Capítulo 15 Percival, los hielos y la teoría del caos británico
Sostengo el cubito de hielo contra la cara interna de mi muñeca izquierda con una fuerza que roza la automutilación, escondiendo la mano por debajo del mantel de hilo del restaurante.
Noto cómo el frío helado me muerde la piel, contrayendo mis vasos sanguíneos a la velocidad del rayo y enviándole a mi cerebro colapsado la señal de emergencia de que me estoy congelando.
Efecto de inmersión mamífera, haz tu magia de una maldita vez y reseteame las neuronas, le ruego mentalmente al hielo.
Necesito que mi ritmo cardíaco baje de las doscientas pulsaciones por minuto antes de que traigan el primer plato, porque en este preciso instante tengo la sutil impresión de que me va a dar un síncope en mitad de este local tan pijo.
Al otro lado de la mesa, Percival me observa por encima de sus gafas de lectura con esa parsimonia exasperante y flemática tan propia de la aristocracia británica.
Percival es mi marchante, mi gestor, mi escudo humano contra el resto de la humanidad y el único hombre sobre la faz de la tierra capaz de pronunciar su propio nombre completo sin pestañear.
Es un tipo impecable, de modales rígidos, que viste trajes de tres piezas incluso para ir a comprar el pan y que se encarga de dar la cara por mí ante las joyerías más ricas del mundo, porque sabe perfectamente que, detrás de mi fachada descarada con el Jefe, en realidad soy una tímida patológica a la que le aterra hablar con desconocidos sobre presupuestos o contratos.
—Clementine, querida —dice Percival, dejando escapar un suspiro cansado mientras apoya los cubiertos sobre la porcelana con una precisión milimétrica—.
Llevas exactamente diez minutos con los ojos desorbitados, no has probado tu copa de vino y estás destrozando los hielos de la cubitera como si te fuera la vida en ello.
¿Se puede saber qué desgracia apocalíptica ha ocurrido esta mañana en esa oficina?
Me dijiste por teléfono que era una urgencia nacional.
Suelto el trozo de hielo medio derretido dentro del vaso de agua, me seco la mano disimuladamente en la servilleta y me inclino hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro desesperado.
—Percival, el plan sin fisuras ha tenido una fisura del tamaño del Gran Cañón —le confieso, clavándole una mirada de puro pánico—.
Jacob Harrington-Vane ha bajado a mi cubículo.
Ha bajado en persona para decirme que me mudaba a un despacho con vistas al Támesis, ha tropezado con su pierna kilométrica contra mi escritorio y ha tirado mi carpeta de cuero al suelo.
Percival ni se inmuta. Se limita a dar un sorbo elegante a su copa de vino blanco, manteniendo esa calma británica que a veces me daban ganas de abofetear.
—Bueno, un tropiezo lo tiene cualquiera —respondió con displicencia—. Tu carpeta es gigante y ese cubículo tuyo parece un zulo de castigo. No veo el drama, querida. Habrás recogido tus papeles de administración y ya está.
—¡Que no, Percival, que no eran papeles de administración!
—exclamo, conteniendo las ganas de gritar—.
Dentro de la carpeta estaba el nuevo catálogo de Vanderbilt & Co.
y todos mis bocetos originales de la esmeralda.
¡Todos! Se han desparramado por la moqueta justo delante de sus narices.
Ha recogido las láminas del suelo, se ha quedado alucinado con los diseños y me ha preguntado de quién eran.
Por primera vez en toda la comida, Percival se queda completamente rígido en la silla. Sus cejas aristocráticas se elevan tanto que casi se le juntaron con el nacimiento del pelo y deja la copa sobre la mesa con un golpe seco. El color parece evaporarse de sus mejillas.
—Dime que no le has dicho que son tuyos —dispara, y su tono de voz baja tres octavas de golpe—.
Clementine, el contrato de confidencialidad con Vanderbilt es explícito.
Si alguien de la competencia o del entorno corporativo descubre que tienes esa gema en tu poder antes de la presentación oficial...
—¡Que no le he dicho que son míos! —le interrumpo, haciendo aspavientos con las manos—.
Le he dicho que eran de una amiga despistada con la que había desayunado esta mañana.
Le he soltado que mi amiga es una diseñadora fantástica que trabaja de forma muy exclusiva y anónima para las joyerías más importantes de Londres.
Me ha tocado improvisar sobre la marcha, Percival.
Mi marchante se lleva una mano a la frente, masajeándose las sienes como si le estuviera empezando a brotar una migraña de proporciones bíblicas.
—Bueno... dentro de la gravedad, es una salida aceptable —murmura, intentando recuperar la compostura—. Una amiga anónima. Bien. Él no tiene por qué dudar de tu palabra. Recuperas la carpeta, le dices que ya se la has devuelto a tu amiga y nos olvidamos del asunto.
Miro a Percival con una mueca que es una mezcla de lástima y terror absoluto. Siento que el suelo se vuelve a mover bajo mis pies solo de recordar el final de la conversación en la oficina.
—Hay un pequeño problema con esa teoría, Percival... —digo con un hilo de voz—. Mis láminas originales estaban firmadas en la esquina inferior derecha. Con tinta china negra. Con mi caligrafía de siempre.
Percival cierra los ojos con fuerza, como si estuviera rezando para que lo que iba a decir a continuación fuera una broma de mal gusto.
—¿Qué firma, Clementine?
—Clementine Wood —suelto el bombazo de golpe, tapándome la cara con las manos—.
Ha leído mi firma en voz alta, Percival.
Y el jodido problema es que Jacob Harrington-Vane lleva quince años obsesionado buscando a una niña con la que se cruzó en una piscina de Cornualles cuando era un crío.
Una niña que le plantó cara, que le llamó soberbio y que resulta que se llamaba exactamente así: Clementine Wood.
En cuanto ha leído el nombre en mi boceto, se ha transformado.
Se le ha quitado la máscara de hielo, se ha puesto a sonreír como un niño pequeño el día de Navidad y se ha vuelto completamente loco de la alegría.
¡Está convencido de que su ansiada niña de Cornualles es mi mejor amiga!
Percival se queda mirándome con la boca abierta, completamente mudo, procesando la carambola cósmica e imposible que acaba de dinamitar todo nuestro entramado profesional.
Pasa un segundo, luego dos, y veo cómo los engranajes de su mente británica giran a toda máquina mientras intenta asimilar la magnitud del desastre.
—A ver, Clementine, mantén la calma y mírame bien —me dice de repente, inclinándose hacia delante sobre el mantel y clavándome una mirada que es puro escrutinio—. Dime que esa famosa niña de la piscina de Cornualles... no eres tú.
Suelto una risotada histérica que hace que un camarero cercano nos mire de reojo con desaprobación. Me tapo la boca rápidamente, volviendo a bajar la voz.
—Sí, Percival, sí. ¡Qué más quisiera yo decirte que es todo un invento! Sí que soy yo. Yo soy esa niña.
Percival se echa hacia atrás en la silla, propinándole un manotazo leve al aire, completamente perplejo.
—Pero vamos a ver... ¿Tú? ¿Plantarle cara a un espécimen como Jacob Harrington-Vane con esa timidez patológica que arrastras desde la cuna?
Si para pedir un filete en este restaurante casi tienes que hacer lenguaje de signos, Clem.
No me cuadra en absoluto. ¿Cómo le dijiste semejante osadía a ese hombre?
—Porque tiene truco, Percival. Todo en mi vida tiene truco —le confieso, encogiéndome de hombros mientras pesco otro cubito de hielo del vaso para entumecerme los dedos—.
Verás, el episodio de la piscina fue real, estábamos allí ese verano, pero la famosa y brillante frase lapidaria que le solté al oído a Jacob...
no salió de mi cabeza. Me la susurró al oído Faye. Mi prima.
Percival abre los ojos de par en par y apoya las dos palmas de las manos en la mesa, como si acabara de entender el misterio del universo.
—¿Faye? —pregunta con voz queda, entrecerrando los ojos—. ¿La loca que yo conozco? ¿Tu prima, la reina del drama y el caos personalizado?
—La misma —asiento con la cabeza de forma lúgubre—.
Faye, mi querida y desquiciada prima. Ella estaba allí conmigo, vio al chaval altivo y estirado que ya apuntaba maneras de tiburón corporativo, y me dictó la frase exacta al oído para que yo fuera y se la soltara con descaro.
Y yo, que era una cría influenciable, fui y la repetí como un loro.
Y ahí es donde se cierra el círculo de mi maldición actual, Percival.
Faye se valió precisamente de ese recuerdo, de esa mítica frase de la piscina que dejó a Jacob marcado de por vida, para chantajearme.
Me soltó que le debía una de las grandes y me obligó a hacerle estos quince días de sustitución como administrativa en la oficina.
Me puso entre la espada y la pared, Percival.
No me pude negar en aquel momento bajo ningún concepto.
Al fin y al cabo, aquella absurda salida de tono en Cornualles salvó la dignidad de una niña que creció como una adulta con la autoestima por las nubes gracias a habérselas plantado a un Harrington-Vane.
Le debía mi amor propio a esa anécdota, así que acepté el trato de meterme en la boca del lobo sin saber que el lobo guardaba mi firma en su memoria.
Percival me escucha en el más absoluto y sepulcral de los silencios, parpadeando despacio mientras asimila la enrevesada red de mentiras y favores familiares que me ha traído hasta este escritorio de melamina.
Da un golpe leve con los nudillos sobre la mesa, recuperando por fin su frío y pragmático instinto de marchante de arte.
—Muy bien. Toda esta historia romántica del pasado es sumamente pintoresca, Clementine, pero ahora mismo tenemos un problema real entre manos y se llama Vanderbilt & Co.
—dictamina con severidad, apuntándome con el dedo—.
Tienes que recuperar esos bocetos de inmediato.
Y no hace falta que montes grandes aspavientos, ni dramas teatrales, ni que intentes colarte en su despacho a medianoche como si fueras una ladrona de guante blanco.
Esos dibujos son los bocetos originales de tu supuesta "amiga" diseñadora, y los necesita con urgencia para poder seguir adelante con su trabajo diario. Punto.
Lo miro un poco dubitativa, procesando sus palabras.
—¿Y ya está? ¿Así de simple?
—Así de simple, Clem —afirma Percival, asintiendo con la cabeza con total seguridad mientras recoge sus cubiertos para empezar, por fin, a comer—.
Mañana entras en su despacho con la cabeza bien alta.
Te plantas frente a él y se lo dices a tu jefe exactamente así, con total naturalidad: "Mire, Jefe, mi amiga Clementine se ha puesto hecha una furia porque me he descuidado y se ha enterado de que usted retiene su carpeta.
Necesita sus bocetos ya mismo porque tiene que entregar un encargo confidencial en veinticuatro horas y no puede trabajar sin sus láminas".
Ante eso, el tipo no se puede negar bajo ningún concepto, Clem.
Por muy director ejecutivo y muy Harrington-Vane que sea, está reteniendo de forma totalmente ilegal el trabajo y la propiedad intelectual de tu supuesta amiga.
Te devuelve la carpeta por pura presión profesional, tú se la quitas de las manos, y después de eso te olvidas por completo del tema.
Que siga buscando a su niña de Cornualles en las páginas amarillas si le da la gana.
El tipo no tiene por qué descubrir jamás que eres tú.
Dejo escapar un largo suspiro de alivio, sintiendo que la presión en mi pecho disminuye un par de grados gracias a la fría lógica de mi marchante.
Percival tiene razón. Si mantengo la cabeza fría y no caigo en el pánico, puedo recuperar mi arte y terminar mis días de infiltrada sin que el Jefe descubra la verdad.
—Tienes razón —murmuro, relajando por fin los hombros—. Mañana recupero los bocetos como si fuera un mero trámite y cierro el caso.
—Exacto —concluye Percival, clavando su tenedor en el plato con una mueca de evidente fastidio—.
Y ahora, por favor, vamos a comer tranquilos.
Porque te juro por mi honor que mataré a Faye en cuanto la vea por haberte liado en semejante embrollo.
Se va a enterar de lo que es un verdadero castigo británico.
Me río, esta vez de verdad, y por fin suelto el último trozo de hielo, lista para enfrentarme a lo que sea que me depare el martes por la mañana.