Becaria por error Capítulo 19 Los bocetos y las sospechas.
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Capítulo 19 Los bocetos y las sospechas.

El sonido de mis mocasines de ante italiano contra el suelo laminado de la planta ejecutiva de Harrington-Vane Enterprises suena a todo menos a sumisión.

Es un calzado plano, sí, pero de una firma artesanal que solo conocen unos pocos iniciados en Florencia.

Me ajusto las solapas de mi abrigo oversize de lana virgen —cuyo corte estructurado grita minimalismo de lujo, aunque hoy me lo haya puesto de mala gana para esquivar la lluvia de martes— y me sacudo una gota rebelde que amenaza con resbalar por mi nariz.

Las oficinas centrales de mi queridísimo, estirado y nórdico jefe son el epítome del diseño corporativo: todo es blanco, cristal templado y acero inoxidable.

Es el tipo de lugar donde respirar demasiado fuerte parece un delito financiero.

A mí este entorno me produce una especie de urticaria estética.

La gente suele confundir mi sencillez con falta de recursos, lo cual me resulta tan útil como divertido.

La realidad es que tengo la cuenta corriente lo suficientemente saneada gracias al éxito internacional de mis joyas como para no tener que aguantar los caprichos de ningún tiburón de las finanzas.

Doce días. Solo me quedan doce días fingiendo ser mi prima antes de mandar este cubículo a la porra y recuperar mi verdadera vida.

Exhalo un suspiro largo, me recoloco el bolso bandolera de piel flexible y planto la mano sobre la maneta de titanio del despacho presidencial.

«Hazlo por tus bocetos, Clem», me digo a mí misma en un susurro. «Hazlo por esos dibujos que el tiburón de los negocios guarda en su cajón como si fueran bonos del Estado».

Abro la puerta sin llamar. Porque cuando posees una de las firmas de alta joyería más cotizadas de Europa y estás metida en este enredo, la paciencia es lo primero que pierdes.

Jacob Harrington-Vane está sentado detrás de su imponente mesa de roble negro.

Si el mundo fuera un lugar justo, los tíos de un metro noventa con mandíbulas capaces de cortar cristal no tendrían derecho a que la luz grisácea de Londres les diera un aire de melancolía poética.

Lleva un traje de tres piezas de color gris marengo que parece haber sido esculpido directamente sobre su anatomía de dios nórdico.

La corbata de seda azul marino está perfectamente anudada y las mangas de su camisa blanca están rematadas por unos gemelos de plata que brillan con una insolencia insultante.

Cuando me ve entrar, ni siquiera parpadea. Solo apoya los codos sobre la mesa, entrelaza sus dedos largos y me dedica una sonrisa lenta. Una de esas sonrisas que gritan: «Sé algo que tú no sabes, y me lo voy a pasar jodidamente bien a tu costa».

—Buenos días —su voz de barítono resuena en las cuatro esquinas del despacho, haciendo que mis tímpanos vibren en una frecuencia peligrosa—. Vaya. Veo que el temporal de Piccadilly no ha podido con tu entusiasmo matutino.

—Buenos días, jefe —respondo, plantándome al otro lado del escritorio con una tranquilidad absoluta—.

Déjese de preámbulos meteorológicos. Vengo a por lo mío.

Bueno, a por lo de mi amiga. Mi amiga la tímida.

La que dibuja y a la que usted le tiene confiscado el portafolios de papel vegetal en el cajón de su fortaleza privada. Entrégueme los bocetos.

Jacob expande su sonrisa. Ahora es una línea descarada que estropea toda su fachada de aristócrata del acero. Se echa hacia atrás en su butaca de cuero, mirándome fijamente.

—¿Tu amiga? Ah, sí. La misteriosa diseñadora oculta tras las paredes de esta empresa —dice, arrastrando las palabras con un deleite insoportable—.

Es curioso que menciones el talento oculto.

Verás, ayer pasé la tarde en un lugar de lo más interesante.

Un rincón bastante exclusivo en Mayfair. ¿Te suena de algo Vanderbilt & Co.?

Siento que el pulso se me acelera a mil por hora, pero mantengo la cara de póker más absoluta que he ensayado en mi vida.

—¿Una joyería de lujo? He oído hablar de ella —miento con descaro, considerando que mis propias piezas cuelgan de sus vitrinas blindadas—. No sabía que le gustaran tanto los diamantes, jefe. ¿Qué le pasa a esa joyería? ¿Le han cobrado el IVA dos veces?

—No exactamente —Jacob inclina la cabeza, y esos ojos grises tan afilados que me quitan el hipo me analizan como si fuera un plano de inversión—.

Fui buscando a una fantasma. Una artista llamada Clementine Wood.

Y no te vas a creer a quién me encontré allí escondido entre los catálogos de diamantes de la entrada.

A un hombre llamado Percival. Un tipo impecable, flemático...

y con unas ganas terribles de tirarme por la ventana más cercana.

«Nota mental: matar a Percival. Enterrarlo bajo un rosal en Cornualles», pienso, mientras mantengo mi mejor sonrisa de empleada. Si Percival ha hablado más de la cuenta, estoy muerta.

—¿Percival? Qué nombre tan de personaje de Jane Austen. No tengo el gusto, señor Harrington-Vane —trato de desviar el tema—. Pero me alegra saber que su vida social en Mayfair es tan próspera. Ahora, si no le importa, mis bocetos...

—Me contó que es una mujer extraordinaria —me interrumpe Jacob, ignorando por completo mi petición.

Se levanta de la silla y, de repente, el despacho se vuelve diminuto.

Es insultantemente alto. Cuando camina rodeando la mesa, parece un vikingo escandinavo que ha cambiado el hacha de guerra por una cuenta corriente infinita—.

Me dijo que su genialidad no es amiga de los focos.

Y cuanto más intentaba esquivar mis preguntas, más seguro estaba yo de que esa mujer es la pieza del rompecabezas que llevo años intentando encajar.

Estaba... entusiasmado. Hacía mucho tiempo que algo no me despertaba esta urgencia.

Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi puedo ver mis propios pensamientos por dentro. Cruzo los brazos sobre mi abrigo y resoplo, haciendo que un mechón de pelo rebelde que se ha escapado de mi coleta despeinada vuele hacia arriba.

—A ver, por el amor de Dios, jefe. ¿Por qué está tan sumamente ilusionado con una firma en un papel? Parece un adolescente que ha descubierto una banda de música indie y quiere comprarse la camiseta oficial antes de que se vuelva comercial. Es una diseñadora de joyas, no el Santo Grial.

—Quiero verla —dice, deteniéndose a apenas un metro de mí.

El olor a colonia cara, a madera de sándalo y a dinero limpio me inunda las fosas nasales.

Su mirada gris se vuelve intensa, casi felina—.

Quiero verla de nuevo. Necesito saber si la mujer que dibuja esas maravillas es la misma que dejó una huella imborrable en mi memoria cuando los veranos en el sur tenían otro sentido.

No voy a parar hasta que Percival me organice una cita con ella.

—Claro, porque los millonarios caprichosos no aceptan un "no" por respuesta, ¿verdad? —le espeto, estirando la mano con la palma hacia arriba—. Los bocetos. Ahora. Mi amiga los necesita. Démelos ya.

Jacob suelta una risa corta, un sonido sorprendentemente cálido que rompe su rigidez de Thor corporativo.

Se da la vuelta, camina hacia su mesa, abre el cajón superior y saca el portafolios de cuero donde descansan mis bocetos secuestrados.

Se acerca y me los pone en la mano. Sus dedos rozan los míos por un milisegundo y una descarga eléctrica ridícula me recorre el brazo.

Maldita estática de las alfombras ejecutivas.

—Aquí tienes los dibujos de tu... amiga —dice, remarcando la última palabra con una ironía deliciosa—.

En el fondo, me alegra que hayan vuelto a tus manos.

Pero dile de mi parte que Londres es muy pequeño.

Andar detrás de ella es lo único interesante que he hecho en meses.

Y yo soy un hombre extremadamente paciente cuando el objetivo vale la pena.

No voy a parar hasta encontrar a Clementine Wood.

Sostengo el portafolios contra mi pecho como si fuera un escudo antibalas.

Le miro fijamente, contemplando sus gemelos perfectos, su pelo rubio oscuro impecablemente peinado hacia atrás y esa seguridad aplastante que solo da el haber nacido en una cuna hecha de lingotes de oro.

Siento que tengo que pararle los pies antes de que su cruzada romántico-obsesiva acabe por descubrirme.

Tengo que desmitificar a la artista para que deje de buscarla.

—Jefe —empiezo, suavizando el tono pero inyectándole una dosis masiva de cruda realidad—.

Usted insiste tanto porque cree que, como ella es una artista reconocida por el círculo más selecto de Mayfair, es una mujer sofisticada de las que está acostumbrado a ver en su entorno social.

Se imagina a una musa misteriosa que toma champán en copas de cristal de bohemia, que viste de seda de alta couture las veinticuatro horas del día y que recita poesía existencialista francesa mientras contempla el Támesis desde un ático de diez millones de libras.

Jacob enarca una ceja, visiblemente divertido por mi monólogo.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es ella según tu infalible instinto?