Becaria por error Capítulo 17 El club de las rímel corrido y los taxis de madrugada
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Capítulo 17 El club de las rímel corrido y los taxis de madrugada

No hay nada que defina mejor el glamour londinense que meterse en un clásico taxi negro a las dos de la mañana, vistiendo un pantalón de chándal de felpa gris tres tallas más grande, unos calcetines con dibujos de aguacates y un abrigo largo encima para disimular que llevo el pijama puesto.

El taxista, un señor encantador con cara de haber visto de todo en esta vida, me mira por el retrovisor central con una mezcla de compasión y prudencia.

Seguro que piensa que soy una prófuga de la justicia o una loca que se ha escapado de un sanatorio mental en mitad de la noche.

Y mira, viendo cómo avanza mi semana, tampoco le faltaría parte de razón.

La lluvia sigue azotando el techo del vehículo con un ritmo desquiciante mientras devoramos las millas de asfalto mojado en dirección a la terminal de Heathrow.

Sostengo el móvil entre las manos, revisando los últimos mensajes confusos y repletos de emoticonos de calaveras que me ha mandado Faye antes de subirse al avión en Los Ángeles.

Se supone que tengo que estar concentrada en cómo voy a recuperar mis bocetos de la quinta planta mañana por la mañana, pero el universo ha decidido que mi noche de lunes se convierta en una comedia de enredos con tintes de desastre familiar.

Cuando el taxi frena en la zona de llegadas de la terminal, le pago al conductor, le doy una propina generosa por no haberme hecho preguntas incómodas y me bajo de un salto, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo para resguardarme de la brisa fresca de septiembre.

La terminal del aeropuerto de madrugada es un lugar fascinante y deprimente a partes iguales.

Hay ejecutivos con cara de no haber dormido desde el siglo pasado, familias enteras cargadas con maletas gigantes que parecen albergar mudanzas completas, y yo, arrastrando mis calcetines de aguacate por el suelo de granito pulido mientras busco una melena rubia entre la multitud que cruza las puertas automáticas.

De repente, la veo. Y juro que tengo que parpadear dos veces para asegurarme de que esa aparición es mi prima Faye.

La mujer que camina arrastrando una maleta de diseño no tiene nada que ver con la diva despampanante que se marchó a California con aires de comerse Hollywood.

Faye avanza con unos pantalones de deporte que parecen haber vivido tiempos mejores, una sudadera de los Lakers que le queda gigante y unas gafas de sol enormes...

en mitad de la noche y dentro de un edificio techado.

Lleva un vaso de café de cartón arrugado en una mano y el rímel le ha montado un auténtico campamento de refugiados góticos debajo de los ojos.

En cuanto sus ojos topan con los míos a través de la distancia, hace un puchero tan exagerado que parece una niña de cinco años a la que le acaban de quitar el helado.

—¡Clem! —grita a pleno pulmón, ignorando las miradas de los tres agentes de seguridad que tiene al lado.

Suelta el asa de la maleta como si no le importara que ruede por el aeropuerto, corre hacia mí con los brazos abiertos y se me echa encima como un saco de patatas.

El impacto casi nos manda a las dos directas al suelo de cabeza, pero logro mantener el equilibrio a duras penas mientras noto cómo su cabeza rubia se apoya en mi hombro y empieza a sollozar de nuevo, mojándome la solapa del abrigo con una mezcla de lágrimas de despecho y restos de maquillaje caro.

—Ya está, ya está, loca —le digo, dándole unas palmaditas en la espalda un tanto torpes pero cariñosas—. Que nos va a detener la policía aeroportuaria por escándalo público. Venga, coge tu maleta de millonaria y vámonos al taxi antes de que me congele los aguacates de los pies.

A duras penas logro despegarla de mi abrigo, recojo su equipaje del suelo y la arrastro de vuelta al exterior.

Durante todo el trayecto de regreso en el taxi, Faye no para de hablar ni un solo segundo.

Es una ametralladora de reproches, insultos ingeniosos hacia su ex y detalles absurdos sobre el drama de Hollywood.

—¡Es que no te lo puedes ni imaginar, Clem!

—exclama, gesticulando tanto con las manos que casi le saca un ojo al taxista a través de la mampara de plástico—.

¡Discutimos porque me compré un sombrero de cowboy rosa vaquero de doscientos dólares en Beverly Hills!

¡Me dijo que parecía una Barbie descarriada y que no pensaba ir a cenar conmigo vestido así!

¿Te lo puedes creer? ¡Un sombrero rosa, Clem!

¡Si el rosa me queda de escándalo con mi tono de piel!

Es un insensible, un cateto sin ningún tipo de criterio estético. ¡Un terrorista de la moda!

Me muerdo el interior de la mejilla para no soltar una carcajada en mitad del coche.

Intento poner mi cara más seria y solidaria, aunque la imagen de Faye en mitad de Los Ángeles con un sombrero de cowboy rosa chillón discutiendo a grito pelado en un hotel de lujo me parece la cúspide de la comedia contemporánea.

—Un completo salvaje, desde luego —asiento con total solemnidad—. De buena te has librado, prima. Imagínate pasar el resto de tu vida con un hombre que no comprende el valor de un buen accesorio rosa vaquero.

—¡Exacto! ¡Eso mismo le dije yo antes de meterme en la ducha!

—grita ella, dándole un golpe al asiento—.

Pero claro, el muy cobarde aprovechó que tenía el acondicionador puesto en el pelo para empaquetar sus cosas y largarse.

¡Me dejó sin coche de alquiler en mitad de la nada!

Tuve que volver en un avión comercial metida en clase turista, Clem.

¡En turista! Al lado de un señor que no paraba de roncar y que olía a bocadillo de mortadela con aceitunas.

Ha sido la peor experiencia de mi vida. He sentido que tocaba fondo social.

Para cuando el taxi nos deja por fin en la puerta de mi edificio en Notting Hill, Faye ya ha agotado la mitad de su repertorio de insultos internacionales y parece más calmada, o al menos más hambrienta.

Subimos las escaleras cargando con su maletón y, en cuanto entramos en mi salón, se tira de cabeza en mi sofá como si fuera un náufrago llegando a una isla desierta.

—Dios bendiga tu calefacción, Clem —suspira, quitándose por fin las gafas de sol gigantes en la penumbra—.

California está sobrevalorada. Todo el mundo sonríe demasiado y los dientes les brillan tanto que te da dolor de cabeza.

Necesitaba urgentemente volver al gris británico y a la lluvia deprimente.

Voy a la cocina en silencio, enciendo de nuevo el hervidor de agua para prepararle un té y busco la caja de chocolatinas de menta que dejé a medias hace unas horas.

Al regresar al salón, coloco la taza humeante en la mesa de centro y le tiendo los dulces.

Faye me mira como si le estuviera entregando el Santo Grial, agarra tres chocolates de golpe y se los mete en la boca con un ansia que roza lo salvaje.

—Venga, desahógate, que te veo la cara —me dice con la boca medio llena, entornando esos ojos rubios que ahora parecen un mapa de carreteras por el rímel corrido—.

Sé que te estás muriendo por echarme la bronca del siglo por haberte liado en estas prácticas de oficina.

Venga, suéltalo ya, que ya he sufrido suficiente en clase turista con el señor de la mortadela.

Me siento en mi sillón orejero verde botella, cruzo las piernas y la miro con una sonrisa contenida, disfrutando del momento antes de soltar la bomba de relojería que tengo guardada.

—Pues mira, Faye, la verdad es que la oficina ha estado de lo más animada en tu ausencia —le lanzo, adoptando un tono de lo más casual—.

Tu querido y estirado director ejecutivo, Jacob Harrington-Vane, ha decidido hoy que mi cubículo de melamina no era digno de mi belleza ni de mi productividad, así que ha bajado en persona para mudarme a un despacho privado en la quinta planta con vistas directas al Támesis.

Faye casi se atraganta con la crema de menta del chocolate. Se incorpora del sofá de golpe, parpadeando con los ojos como platos.

—¿Qué? ¿Jacob Harrington-Vane ha bajado a administración a moverte de sitio?

—pregunta, completamente incrédula—. Pero si ese tío es un témpano de hielo andante que solo habla con personas que tienen más de siete cifras en la cuenta corriente.

¿Qué le has hecho, Clem? ¿Le has echado alguna pócima en el café matutino?

—Bueno... hace dos días le tiré una taza de café hirviendo en mitad de sus pantalones italianos de alta costura, no sé si eso cuenta como pócima —le respondo con total naturalidad, disfrutando enormemente de su cara de absoluto colapso mental—.

Pero el verdadero problema no es el café, ni las vistas al Támesis.

El verdadero problema es que, al venir a decirme lo del despacho, ha tropezado con su pierna kilométrica contra mi escritorio y ha tirado mi carpeta de cuero al suelo.

Faye se queda congelada, con una chocolatina a medio camino de la boca. Noto cómo la comprensión del peligro empieza a abrirse paso por fin en su cabeza de diva descarada.

—Dime que la carpeta no estaba llena de...

—Sí, Faye. Estaba repleta de mis bocetos originales para la esmeralda de Vanderbilt & Co.

Se han desparramado todos por la moqueta gris justo delante de sus narices.

Ha recogido las láminas, se ha quedado fascinado con los diseños y, por supuesto, ha leído la firma técnica que pongo en la esquina inferior derecha.

—Clementine Wood —susurra Faye, llevándose las manos a la boca con un gesto de puro drama teatral.

—Exactamente. Y ahí es donde entra la carambola cósmica de tu magnífica idea de mandarme a tu empresa —le digo, apuntándola con el dedo de forma acusadora pero divertida—.

Resulta que el implacable Jacob lleva quince años obsesionado con encontrar a una niña con la que se cruzó en una piscina de Cornualles en un verano lejano.

Una niña descarada que le plantó cara, que le llamó soberbio y que resulta que se llamaba exactamente así: Clementine Wood.

En cuanto ha leído mi nombre en el boceto, se le ha quitado la máscara de hielo, se ha puesto a sonreír como un niño pequeño y se ha vuelto completamente loco de la alegría porque está convencido de que su ansiada niña de Cornualles es la mejor amiga de su becaria Miller.

Faye me mira fijamente durante tres segundos eternos, procesando el enredo monumental que acabamos de montar entre las dos, y de repente, en lugar de entrar en pánico o disculparse, suelta una carcajada sonora, limpia y descontrolada que resuena en todo el apartamento.

Se tumba de espaldas en el sofá, desternillándose de la risa y dándole patadas al aire.

—¡No me lo puedo creer! —exclama entre carcajadas, limpiándose las lágrimas de rímel que le quedan—.

¡Es un giro argumental digno de un culebrón venezolano de sobremesa, Clem!

¡El gran Harrington-Vane enamorado en secreto de una niña del pasado que resulta que eres tú con gafas de nerd y un chándal gigante!

¡Es sencillamente sublime! ¿Y qué le has dicho? ¡Dime que le has confesado la verdad!

—¡Claro que no, loca! —le espeto, tirándole un cojín pequeño a la cabeza que ella esquiva entre risas—.

Le he dicho que era una amiga súper tímida y paranoica que trabaja de forma anónima para las grandes joyerías de Londres y que le horrorizan los hombres de traje.

Pero el tío se ha quedado con mi carpeta bajo el brazo como garantía y mañana por la mañana me espera en su nuevo y luminoso despacho de la quinta planta para que le dé el número de teléfono privado de su amada niña de la piscina.

Así que ya me dirás qué hacemos ahora, listilla, porque tu sustitución se ha convertido en una misión de espionaje internacional y mañana tengo que ir a torear al toro en su propia plaza.

Faye deja de reírse un poco, se acomoda en los cojines y me mira con una chispa de malicia divertida en los ojos, recuperando por fin su habitual instinto de supervivencia gamberro.

—Bueno, querida... parece que el martes en la oficina va a ser de todo menos aburrido —dice, guiñándome un ojo mientras estira la mano para coger la última chocolatina de menta—. Mañana nos espera una buena batalla en la quinta planta.