Becaria por error Capítulo 18 Un vikingo en Mayfair.
38%

Capítulo 18 Un vikingo en Mayfair.

La lluvia cae de nuevo sobre Londres en esta mañana de martes donde el olor a otoño se cuela en cada rincón británico.

Por supuesto, voy más que dispuesta a mi oficina, ajustándome mi abrigo holgado y esquivando los charcos de las aceras con mis zapatos planos de diario, sin imaginar que Jacob Harrington-Vane está pisando en este mismo momento la joyería más cara de Londres para buscar a Clementine Wood.

Mientras yo me subo al autobús de la línea corporativa con la firme intención de ejecutar el plan de Percival, plantarme ante mi jefe y exigirle mis bocetos secuestrados en nombre de mi "amiga tímida", a unos cuantos kilómetros de mi posición, en el pomposo y aristocrático barrio de Mayfair, se está desatando una tormenta de proporciones bíblicas.

La joyería Vanderbilt el tío quiere saber, de manera casi posesiva y territorial, si Clementine es solo la protegida artística... o si hay algo más entre el marchante y ella.

Quiere calibrar a la competencia romántica antes de mover ficha.

Me dan ganas de reírme a carcajadas solo de imaginar el chasco de Jacob.

Al hablar con Percival y notar sus ademanes refinados, su flemática distancia y su total desinterés por la testosterona competitiva, mi jefe ve a todas luces, y en cuestión de tres segundos, que las mujeres no son, ni de lejos, la elección preferida de mi marchante en esta vida.

Noto el alivio invisible de Jacob desde aquí; toda la tensión competitiva de sus hombros atléticos se relaja notablemente al comprender que mi gestor no es ninguna amenaza para sus planes del pasado.

—Así que usted es el hombre que la mantiene oculta del mundo —dice Jacob, afectando una cortesía que no se cree ni él—. ¿A qué se debe tanto misterio, Percival? ¿Es una estrategia de marketing o es que su protegida tiene algo que esconder?

—Es simplemente una mujer que prefiere que su arte hable por ella, señor —responde Percival con total tranquilidad—. La genialidad no siempre es amiga de los focos y las recepciones sociales.

Jacob da un paso más hacia él, ignorando por completo el entorno. El vikingo está desesperado por rascar información sobre la dueña de la firma del papel vegetal.

—Dígame cómo es, Percival —le pide, y me juego el cuello a que su voz de barítono lleva un deje de ansiedad real—. Necesito saberlo. ¿Es una mujer de ojos verdes? ¿Alta, delgada, de piel muy blanca?

Y aquí es donde Percival, que me conoce demasiado bien y comparte mi vena irónica, decide jugar un poco con el ego del millonario arrogante. Le sostiene la mirada, enarca una ceja con absoluta parsimonia y le lanza una pregunta cargada de puro sarcasmo británico:

—¿Cambiaría mucho la cosa si la joven Clem fuera gordita, bajita y de pelo negro brillante, señor Harrington-Vane? ¿Dejarían de interesarle sus diseños de alta gama por un detalle antropomórfico?

Me imagino a Jacob quedándose completamente descolocado por un segundo, con la mandíbula un poco tensa, pero el tío no se ofende.

Al contrario, exhala un suspiro largo y levanta las manos en un gesto de disculpa sincera que demuestra que, detrás de su fachada de témpano de hielo, el recuerdo de Cornualles lo tiene completamente desarmado.

—No me malinterprete, por favor, Percival.

No tiene nada que ver con el valor de su arte, que es indiscutible —le explica mi jefe, y por primera vez el niño de la piscina se asoma detrás del traje de alta costura—.

Conozco a una Clementine Wood desde que era un niño.

Pero, por desgracia, no la veo desde aquellos veranos en que corríamos por las playas de Cornualles.

Estoy profundamente interesado en saber si la brillante diseñadora que usted representa es esa misma persona.

Eso es todo lo que busco. Una confirmación.

Percival lo mira fijamente.

Analiza la honestidad en el rostro del vikingo y la desesperación romántica de un tipo que lo tiene todo en la vida pero al que le falta la niña que le plantó cara hace quince años.

Sabiendo todo lo que le conté y viendo que el enredo ya ha tomado proporciones épicas, mi marchante no ve ninguna razón lógica para mentirle en este punto. De hecho, sabe que confirmar el dato va a hacer que el juego sea mil veces más divertido y enrevesado para mí en la oficina.

—Sí —le dice Percival, esbozando una sonrisa enigmática—. La joven Clementine Wood pasaba todos los veranos de su infancia en Cornualles, señor Harrington-Vane. Es la misma persona.

A Jacob casi se le corta la respiración en mitad de la joyería. Sus ojos grises se expanden con un brillo de triunfo absoluto, de victoria total, y estoy segura de que reprime las ganas de agarrar a mi marchante de los hombros para darle un abrazo de oso escandinavo.

—Lo sabía... —susurra para sí mismo, con una sonrisa deslumbrante que confirma que siente que acaba de ganar la lotería de su vida—. Sabía que no podía haber otra.

—Ahora bien —añade Percival, cortando su euforia con su tono más profesional antes de que el jefe se monte la película entera en su cabeza—, que sea ella no significa que vaya a ponérselo fácil, señor Harrington-Vane.

Como le he dicho, es una mujer sumamente esquiva.

Si quiere llegar a ella, va a tener que ser un hombre muy paciente.

—Tengo todo el tiempo del mundo, Percival —responde Jacob, recuperando su planta de director ejecutivo pero con una chispa eléctrica recorriéndole el cuerpo—. Todo el tiempo del mundo.

Se despide de mi marchante con un asentimiento de cabeza cargado de una gratitud inmensa, da media vuelta y abandona la joyería con un andar enérgico, casi triunfal, dejando tras de sí un rastro de empleados atónitos y a una directora de tienda que se abanica con el catálogo.

Mientras tanto, mi autobús frena por fin frente a las imponentes puertas de cristal de la corporación.

Me bajo del vehículo ajustándome el abrigo, resguardándome de la lluvia fina y respirando hondo el olor a otoño de Londres.

No tengo ni la más mínima idea de que mi queridísimo marchante acaba de encender la mecha de la bomba de relojería que me va a estallar en la cara en cuanto suba.

Camino hacia los ascensores con el corazón latiéndome en las orejas, armada con el guión de Percival para exigir la devolución de mi carpeta, sin sospechar que Jacob va camino de su despacho flotando en una nube y con la certeza absoluta de que su niña de Cornualles está mucho más cerca de lo que jamás se atrevió a soñar.

Que Dios me pille confesada, porque el vikingo viene a por todas y yo estoy a punto de entrar en su territorio.