Becaria por error Capítulo 14 Tierra, trágame (y escúpeme en Cornualles)
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Capítulo 14 Tierra, trágame (y escúpeme en Cornualles)

Aquí estoy yo, sentada en mi zulo de melamina en la planta de administración, tecleando informes corporativos aburridísimos con la velocidad de un caracol con reuma mientras en mi cabeza se desata una auténtica tormenta de alta joyería.

La gran carpeta de cuero con el catálogo de Vanderbilt llevo mi cabello suelto, mi piel de porcelana no necesita una sola gota de maquillaje y visto ropa holgada pero profesional, adecuada para trabajar.

Reconozco perfectamente que el tío es un monumento de hombre, pero una cosa es que me parezca atractivo y otra muy distinta que me vaya a achantar ante su poder o su arrogancia de manual.

Creo que es precisamente esa falta de temor, ese no arrodillarme ante su estatus, lo que hace que Jacob me trate cada vez con más deferencia.

Le rompe los esquemas ver que alguien no tiembla en su presencia.

Jacob se detiene a escasos centímetros de mi mesa. Me clava esos ojos grises que parecen querer descifrar el misterio de mi descaro, pero esta vez no hay frialdad en su rostro. Hay una determinación extraña.

—He estado revisando la distribución de los espacios de trabajo del personal en prácticas de esta división, Miller —dice, cruzándose de brazos y barriendo mi espacio con una mirada de desagrado—.

Considero que este cubículo es excesivamente oscuro, carece por completo de luz natural y se encuentra demasiado expuesto a la zona de paso hacia los aseos comunes.

Es una distribución logística deficiente que afecta de manera directo a la productividad.

Por tanto, he tomado la decisión de reubicarte hoy mismo en un despacho de la quinta planta.

Es amplio, mucho más luminoso y cuenta con unas vistas magníficas al Támesis y a la urbe.

Desarrollarás tus tareas de forma mucho más óptima allí.

Vaya, vaya. ¿Un despacho propio con vistas al Támesis para una simple administrativa?

Alucino un poco por dentro, no lo voy a negar.

A mi alrededor, presiento que a las secretarias de los escritorios contiguos les va a dar un ataque de envidia colectiva fulminante.

Esto rompe de manera brutal todas las reglas de la corporación.

—Señor, de verdad que no es necesario en absoluto —le respondo, esbozando una sonrisa tranquila y apoyando los codos en la mesa—.

Yo aquí estoy de maravilla, me encanta la melamina, le he cogido un cariño tremendo a esta esquina oscura y la falta de luz natural me ayuda a concentrarme mejor en las pantallas.

No quisiera causar trastornos en su perfecta organización por un capricho estético.

—No es una negociación, Miller. Recoge tus pertenencias de inmediato —Jacob da un paso al frente con firmeza para cortar mi réplica, pero el espacio de mi cubículo es ridículamente estrecho para su zancada.

Su pierna roza con fuerza el lateral de mi escritorio.

El impacto da de lleno contra mi gran carpeta de cuero, que estaba apoyada en un equilibrio un tanto precario.

El desastre se desata en cámara lenta ante mis ojos.

La carpeta de piel resbala por la madera, cae al suelo con un sonido sordo y, como no estaba completamente cerrada por culpa del grosor del voluminoso catálogo de Vanderbilt & Co.

, se abre de par en par debido a la fuerza del golpe.

¡Maldita sea mi estampa!

Docenas de mis láminas de papel de alto gramaje, mis bocetos detallados a carboncillo y mis dibujos texturizados con finas capas de acuarela salen despedidos por la moqueta gris de la oficina, esparciéndose justo a los pies de los zapatos impecables de Jacob.

En mitad de la caótica escena, el lujoso catálogo de la joyería se abre de golpe en una página satinada, mostrando la fotografía gigante de una esmeralda espectacular, rodeada por mis propios trazos originales a mano alzada.

Son diseños de una belleza tan apabullante, sofisticada y vanguardista que resulta un chiste pensar que pertenecen a los apuntes de una estudiante de administración.

—Qué desastre... —digo entre dientes, agachándome para intentar amontonar los papeles antes de que su cerebro de tiburón financiero empiece a atar cabos. No he perdido el norte, pero los nervios están ahí.

Jacob reacciona con una rapidez pasmosa.

Se agacha frente a mí, rompiendo toda la distancia aristocrática que le caracteriza, y recoge la primera lámina que tiene más cerca.

Su intención inicial es un simple gesto de cortesía rutinaria, pero en cuanto sus ojos grises se posan en la superficie del papel, se queda completamente paralizado.

Noto cómo todo su cuerpo se vuelve rígido.

Sostiene el diseño técnico de una gargantilla de platino y diamantes de alta gama.

Sus ojos se abren de par en par mientras pasa rápidamente a la siguiente hoja, donde está el boceto de la tiara asimétrica inspirada en la esmeralda.

Su mirada va de una lámina a otra con una fascinación absoluta que no puede disimular.

—¿Qué es esto, Miller? —pregunta, y su tono de voz ya no tiene nada de corporativo.

Hay un asombro genuino y magnético en sus palabras—.

Estos dibujos... esto es sencillamente impresionante.

Las líneas, la perspectiva, la asombrosa comprensión de las técnicas de engaste invisible...

Son extraordinarios. ¿De dónde ha salido todo esto?

Mi mente va a toda pastilla, buscando una salida elegante. Necesito una mentira convincente que salve mi anonimato. Mantengo el pulso firme, lo miro fijamente a los ojos y suelto la patraña con total seguridad, intentando que no se me note la agitación en la voz.

—No son míos, Jefe. ¡Qué más quisiera yo!

Son de una amiga. Una amiga de toda la vida con la que he desayunado esta mañana justo antes de entrar a la oficina.

La pobre es un desastre andante y se los dejó olvidados en mi casa este fin de semana, así que me los he traído aquí para devolverselos hoy mismo, porque precisamente he quedado para comer con ella en un rato.

Una cabeza de chorlito, ya sabe cómo son los artistas.

Jacob se pone en pie con una lentitud calculada, sosteniendo las láminas con una delicadeza extrema, como si tuviera miedo de borrar el carboncillo con los dedos. Sigue mirando mis dibujos con una fijeza casi hipnótica.

—Tu amiga tiene un talento verdaderamente descomunal, Miller —dice, y noto cómo una chispa de profunda admiración brilla en el fondo de sus ojos—.

He visto muchos diseños en los catálogos exclusivos que compra mi madre y en las subastas de arte a las que suelo asistir, pero esto...

esto está a otro nivel. Es fresco, es atrevido, rompe por completo con la rigidez comercial del mercado actual.

Estos bocetos son increíblemente buenos. De verdad.

Escuchar semejante elogio de su propia boca es como recibir una inyección de orgullo directo al corazón.

¡Le encantan! Al mismísimo Jacob Harrington-Vane, el hombre que critica todo lo que no sea la perfección absoluta, le fascinan mis diseños.

Siento un subidón de ego tan brutal que me cuesta horrores ocultar la satisfacción.

El orgullo de artista me puede por completo y decido seguirle el juego, saboreando el triunfo en primera línea.