pecho como si contuviera los códigos de lanzamiento de un misil nuclear.
En realidad, contiene algo mucho más peligroso: mi libertad creativa y la prueba de que la humilde empleada de la tercera planta y la cotizada Clementine Wood comparten el mismo ADN.
Cuando salgo a la superficie, la lluvia de Londres ha decidido pasar de «fina cortina británica» a «diluvio universal monzónico».
Fantástico. Camino a zancadas por las calles flanqueadas por casas victorianas de ladrillo visto, esquivando charcos con una furia que desentona por completo con el ambiente refinado del barrio.
Cruzo el callejón privado que conduce al antiguo almacén de carruajes reconvertido que mi marchante llama «estudio de gestión artística» y yo llamo «el cuartel general de la pomposidad».
No llamo a la puerta. La empujo con el hombro, haciendo que la pesada hoja de roble golpee el tope de bronce con un estruendo delicioso.
—¡Percival Reginald de la Santísima Trinidad!
—bramo, inventándome los segundos nombres mientras me desojo del paraguas chorreante y lo tiro sin mirar sobre un paragüero de porcelana de la dinastía Ming (o algo que cuesta el equivalente a mi peso en oro)—.
¡Sal de tu madriguera de terciopelo ahora mismo porque juro por Dios que voy a fundir toda mi nueva colección de plata y te voy a forjar unas esposas con ella!
El silencio que me recibe solo está roto por el suave crepitar de la chimenea de gas y las notas bajas de un concierto de violonchelo que flota en el aire.
El estudio de Percival huele a cera de abejas, a libros antiguos y a té Earl Grey.
Es un espacio inmenso, con suelos de madera decapada, paredes blancas cubiertas de lienzos abstractos y vitrinas minimalistas iluminadas con luces LED donde descansan algunas de mis propias creaciones.
Es un templo al buen gusto, un oasis de paz que hoy voy a profanar con mis mocasines mojados y mi mala leche.
Una cabeza con el pelo perfectamente engominado y ni un solo mechón fuera de su sitio se asoma por encima del respaldo de un diván de cuero de estilo Chesterfield.
Percival me mira. Sostiene una taza de porcelana fina entre sus dedos largos y luce un traje de tres piezas de tweed que, sospecho, está diseñado para repeler la ordinariez humana.
—Clem, querida —dice con esa flemática parsimonia británica que normalmente me relaja y que hoy me dan ganas de batear—. Estás goteando sobre la alfombra persa. Es del siglo XIX. Las fibras sufren con la hostilidad del agua pública.
—¡Me importa tres pimientos tu alfombra del siglo diecinueve, Percy!
—exclamo, avanzando hacia él y plantándome a dos pasos del diván.
Le señalo con el dedo índice, que todavía tiene una mancha gris de tinta del departamento de marketing—.
Ayer. Mayfair. Vanderbilt me estaba avisando.
—Me quedan doce días —digo en un susurro lleno de pánico, clavando mis ojos en los de Percival—.
Doce días de contrato de prácticas. Doce días firmando como Faye.
Si logro sobrevivir las próximas dos semanas sin que una las piezas, el contrato terminará, desapareceré de la empresa y Clementine Wood seguirá siendo un fantasma inalcanzable para él en Mayfair.
—Pues te sugiero que a partir de las once de la mañana adoptes el perfil más bajo de la historia de la humanidad —me advierte Percival, volviendo a tomar su taza de té—.
Conviértete en un ficus corporativo, Clem.
No opines, no te rebeles, no le dejes mensajes irónicos en los informes y, sobre todo, por lo que más quieras, no hables del alma de los artistas ni de la sencillez de la vida.
Si ve un solo destello de la diseñadora en la becaria, estás acabada.
Me levanto de la butaca, recojo mi portafolios y me lo coloco bajo el armazón de mi abrigo oversize de lana virgen. Me dirijo hacia el paragüero, rescato mi paraguas medio roto y abro la puerta del estudio, enfrentándome de nuevo a la tormenta de Londres.
—Un ficus corporativo —repito para mis adentros, sintiendo cómo el corazón me late a un ritmo ridículo—. A partir de mañana, soy la planta decorativa más aburrida de la tercera planta. Doce días. Solo doce días más.
Cierro la puerta tras de mí, dispuesta a regresar al campo de batalla con la firme determinación de no dejar que ningún vikingo estirado derribe mis muros, por muy grises y afilados que sean sus ojos.