Becaria por error Capítulo 19 Los bocetos y las sospechas. #2
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Capítulo 19 Los bocetos y las sospechas. #2

—Clementine Wood no es así en absoluto, señor Harrington-Vane —le aseguro, dando un paso adelante y señalándolo con el dedo índice, olvidándome por completo del protocolo—.

Mire, para empezar, usted tiene que entender una cosa fundamental sobre el arte.

Si Clementine estuviera integrada en el mundo de la alta sociedad que usted frecuenta, si se sintiera cómoda en él, directamente no sería artista.

Los artistas lo son para poder expresar su mundo interior.

Crean porque el mundo real, con su ruido, su falsedad y sus estúpidas dinámicas de poder, no les gusta.

El arte es el refugio donde vuelcan el universo que a ellos les da la gana construir.

Si ella se pasara el día compitiendo por estatus en sus salones de Mayfair, su mente estaría demasiado vacía como para diseñar nada que valga la pena.

Los artistas necesitan distancia, necesitan aire puro, no la hipocresía de los desfiles de vanidades.

Jacob apoya una cadera contra el borde de su mesa de roble, cruzando los brazos. Su mirada brilla con una curiosidad salvaje que empieza a ponerme seriamente nerviosa. Los engranajes de su cabeza están girando a toda velocidad.

—Una perspectiva sumamente profunda —concede, sin apartar los ojos de los míos—. Continúa, por favor. Me interesa mucho tu análisis sobre la señorita Wood.

—Clementine Wood es una mujer que tiene la vida completamente resuelta, jefe.

No necesita sus millones, ni sus cócteles, ni su aprobación.

Tiene dinero, sí, le va muy bien porque sus piezas se venden solas, pero es una rica que ha elegido la sencillez como una declaración de principios.

Rara vez se maquilla; de hecho, si se pone rímel y no se le corre a los diez minutos ya lo considera un milagro estético.

Rara vez se pone tacones porque valora la integridad de sus tobillos por encima del glamour de una pasarela, así que suele ir por la vida en jeans cómodos y camisetas básicas.

Huye de la gente rica —de esa gente rica que solo sabe hablar de acciones, de apariencias y de fondos de inversión, de los que miden el valor de una persona por el coche que conduce— como si tuvieran la peste bubónica.

Detesta los eventos pomposos que saben a hipocresía licuada y sus entretenimientos están a años luz de los de alguien como usted.

—¿Andar descalza por ahí es uno de ellos? —pregunta, inclinándose ligeramente hacia mí, con un tono magnético que me eriza la piel—. ¿Cuáles son esos entretenimientos tan alejados de mi alcance?

—Ella pasea por la naturaleza —continúo, ganando carrerilla y defendiendo mi propia existencia con uñas y dientes—.

Hace fotos a las flores con una cámara vieja que adora, y cocina dulces.

Sí, dulces. Bizcochos de limón perfectos y galletas de avena que comparte en el jardín de su casa, un rincón donde el ruido de la ciudad no existe.

Su vida es fácil, plana, predecible y maravillosamente aburrida porque ella misma la ha diseñado para que sea así.

Huye activamente de cualquier persona que se la complique.

Y usted, jefe... usted es la definición con patas de una complicación de tres pares de narices.

Su mundo de consejos de administración, trajes a medida, fotógrafos y exigencias ejecutivas dinamitaría su paz en cinco minutos.

Ella jamás querría formar parte de su circo corporativo.

Prefiere el silencio de su taller al ruido de sus aplausos.

El silencio que se instala en el despacho es tan denso que casi puedo escuchar el tic-tac del reloj de pared de diseño vanguardista que hay detrás de mí.

Jacob me sostiene la mirada. Sus ojos grises han dejado de reírse, pero no parecen enfadados.

Hay una intensidad nueva en ellos, una fijeza que me hace tragar saliva.

—Una mujer rica que elige la sencillez, que protege su mundo interior a través del arte y que cocina dulces en su propio refugio...

—repite Jacob en un susurro, como si estuviera saboreando cada palabra—.

¿Y de verdad crees que eso me alejaría? ¿Crees que un hombre como yo solo sabe apreciar la superficie de las cosas?

¿O es que me estás describiendo a alguien que conoces mucho mejor de lo que admites?

Siento un sudor frío. Me he metido en la boca del lobo yo solita por ponerme poética sobre la esencia del arte. Tengo que recordar mi papel.

—Solo digo lo que cualquiera con dos dedos de frente deduciría al ver sus diseños, jefe —respondo, recuperando mi postura firme y acomodándome el portafolios bajo el brazo—.

Sus joyas transmiten paz y libertad, cosas que no abundan en esta oficina.

Así que haga un favor a su agenda ejecutiva y déjelo estar.

Su Clementine de los veranos de Cornualles ya no existe, y la Clementine Wood de los catálogos de arte no encaja en su mundo de reuniones de consejo y corbatas a juego. Déjela en paz.

Me doy la vuelta con toda la dignidad que puedo reunir, dispuesta a enfilar la puerta de salida antes de que mi verdadera identidad termine de filtrarse por las costuras de mi mentira.

—Escucha —su voz me detiene justo cuando tengo la mano en el pomo de titanio—. Dile a tu amiga... que sé perfectamente lo que es querer huir del ruido del mundo. Y dile también que los vikingos somos famosos por invadir refugios. Nos vemos en la reunión de las once. No llegues tarde.

Salgo al pasillo a toda prisa, cerrando la puerta tras de mí y soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Me pego el portafolios de mis verdaderos dibujos al pecho y avanzo hacia el ascensor con el corazón desbocado.

«Maldito vikingo estirado», refunfuño para mis adentros mientras pulso el botón de la tercera planta.

«Maldito Thor de Mayfair». Quedan doce días para que esto se acabe y yo pueda volver a encerrarme en mi estudio a fundir oro y diseñar en paz.

Pero viendo cómo me miraba Jacob, no sé si mis muros van a aguantar dos semanas enteras antes de que todo vuele por los aires.