Becaria por error Capítulo 12 Protocolo, bujías mojadas y el club de los corazones rotos en Cornualles
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Capítulo 12 Protocolo, bujías mojadas y el club de los corazones rotos en Cornualles

El comedor privado del Conduit Club parece el escenario de una serie de época sobre la aristocracia británica.

Hay paneles de madera de nogal, retratos al óleo de antepasados que te juzgan con la mirada y una mesa kilométrica cubierta por un mantel de hilo blanco que cruje de lo limpio que está.

Sentado a la cabecera, con un traje de tweed que grita «tengo más tierras que el Estado», se encuentra el duque de Westbury.

—Ah, Harrington-Vane —saluda el duque con una voz cavernosa, sin levantarse—. Llegas a tiempo. Veo que traes los contratos de flete. ¿Y esta jovencita es tu... asistente?

—Faye Miller, señor —interviene Jacob, apartando mi silla con una cortesía impecable que me hace sospechar de sus intenciones. Al inclinarse sobre mí, noto el roce de su chaqueta contra mi hombro—. Una mente brillante de la planta doce. Nos guiará con los visados técnicos durante el almuerzo.

«Brillante, sí. Un faro de incompetencia», pienso mientras me siento recta, intentando que mis vaqueros oscuros no desentonen demasiado con las sillas tapizadas en seda.

El problema empieza cuando traen el primer plato: un consomé de faisán acompañado de un arsenal de cubiertos que parece la caja de herramientas de un cirujano victoriano.

Miro a mi derecha. Hay tres cucharas de tamaños decrecientes.

Miro a mi izquierda. Cuatro tenedores. ¿Por qué la aristocracia necesita tanta plata para comer un caldo?

Mi cerebro se colapsa. Agarro la cuchara más grande con la mano izquierda.

Escucho un carraspeo sutil a mi lado. Jacob se inclina levemente hacia su izquierda. Por debajo de la mesa, noto cómo la calidez de su mano presiona suavemente mi rodilla, dándome un toque de advertencia que me hace saltar las alarmas del sistema nervioso.

—La de la derecha, Miller. Y con la mano diestra, a no ser que pretenda declarar la guerra a los Westbury —susurra Jacob con un tono tan bajo que parece una caricia lingüística.

Le lanzo una mirada letal de reojo, pero cambio de cuchara a toda prisa.

El almuerzo continúa en una cuerda floja de alta tensión.

Cada vez que intento meter la pata con el protocolo de los espárragos o el orden de las copas de vino, Jacob está ahí.

A veces es un roce sutil de su zapato contra mi tobillo por debajo del mantel; otras, una interrupción brillante en la conversación con el duque para desviar la atención de mi incapacidad para pelar una pera con cuchillo y tenedor.

El duque, completamente ajeno al drama, firma los documentos de flete marítimo a los postres, alabando la "discreción y saber estar" de mi supuesta persona.

—Un éxito, Miller —comenta Jacob con ironía mientras salimos de nuevo al vestíbulo del club, guardando los contratos firmados en su maletín—. Aunque he tenido que hacer más trabajo de contención con sus cubiertos que con la junta de accionistas de Róterdam.

—Le recuerdo que soy becaria de administración, jefe, no embajadora en la corte de Saint James —le respondo, inflando el pecho con orgullo y sosteniéndole la mirada mientras el recepcionista nos devuelve el paraguas.

Sin embargo, el universo británico decide que todavía no hemos sufrido bastante por hoy.

Al salir a la calle, el cielo de Mayfair ha pasado de gris plomo a un negro riguroso.

El diluvio es tan violentamente fuerte que el agua rebosa de las alcantarillas y azota los capós de los coches con la fuerza de una granizada.

Nos subimos al deportivo negro a toda prisa, compartiendo de nuevo ese paraguas estrecho que nos obliga a fusionar nuestros abrigos durante unos segundos de infarto.

Jacob arranca el motor, las luces del salpicadero se encienden y el coche avanza un par de manzanas por las calles inundadas de Londres.

And entonces, en mitad de un cruce cerca de Green Park, el motor del deportivo carísimo emite un quejido asmático, da tres tirones violentos y se apaga por completo. Las pantallas digitales parpadean en rojo.

—No me lo puedo creer —refunfuña Jacob, dándole un golpe frustrado al volante de cuero. Intenta arrancar de nuevo, pero el coche solo emite un chasquido agónico—. Se ha inundado el sistema de distribución. Las bujías están empapadas.

—Vaya con la ingeniería automovilística alemana de alta gama —me burlo, aunque por dentro estoy temblando de frío—. Parece que su coche sufre de tracción hidrodinámica deficiente, señor Harrington-Vane.

Jacob se gira en el asiento, clavándome una mirada gris que brilla con una mezcla de fastidio y una diversión salvaje.

—Bájese, Miller. Hay una cafetería tradicional a media manzana de aquí. No pienso quedarme aquí dentro a esperar a la grúa mientras usted se burla de mis caballos de potencia.

Salimos al asalto del diluvio. Corremos bajo el paraguas gigante, con el agua calándonos los bajos de los pantalones y el viento doblando las varillas de metal.

Jacob me sujeta firmemente del hombro para que no resbale en los adoquines húmedos, empujándome hacia la entrada de una pequeña cafetería con solera llamada The Penny Farthing.

Al entrar, el choque térmico es instantáneo.

El local es un refugio victoriano: huele a madera de caoba barnizada, a bollos de canela recién horneados, a café cargado y a té de roca.

Las ventanas están completamente empañadas, aislando el interior del caos lluvioso de la City.

Hay apenas cuatro mesas de madera oscura y una chimenea eléctrica de imitación que aporta una luz anaranjada y acogedora al rincón del fondo.

Nos sentamos en un reservado con asientos de tapicería verde botella, exhaustos y con el pelo salpicado de gotas brillantes.

El camarero nos trae dos tazas gigantes de café caliente humeante.

Agarro la mía con ambas manos, dejando que el calor me devuelva la vida a los dedos.

Jacob se quita la chaqueta del traje, quedándose únicamente con el chaleco gris y la camisa blanca con las mangas arremangadas, dejando a la vista esos antebrazos fuertes que me aceleran el pulso sin mi permiso.

Se recuesta contra el respaldo de madera, observándome en silencio a través del vaho del café.

La prepotencia corporativa parece haberse quedado fuera, junto a las bujías inundadas de su coche.

Su mirada ya no es la del jefe implacable; es una mirada profunda, cargada de una extraña melancolía que me hace removerme incómoda en el asiento.

—Es curioso —dice de pronto, rompiendo el repiqueteo de la lluvia contra los cristales de la cafetería.

Su voz suena más suave, más baja, con una resonancia que me vibra directamente en el pecho—.

Cada vez que usted está cerca, Miller...

no sé por qué, pero no puedo evitar acordarme de mis veranos de infancia en Cornualles.

El corazón se me detiene en seco. Siento que el vaho del café me quema la cara. Intento mantener los ojos verdes fijos en la taza para que no note el pánico.

—¿Ah, sí? —consigo articular, forzando un tono casual—. Supongo que el olor a lluvia de Londres le recordará a la costa. Toda Gran Bretaña huele igual cuando se moja.

—No, no es la lluvia —Jacob niega con la cabeza lentamente, sin apartar sus ojos grises de mi rostro.

Da un sabroso sorbo a su café y continúa, arrastrando las palabras con una nostalgia inusual—.

Es algo en su energía. En la forma en que se pica conmigo.

Recuerdo perfectamente aquella época en Saint-Ives.

Recuerdo a cada uno de mis amigos de entonces, aunque por mi trabajo en la multinacional de mi padre y los viajes internacionales ya no puedo verlos a menudo.

Fue una infancia feliz. Estirada, sí, porque mis padres nos obligaban a jugar al tenis, pero feliz.

Me quedo más y más azorada, apretando la taza de cartón hasta que el material protesta. Mi monólogo interno es un grito de pánico en alta definición: «¿Qué narices está pasando aquí? ¿Por qué saca esto ahora? Sácame de aquí, Sam, borra los servidores, haz algo».

—La infancia siempre se ve mejor con el filtro del tiempo, señor Harrington-Vane —digo, intentando desviar la conversación hacia un terreno más neutra—. Seguro que eran unos niños insoportables.

Jacob suelta una risa grave, un sonido limpio que me recorre la piel como una corriente eléctrica. Se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa de madera, invadiendo de nuevo esa distancia de seguridad que mi cordura necesita desesperadamente.

—Oh, lo éramos. Yo el primero —admite, con un brillo de absoluta honestidad en los ojos—. Pero de lo que nunca volví a saber nada... es de una niña que me gustaba por aquel entonces. Una preciosa rubia de ojos verdes.

La cafetería entera parece quedarse sin aire. La lluvia contra el cristal se convierte en un murmullo lejano. Me quedo inmóvil, con la taza a medio camino de los labios, mirándolo con los ojos como platos.

Jacob hace una pausa dramática, sosteniéndome la mirada con una fijeza devoradora, una mirada que me desarma por completo.

—Clementine —pronuncia su nombre. Mi verdadero nombre.

La palabra sale de sus labios con una suavidad que me hace dar un vuelco al estómago—.

Era una niña que veraneaba en el pueblo.

Yo era un niñato engreído, un sabelotodo insoportable, y aquel último verano en el club de tenis me dediqué a meterme con ella y a decirle que estaba tan lisa como una tabla de planchar.

Era un crío torpe, Miller; me gustaba muchísimo y aquella era la única forma absurda que conocía para intentar llamar su atención.

Jacob se detiene y se le escapa una carcajada abierta, una risa sincera y madura que le sienta endiabladamente bien.

—Pero su reacción fue mítica. Se plantó delante de mí, roja de furia, con esos ojos verdes suyos echando chispas, y me gritó delante de todos mis amigos que sus pechos crecerían con los años, pero que mi pito se iba a quedar así de corto para toda la vida.

Me tapo la boca con la mano libre, sintiendo que la cara me arde tanto que podría encender una hoguera en mitad de la cafetería. El bochorno histórico de mi infancia contado por el mismísimo Jacob Harrington-Vane en un reservado de Mayfair.

—Fue... un golpe bajo —consigo decir con voz ahogada por detrás de mis dedos.

—Fue lo que definitivamente me enamoró —corrige Jacob, mirándome fijamente, y su voz adquiere un tono más profundo—.

Me enamoré de su vehemencia en ese preciso instante.

De su autenticidad. De esa forma tan salvaje de defenderse y ponerme en mi sitio.

Años después, seguía pensando en ese momento siempre que firmaba un contrato o me cruzaba con alguna mujer estirada de la alta sociedad de Londres.

Pensaba en la chica de la piscina y en lo mucho que me gustaría volver a encontrarme con alguien que me plantara cara de esa manera.

Su risa se apaga lentamente, sustituida por una intensidad física que me corta la respiración.

Sus ojos grises viajan por mis facciones de porcelana, deteniéndose en mis ojos verdes, en las ondas de mi cabello rubio húmedo por la lluvia y en la forma en que muerdo mi labio inferior de pura ansiedad.

Se hace un silencio absoluto en el reservado de The Penny Farthing.

Jacob estira la mano derecha sobre la mesa de madera, con los dedos largos rozando sutilmente el borde de mi taza de café, a milímetros de mis propios dedos.

Su mirada es tan concentrada, tan cargada de un deseo sugerido y de una duda devoradora, que siento que la mentira de mi prima se está agrietando por segundos bajo el peso de su magnetismo.

—Es extraño, Miller —murmura, con una voz tan grave y ronca que me eriza el vello de los brazos—.

Es verdaderamente extraño. Eres morena en la foto de tu ficha de la empresa, te llamas Faye y vienes con esa mentira del tinte...

pero cada vez que abres la boca para responderme con esa chulería tuya, siento que la chica de la piscina está sentada justo delante de mí.

Me quedo sin aire, congelada bajo el voltaje de sus ojos grises, dándome cuenta de que el león británico no solo está siguiendo mi rastro... sino que está a medio segundo de morder el anzuelo definitivo.

Y yo no sé si quiero salir corriendo o dejarme atrapar.