Capítulo 14 Tierra, trágame (y escúpeme en Cornualles) #2
—¿A que sí, Jefe? —le digo, cruzándome de brazos y mirándolo con una sonrisa divertida, disfrutando de ver cómo defiende mi trabajo—.
Sí, la verdad es que es una artista fantástica.
Trabaja de forma muy exclusiva. De hecho, ella diseña y hace bocetos inspiracionales para las joyerías más importantes y prestigiosas de Londres y de todo el circuito internacional.
Le mandan las piedras preciosas directamente a su estudio para que se inspire y juegue con ellas.
Es una especie de fantasma en el gremio, nadie sabe muy bien quién es porque prefiere mantener el anonimato y proteger su privacidad, pero las grandes firmas se pegan literalmente por sus ideas.
—Me lo creo perfectamente —responde Jacob, asintiendo con la cabeza con total seriedad mientras pasa a la última lámina, la que tiene el diseño del anillo de cóctel combinado con la esmeralda verde de Vanderbilt & Co.
—. Esta pieza en concreto es una maldita obra de arte.
La forma en que hace jugar la luz con las facetas de la esmeralda para resaltar su corazón es...
De repente, sus palabras se cortan en seco en mitad de la frase. Jacob clava la mirada fija en la esquina inferior derecha del papel vegetal. Yo me quedo congelada en el sitio, recordando de golpe un detalle catastrófico. Un detalle letal que mi orgullo de artista había pasado por alto.
Todas mis láminas originales van firmadas.
Siempre firmo mis trabajos con mi verdadero nombre artístico, utilizando una caligrafía pequeña, elegante y muy particular.
Jacob frunce el ceño, acerca la hoja un poco más a sus ojos y deletrea en voz muy baja lo que está escrito con tinta china negra:
—Clement... Clementine. Clementine Wood —pronuncia mi nombre despacio, como si estuviera paladeando cada una de las sílabas. Noto cómo todo su cuerpo se estremece de golpe.
Se queda mirando fijamente el nombre impreso en el papel durante tres segundos que a mí me parecen una eternidad. Su rostro pasa de la confusión al análisis más estricto, del análisis a la sorpresa más absoluta y, finalmente, ocurre lo impensable.
La máscara de frialdad ejecutiva de Jacob Harrington-Vane se desintegra por completo ante mis ojos.
Esos ojos grises se iluminan con una chispa radiante y desbordante, su postura estirada se relaja por un momento y una sonrisa enorme, limpia y deslumbrante aparece en sus labios perfectos.
Se gira hacia mí con la alegría viva, pura y genuina de un niño pequeño que acaba de encontrar el tesoro más grande del mundo en el jardín de su casa.
—¡Clementine Wood! —exclama casi sin aliento, mirándome con una intensidad eléctrica—.
¡No me lo puedo creer, Miller! ¡La niña de Cornualles se llamaba exactamente así!
¡Es ella! ¡Es ella, te lo aseguro! La niña de la piscina, la de los ojos verdes que me plantó cara con tanta osadía... ¡Es tu amiga!
Respiro hondo, obligándome a mantener la compostura a pesar del vuelco brutal que acaba de darme el estómago. Intento inyectarle a mis palabras toda la cordura corporativa posible para frenar su repentina locura romántica.
—A ver, Jefe, un poco de calma —le digo, enarcando una ceja con suavidad—. Puede haber muchísimas Clementine Wood en toda Inglaterra. Es un nombre y un apellido bastante comunes, no tiene por qué ser necesariamente esa niña que usted conoció en verano.
Pero Jacob, completamente preso del entusiasmo y con los ojos brillándole como hacía dos minutos habría jurado que era imposible, niega con la cabeza con rotundidad. No está dispuesto a dejar que la lógica le arruine el momento.
—No me importa cuántas haya en el país. Tengo que comprobarlo —me pide, dando un paso más hacia mí, con una urgencia que no le había visto jamás—. Tienes que presentarme a tu amiga. Necesito verla para saber si es ella.
—Es que... va a ser difícil, Jefe —respondo, cruzándome de brazos para ganar algo de espacio mental—.
Mi amiga es extremadamente tímida. No le gustan las encerronas ni los desconocidos.
Pero no se preocupe, hoy he quedado a comer con ella, así que se lo diré en la comida. Le comentaré que mi jefe la busca.
Jacob se me queda mirando, pensativo. El ceño se le vuelve a fruncir ligeramente, pero ya no hay arrogancia en su gesto, solo una profunda e intensa curiosidad.
—¿Por qué es tan tímida? —pregunta con auténtico interés—. Con un talento semejante, debería estar comiéndose el mundo, no escondiéndose de él.
Y entonces, sin poder evitarlo, algo se quiebra y se libera dentro de mí.
Es como si la presión de llevar una doble vida, de esconderme en este cubículo y de escuchar sus análisis perfectos detonara una catarsis interior que ya no puedo frenar.
Mis ojos verdes se clavan en los suyos grises y hablo desde lo más profundo de mi alma, escudándome en esa "amiga" que no es otra que yo misma.
—Tal vez sea tímida porque necesita concentrarse en lo bello para poder crear, Jefe.
Porque el mundo exterior, con toda su prisa, su agresividad y su superficialidad, a veces le parece un lugar demasiado feo y ruidoso —hago una pequeña pausa, tragando saliva, sintiendo el eco de mis propias heridas del pasado—.
O tal vez sea porque en algún momento de su vida le han roto el corazón.
Porque se han reído de su sensibilidad más profunda, han pisoteado sus ilusiones y ha decidido que ya no desea enamorarse nunca más para protegerse.
Puede que simplemente esté cansada de tener que explicarle a la gente que no le interesa en absoluto hacerse millonaria ni acumular influencias, sino crear algo que sea inolvidable. Algo que tenga alma.
El silencio que se instala en el cubículo es tan denso y pesado que casi se puede cortar.
Jacob me mira fijamente, pero su mirada ha cambiado por completo.
Ya no me ve como la administrativa patosa que le tiró el café en los pantalones hace dos días, ni como la becaria que archiva mal los balances.
Me mira con otros ojos, con una profundidad y una atención tan abrumadora que siento que me falta el aire.
—Interesante tu amiga... —dice al fin en un susurro, rompiendo el hechizo.
Da media vuelta lentamente, sosteniendo mis bocetos con un cuidado infinito. Comienza a caminar hacia el pasillo central con paso pausado, pensativo, como si estuviera procesando cada una de las palabras de mi discurso. Mi corazón late a mil por hora mientras lo veo alejarse.
Justo cuando llega a la puerta que da acceso a los ascensores ejecutivos, se detiene en seco. Se vuelve despacio sobre sus talones, clavando sus ojos grises en los míos a través de la distancia, con una media sonrisa enigmática y afilada dibujándose en sus labios.
—Miller... —me llama con voz clara—. ¿ Estamos hablando de tu amiga, verdad?
Mantengo el pulso firme, le sostengo la mirada con todo el aplomo del que soy capaz y le respondo con mi habitual tono irónico, sin pestañear:
—Sí, Jefe.
Jacob asiente en silencio, las puertas del ascensor se abren y se pierde en las alturas, dejándome sola con mi zulo, mis informes aburridos y la certeza absoluta de que el juego no ha hecho más que empezar.