Capítulo 16 Chocolate con menta y otras colisiones invisibles
Llego a mi pequeño apartamento de Notting Hill con los pies destrozados y la cabeza convertida en un auténtico nido de grillos.
En cuanto cierro la puerta de madera a mis espaldas y echo el cerrojo, el silencio del piso me recibe como un abrazo cálido y necesario.
Me descalzo de inmediato, mandando a paseo esos zapatos de oficina tan formales como incómodos que me impone mi papel de la administrativa Miller, y suspiro con alivio al sentir el tacto reconfortante del parqué bajo mis pies descalzos.
Cruzo el pasillo a oscuras, directa a la cocina.
Necesito urgentemente un momento para mí, un espacio de aislamiento absoluto antes de que el martes por la mañana me obligue a subir a la quinta planta de la corporación a exigirle mis bocetos a Jacob Harrington-Vane.
Pongo el hervidor de agua a funcionar y, mientras espero, saco de la despensa una lata de té Earl Grey y mi taza favorita de porcelana.
No satisfecha con eso, rebusco en el estante del fondo hasta que mis dedos topan con lo que realmente ando buscando: una caja de chocolatinas After Eight, esas láminas finas de chocolate negro rellenas de crema de menta que guardo para las grandes crisis existenciales.
Cuando el agua rompe a hervir, preparo la infusión con parsimonia, dejando que el aroma a bergamota inunde el espacio. Con la taza humeante en una mano y la caja de dulces en la otra, me encamino hacia el salón.
Pongo mi play list, dejando que una melodía de jazz suave y aterciopelada empiece a flotar de fondo, amortiguando los ruidos de la calle.
Me encierro en mi rincón favorito del mundo: un sillón orejero de terciopelo verde botella, situado estratégicamente junto al gran ventanal que da a la callejuela empedrada.
Me acurruco en él, subiendo las piernas y rodeándolas con los brazos.
Al mirar hacia el exterior, descubro que el cielo de la ciudad ha terminado de encapotarse por completo.
Comienza a llover sobre Londres.
Es esa lluvia fina, constante, casi imperceptible pero profundamente refrescante que tanto caracteriza a nuestra urbe en esta época del año.
Observo las gotas resbalar por el cristal, creando pequeños caminos distorsionados que desdibujan las luces de las farolas victorianas que empiezan a encenderse en el callejón.
Abro la caja de chocolatinas, extraigo una de su envoltorio de papel negro y dejo que el chocolate amargo y el frescor punzante de la menta se derritan lentamente en mi lengua.
Mientras veo caer las primeras hojas de septiembre, arrastradas por nuestra lluvia fina y refrescante tan típica de Londres, no puedo dejar de pensar en las carambolas que tiene la vida.
Es verdaderamente de locos.
Me llevo la taza caliente a los labios, soplando un poco el humo del té, y la imagen de Jacob radiante en mitad de mi cubículo de melamina vuelve a asaltarme con una nitidez pasmosa.
Aquel niño de Cornualles...
Bueno, si soy justa con mis propios recuerdos, en realidad ya no era un simple niño por aquel entonces.
Era ya un muchacho, un adolescente en plena edad de la pavada que probablemente se metió conmigo y con aquello de la tabla de planchar como una gracia más hacia la niñita que, de alguna manera inconsciente, le hacía gracia.
Sonrío para mis adentros en la penumbra del salón, saboreando otra chocolatina.
Conociendo a los hombres hoy en día como los conozco, y mira que tras aguantar a unos cuantos y lidiar con el egocentrismo de mi ex tengo un máster en la materia, no me cabe la menor duda de que Jacob lo hizo simplemente para hacerse el machito.
Seguro que andaba buscando impresionar a alguna chica de su edad que anduviera por los alrededores de la piscina, marcando territorio y demostrando lo ingenioso y superior que podía llegar a ser.
Era el guión clásico de cualquier adolescente con las hormonas revolucionadas y un apellido compuesto.
Y sin embargo, qué caprichoso es el destino.
Que la pequeñaja de la piscina, o sea yo, una niña que por dentro temblaba como un flan de gelatina, se volviera de golpe gracias al susurro gamberro de su prima y lo pusiera de vuelta en su sitio con semejante osadía...
eso lo dejó marcado para siempre. Quince años buscándome.
Quince años recordando el nombre de Clementine Wood por una frase dictada a traición en un verano lejano.
Me quedo mirando el horizonte gris de los tejados de Notting Hill, completamente absorta en el repiqueteo de la lluvia contra el cristal.
Me pregunto cuántas personas habrá en la vida a las que dejamos marcadas de la misma manera, completamente sin saberlo.
Es una idea que me estremece un poco el cuerpo.
Pasamos efímeramente por este mundo, cruzándonos en estaciones de tren, en cafeterías ruidosas o en piscinas de verano, sin tener la más mínima noción de cuántos corazones destrozamos a nuestro paso.
Caminamos con pies de plomo intentando proteger nuestro propio ombligo, quejándonos de nuestras heridas, y vamos por ahí sin que los demás sepan jamás cuánto los amábamos en silencio, o cuánto nos hubiera gustado que nos amaran de la misma manera exacta.
Todos, absolutamente todos en esta tierra, somos el recuerdo imborrable de alguien que quizás ya ni siquiera frecuentamos.
Todos somos esa parte de una pareja que un buen día no quiso tanto como el otro, que se desenamoró primero o que simplemente se asustó, y terminó marchándose del mapa, destrozándole el mundo por completo a la otra persona sin mirar atrás.
Todos somos también, en algún momento de nuestra existencia, esa persona fría o distraída que jamás miró al otro con la admiración legítima en los ojos, esa que el otro mendigaba en cada gesto y en cada palabra.
Es decir, que no somos solo lo que sabemos que somos de cara al espejo.
No somos únicamente las víctimas de nuestras propias tragedias personales; no somos solo los abandonados, los no elegidos por el destino, los no correspondidos que lloran con canciones tristes en una tarde gris de septiembre.
También hemos hecho daño.
También hemos sido los verdugos de ilusiones ajenas, los que rompieron promesas sin querer y los que dejaron cicatrices en pieles que ya no tocamos. Y lo más aterrador de todo es que, en la gran mayoría de los casos, somos completamente ignorantes de ello.
Vamos por la vida creyéndonos los buenos de la película, sin sospechar que en el guión de otra persona somos el villano que les arruinó el final feliz.
No somos nada de forma aislada, concluyo mientras doy otro trago largo a mi té Earl Grey, sintiendo cómo el calor me entibia el pecho.
No somos un ente individual que simplemente nació, caminó por una línea recta y vivió su vida de forma estanca en una burbuja.
Nuestra vida, queramos o no, toca muchas otras.
Colisionamos los unos con los otros como partículas en el espacio, dejando estelas, desviando rumbos y cambiando el destino de personas que apenas conocemos.
Yo solo quería hacerle un favor a mi prima, pasar desapercibida dos semanas archivando balances aburridos, y resulta que he venido a reactivar una obsesión de quince años en el cerebro del director ejecutivo de una de las mayores empresas del país.
Qué absoluto disparate.
Dejo la taza vacía sobre la mesita auxiliar de madera y me recuesto por completo en el terciopelo del sillón, cerrando los ojos para dejarme mecer por la música de jazz.
Mañana haré lo que dice Percival, me repito a mí misma como si fuera un mantra de supervivencia.
Subiré a la quinta planta, me pondré mi máscara de Miller, le diré a Jacob con toda la ironía que pueda reunir que mi "amiga artista" necesita sus bocetos confidenciales de la esmeralda de Vanderbilt & Co. para trabajar, y recuperaré mi carpeta.
Sin aspavientos, sin dramas, sin confesar nada.
Mantendré la distancia.
Él es el Jefe, yo soy la becaria temporal, y Cornualles solo fue un espejismo de verano que ocurrió hace demasiado tiempo.
Justo cuando mi respiración empieza a acompasarse y siento que el "efecto de inmersión" de mis reflexiones y el chocolate con menta por fin está haciendo efecto en mi sistema nervioso, el estridente y molesto tono de mi teléfono móvil rompe la magia del salón de golpe.
Doy un respingo en el sillón, parpadeando con fastidio en la penumbra. Estiro el brazo hacia la mesa de centro y agarro el aparato. Al mirar la pantalla, el nombre de la culpable de todos mis males actuales brilla en letras de neón: Faye.
Deslizo el dedo por la pantalla para descolgar, lista para cantarle las cuarenta por haberme metido en este monumental callejón sin salida corporativo, pero antes de que pueda articular una sola palabra de reproche, el sonido que emana del altavoz me congela los pensamientos en el acto.
No hay saludos, ni risas, ni ese tono frívolo y desocupado que mi prima suele tener las veinticuatro horas del día. Lo único que me llega desde el otro lado de la línea es el sonido desgarrador de un llanto a mares, un llanto compulsivo, ruidoso y lleno de hipos que casi no le permite respirar.
—¿Faye? —pregunto, enderezándome en el sillón de inmediato y sintiendo un vuelco en el estómago—. Faye, por Dios, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Qué te ocurre?
—¡Clem... Clem, por favor! —consigue articular entre un mar de lágrimas y sollozos ahogados, con una voz tan rota que apenas parece ella—. ¡Es un imbécil! ¡Un maldito desgraciado! ¡No me lo puedo creer!
—A ver, respira, Faye, no te entiendo nada. ¿Quién es un desgraciado? ¿Qué ha pasado en Los Ángeles?
—¡Él! ¡El chico con el que me vine! —grita Faye, y el sonido de su llanto se intensifica tanto que tengo que apartar un poco el teléfono de mi oreja—.
¡Me ha dejado aquí, Clem! ¡Me ha dejado tirada en mitad de Los Ángeles!
Hemos tenido una discusión horrible en el hotel por una estupidez, ha recogido sus maletas mientras yo estaba en la ducha y se ha largado con su coche.
Ha cancelado mi reserva, me ha bloqueado de todas partes y me ha dejado sola, sin coche, sin saber a dónde ir y con las maletas en mitad del vestíbulo.
¡No tengo a nadie aquí, Clem! ¡Estoy sola en la otra punta del mundo y no paro de llorar, la gente me está mirando como si estuviera loca!
Escuchar a mi prima —que normalmente tiene una armadura de soberbia y seguridad que ríete tú de la de Jacob— llorar de esa manera tan desprotegida y rota me parte el alma en mil pedazos de forma instantánea.
Se me olvida la oficina, se me olvidan los balances, se me olvidan los bocetos secuestrados y hasta la esmeralda de Vanderbilt.
En este momento solo importa mi familia.
—Escúchame muy bien, Faye. Cállate un segundo y escúchame —le ordeno con un tono firme, resolutivo y cargado de ese cariño protector que siempre surge cuando las cosas se ponen verdaderamente feas—.
No vas a pasar ni un minuto más en ese vestíbulo llorando por un desalmado que no vale ni el suelo que pisa.
Vas a colgarme el teléfono ahora mismo, vas a pedir un taxi en la puerta del hotel y te vas a ir de inmediato al aeropuerto internacional de Los Ángeles. ¿Me oyes? De inmediato.
—Pero Clem... mis vacaciones, el viaje... —solloza ella, intentando aferrarse a los restos de su plan inicial.
—Olvídate de las vacaciones y de ese imbécil, Faye —le interrumpo sin dejarle espacio a la réplica—.
Vas al aeropuerto, sacas el primer billete de avión que encuentres disponible hacia Heathrow y regresas a Londres hoy mismo.
Yo te estaré esperando aquí, en mi apartamento.
Vuelve a casa, prima. Del resto de las cosas ya nos encargaremos nosotras juntas cuando aterrices.
Faye suelta un hipido, parece calmarse un milímetro al escuchar mi firmeza y asiente al otro lado de la línea con un hilo de voz apenas audible.
—Está bien... tienes razón. Voy a pedir el taxi ahora mismo. Gracias, Clem. Te quiero.
—Y yo a ti. Llámame en cuanto tengas el billete. Muévete.
Cuelgo el teléfono y me quedo un buen rato con la pantalla fija iluminándome el rostro en mitad de mi salón oscuro.
El jazz sigue sonando suave, la lluvia fina continúa lavando las calles de Londres fuera del ventanal y yo me llevo una mano a la cabeza, asimilando el nuevo e imprevisto giro de los acontecimientos.
Faye regresa a casa antes de tiempo.
Mi sustitución de quince días está a punto de verse alterada y mañana tengo que subir a la quinta planta a recuperar mi vida de las manos de Jacob Harrington-Vane. Definitivamente, la teoría del caos ha decidido instalarse a vivir en mi salón este septiembre.