Becaria por error CAPÍTULO 13 Efecto de inmersión
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CAPÍTULO 13 Efecto de inmersión

Gracias a Dios se me cayó el café…

Sí, la taza de café cayó con un arco de precisión tan perfecto, limpio y parabólico como el de una catarata del Niágara sobre el pantalón carísimo, de sastrería italiana y probablemente planchado por ángeles, de Jacob Harrington-Vane.

Pero fue perfecto que ocurriera así. ¡Perfecto!

Absolutamente glorioso. Y lo digo con la mano en el corazón porque me conozco mejor que nadie.

Soy una sentimental empedernida, una romántica encubierta de las que lloran con los anuncios de turrón, y si ese hombre, con esa voz de barítono que te hace vibrar hasta el apellido, llega a seguir hablando un minuto más de aquella bonita niña rubia de ojos verdes que habló con osadía sobre su pito...

¡bueno! Habría terminado de rodillas confesándole que esa niña descarada soy yo.

Habría echado a perder mi anonimato, mi reputación profesional y mi paz mental por un ataque de nostalgia y hormonas alborotadas en mi primera semana de infiltrada.

Así que, bendita cafeína y bendito pulso de pandereta que tengo.

El desastre textil actuó como el mejor escudo del mundo.

Mejor así, de verdad. Mucho mejor. Mantengamos la cabeza fría, Faye...

digo, Clementine. Solo tengo que aguantar exactamente trece días más en este purgatorio de fotocopias y archivadores metálicos.

Trece malditos días. Después de eso, el tipo, su planta ejecutiva, sus trajes perfectos y su historia de la piscina en Cornualles —que, irónicamente, también es mi historia— quedarán sepultados para siempre en la memoria histórica de las cosas que nunca debieron repetirse.

Yo volveré a mi vida de artista ermitaña y él seguirá siendo el rey del universo financiero. Todos felices.

Además, analicemos fríamente los hechos: han pasado dos días enteros.

Dos. El parón del coche en mitad de la nada, la cena improvisada en la casa de ese aristócrata de manual, la forma casi poética de Jacob de contarme cómo recordaba Cornualles, el aroma a salitre y a infancia, y el dichoso recuerdo de la niña de los ojos verdes...

Dos días. Un fin de semana entero en el que este tipo, lógicamente, habrá salido a la calle.

Habrá respirado aire puro, se habrá quitado la corbata y habrá estado con alguna mujer.

Eso seguro. Vamos, pongo la mano en el fuego y no me quemo.

Si hoy en día cualquier pringado que no sabe articular tres frases seguidas mete pieza en menos de veinte minutos gracias a las redes sociales, los filtros de Instagram y las aplicaciones de citas, no me quiero ni imaginar cómo tiene que copular este tío.

Es que es físicamente injusto. Guapo a rabiar, alto como un pino escandinavo, elegantísimo y, para colmo de males, forrado de dinero hasta las cejas.

Vamos, se lo deben de rifar en los círculos de la alta sociedad.

Las mujeres deben de hacer cola con el número de la carnicería en la mano esperando que las atienda.

Así que no. O sea, rotundamente NO. Le voy a decir a mi mente de artista —que a veces es más fantasiosa de lo que le conviene— que deje de imaginar posibles, absurdos y futuros escenarios de película dominguera donde el multimillonario guapo se enamora perdidamente de la chica tímida que intenta pasar desapercibida con ropa tres tallas más grande y gafas de nerd.

Eso solo pasa en las comedias románticas de Hollywood, y yo no tengo banda sonora de fondo.

Esto es la vida real, y en la vida real Jacob Harrington-Vane no mira a las becarias patosas a menos que le manchen el pantalón de café.

Agito mi cabeza con fuerza en el aire, de izquierda a derecha, pretendiendo expulsarlo de mis pensamientos como quien espanta a una mosca pesada.

No siempre resulta, claro. A veces las imágenes de su sonrisa perfecta se quedan pegadas al cerebro como un chicle en el zapato.

En esos momentos de crisis mental, he aprendido que es mejor lavarte la cara con agua fría.

Muy fría. Prácticamente helada. Leí el año pasado en un artículo que eso tiene un nombre científico rimbombante que ahora mismo mi neurona estresada no logra recordar, pero que sirve básicamente para resetear el cerebro de golpe.

Es el equivalente biológico a cuando el ordenador de la oficina se pone tonto, la pantalla se congele y no te queda más remedio que dejar pulsado el botón de encendido para reiniciarlo a la fuerza.

Pues algo así, pero aplicado directamente en el ser humano.

Ah, y hay un dato todavía más curioso que descubrí hace poco.

En la revista Muy Interesante Ciencia del mes de agosto ponía que si lo de lavarse la cara con agua helada no resultaba, o si simplemente no podías hacerlo en ese momento por aquello de no destrozarte el maquillaje (que en mi caso como Faye es más bien poco, pero oye, la dignidad cosmética se respeta), siempre podías coger hielo con las manos desnudas.

El artículo aseguraba que el efecto de reseteo era exactamente el mismo porque el impacto térmico viajaba a la misma velocidad por el sistema nervioso.

Y como yo soy una mujer muy leída, extremadamente aplicada con todo lo que tenga que ver con mi propio bienestar y la salud mental...

bueno, vale, no siempre lo soy, admitámoslo, pero a veces me aplico con ganas, pues ya me he lavado la cara con agua fría en el baño y, como no estaba del todo satisfecha con el resultado porque seguía viendo ojos grises por todas partes, he ido a la nevera, he cogido un par de hielos de la cubitera y los he sostenido con fuerza en el puño hasta que se han derretido por completo.

¡Y vaya si funciona! Te deja las manos entumecidas, pero la mente se te queda más limpia que una patena.

Ahora que lo pienso con perspectiva científica, me explico perfectamente por qué cuando hace años me comieron viva los malditos mosquitos en una tarde de calor abrasador en Cornualles, y me aplicaba hielo sobre las mordeduras, me sentía tan jodidamente regocijada.

El proceso era todo un ritual de supervivencia veraniega: primero lavaba con agua y jabón las picaduras que estaban más inflamadas y rojas, después aplicaba el bloque de hielo directamente sobre la piel y...

voilà. Era una sensación de bienestar tan profunda, tan analgésica, que me acompañaba durante toda la tarde.

Digo yo, que esto ya es hablar por hablar y meterme en camisas de once varas, que algo tendrá que ver con ese famoso efecto...

a ver si lo recuerdo... ¡eso!, el efecto de inmersión mamífera.

Yo es que hasta escribiría un libro entero sobre el tema, estudiándolo a fondo con gráficos y todo, porque lo he sentido en carne propia en las situaciones más absurdas de mi vida.

Eso de los mosquitos me pasó siendo muy jovencita, casi una niña, y desde entonces he adoptado el truco del hielo como mi santo remedio para todo.

Lo he usado para calmar la ansiedad, para espabilarme los lunes y, lo confieso, hasta para vencer las ganas locas de escribirle un mensaje incendiario a mi ex cuando la nostalgia atacaba a traición a las tres de la madrugada.

El hielo no falla: te congela los dedos y te enfría las ganas de cometer estupideces.

El caso es que, dejando a un lado mis experimentos de crioterapia casera, hoy la mañana ha empezado con una dosis brutal de adrenalina profesional.

Me ha llegado a casa el nuevo catálogo de las joyerías de lujo para las que trabajo haciendo mis diseños confidenciales.

Abrir ese sobre ha sido como abrir un cofre del tesoro.

Mi mente artística, de manera completamente automática e incontrolable, se ha llenado de millones de posibilidades, formas geométricas, engastes imposibles y nuevas creaciones vanguardistas.

El problema —el grandísimo y molesto problema— es que hoy es lunes y tengo que ir por cojones a la empresa a cumplir con mi papel de Faye.

No puedo quedarme en pijama en mi salón dibujando todo el día como me pide el cuerpo.

Pero claro, si lo pienso bien y analizo la situación con estrategia militar, hoy es el día perfecto para arriesgarse.

Teniendo en cuenta que es lunes por la mañana, lo más lógico y natural del mundo es que el guaperas del jefe venga de la calle "aliviado" tras el fin de semana.

Sí, hombre, relajado, con los niveles de testosterona bajo control y con esa flojera mental tan típica de los hombres cuando han tenido un buen par de días de distracción.

Con un poco de suerte, hoy no tendrá el cuerpo para batallas, no tocará mucho las narices con sus exigencias ridículas ni se paseará por las plantas inferiores para fiscalizar el aire que respiramos.

Basándome en esa maravillosa teoría —que espero que la ciencia me respalde—, estoy pensando seriamente en la posibilidad de llevarme mi carpeta de cuero gigante a la oficina.

Total, ¿qué puede salir mal? Mi cubículo es un rincón oscuro, aburrido y apartado del mundo.

El Harrington-Vane estará metido en su olimpo de la última planta firmando contratos millonarios y yo podré aprovechar los ratos muertos entre informe e informe para sacar mis láminas, mis acuarelas y plasmar todas estas ideas de alta joyería que me queman en la cabeza.

Sí, definitivamente lo voy a hacer. Es un plan sin fisuras.

Meto el catálogo de Vanderbilt & Co. en la carpeta de piel, me la cuelgo al hombro y me voy a la oficina a diseñar diamantes bajo la nariz del enemigo. ¿Qué podría salir mal?