Capítulo 11 Mayfair, un paraguas compartido y la física de la atracción
El servidor informático de la planta doce sigue «convenientemente» bloqueado por culpa de la resistencia digital de Sam.
Sin embargo, mi victoria dura exactamente diez minutos.
Margaret, la jefa de personal, aparece junto a mi escritorio de cristal con una carpeta de piel marrón y una expresión que denota que el fin del mundo comercial está cerca.
—Señorita Miller, el sistema sigue caído y el cliente más importante de la firma, el duque de Westbury, exige los contratos de flete impresos y firmados en mano ahora mismo. Está almorzando en su club privado de Mayfair. El señor Harrington-Vane va a bajar al aparcamiento. Usted va con él.
—¿Yo? —se me escapa, sintiendo que el nudo de mi blusa protesta ante el repentino subidón de mi ritmo cardíaco—. ¿No puede ir otra persona? ¿Un mensajero en moto? ¿Alguien que no sea yo?
—Usted es su asistente. Muévase.
Cinco minutos después, me encuentro en el frío aparcamiento subterráneo del edificio, frente al deportivo negro y reluciente de Jacob.
Él ya está al volante. El motor ruge con un ronroneo potente que reverbera en las paredes de hormigón.
Me subo al asiento del copiloto, que huele a cuero nuevo y a su inconfundible perfume de madera de sándalo.
Jacob mete la marcha sin mirarme, la agenda de piel donde escondí la pluma descansa en el asiento trasero dentro de su maletín, y salimos a las calles de Londres [travel].
Afuera, la lluvia ya no es una simple bruma.
El cielo de Mayfair se ha roto por completo, descargando un diluvio sobre los adoquines oscuros de las calles victorianas.
El limpiaparabrisas apenas da abasto. Los edificios de ladrillo visto y las fachadas de las boutiques de lujo se ven borrosos a través de las ventanillas empañadas por el calor de la calefacción.
Jacob conduce con una seguridad pasmosa, esquivando los icónicos taxis negros con una mano en el volante.
El silencio dentro del coche es tan denso que casi puedo escuchar el vaho de nuestras respiraciones.
De reojo, observo su perfil: la tensión en su mandíbula ha desaparecido, sustituida por una concentración relajada.
Sus dedos largos tamborilean suavemente contra el cuero del volante al ritmo de una melodía de jazz que suena muy bajito en la radio.
—No me ha dicho qué parte de Londres es, Miller —dice de pronto, rompiendo el silencio con esa voz profunda que me altera el pulso.
—De Notting Hill —respondo de inmediato—. Me crié cerca del mercado de Portobello.
Jacob asiente lentamente, deteniendo el coche ante un semáforo en rojo. Gira la cabeza y me clava esos ojos grises que hoy parecen haber adoptado el color de la tormenta exterior.
—Eso explica su... pintoresco sentido de la decoración capilar y sus métodos de limpieza subatómica. Notting Hill está lleno de artistas y librepensadores. Aunque sigo pensando que es usted demasiado caótica para haber nacido en esta isla. Los británicos solemos ser más... contenidos.
En cuanto la frase «decoración capilar» sale de su boca, mi cerebro conecta los cables a la velocidad del del rayo y un escalofrío de puro pánico me recorre la espalda.
Él ha mirado la foto. Ha mirado mi ficha de Recursos Humanos, ha visto la silueta de la morena despampanante que es la verdadera Faye y ha recordado la mentira sobre el tinte.
Por suerte, sé que Sam hizo bien su trabajo: se encargó de pixelar la imagen digital con disimulo en la base de datos para que nadie pudiera distinguir con claridad las facciones de mi prima, y entre los dos dejamos caer el rumor en la oficina de que me había teñido de rubio el fin de semana para justificar cualquier diferencia.
Aún así, la realización me golpea con fuerza: Jacob me está investigando de soslayo.
Sabe que algo no cuadra del todo con mi identidad, pero en lugar de denunciarme, está jugando al gato y el ratón conmigo.
—El caos es una forma de eficiencia incomprendida, jefe —le espeto, tragándome el nudo de la garganta, entornando los ojos verdes y sosteniéndole la mirada con toda la chulería que puedo reunir.
Jacob sonríe de medio lado. No es su habitual mueca de suficiencia; es una sonrisa más suave, casi genuina, que le suaviza las facciones y hace que mi estómago dé un vuelco estúpido.
Hay un brillo de intensa curiosidad en sus ojos, un magnetismo que va más allá del pique profesional o la sospecha.
Cada vez que me mira, noto que su atención se detiene un segundo de más en mis labios o en la forma en que el cinturón de seguridad se ciñe a mi pecho.
La atracción está ahí, flotando en el habitáculo del coche, invisible pero sofocante.
El coche se detiene finalmente frente a la imponente fachada de piedra del Conduit Club, uno de los clubes privados más exclusivos de Mayfair. El portero, resguardado bajo un soportal, nos saluda con una cabezada.
—Bien. El duque nos espera dentro —dice Jacob, apagando el motor. Agarra un único paraguas negro de copa gigante del compartimento central—. Muévase rápido, Miller. No quiero que sus zapatillas de lona arruinen la alfombra persa del vestíbulo.
Salgo al unísono. En cuanto mis pies tocan la acera, el viento frío y las gotas gruesas de lluvia me golpean la cara. Pero antes de que pueda dar un paso, un brazo firme me rodea la cintura por detrás, pegándome por completo a un cuerpo sólido y cálido.
Jacob abre el paraguas sobre nuestras cabezas.
El espacio bajo la tela negra es ridículamente estrecho.
Para no mojarnos con el diluvio, nos vemos obligados a caminar pegados, hombro con hombro, cadera con cadera.
Su brazo sigue apoyado en la parte baja de mi espalda, guiándome con una firmeza que me eriza la piel por debajo del abrigo.
Caminamos despacio sobre los adoquines brillantes.
El agua salpica a nuestro alrededor, pero bajo el paraguas se ha creado un microclima de puro voltaje.
Puedo oler el salitre de la lluvia mezclado con el calor de su cuello.
Con cada paso que damos, el roce de nuestros abrigos y la cercanía de su cuerpo de un metro noventa me hacen sentir abrumadoramente pequeña y protegida, una sensación que me da tanta rabia como placer.
Miro hacia arriba. Jacob no está mirando el camino; me está mirando a mí.
Sus ojos grises están fijos en mi rostro húmedo por la bruma, en los mechones rubios que se han escapado de mi moño y que se me pegan a las mejillas.
Su respiración es pesada, acompasada con la mía.
Hay una tensión sexual tan salvaje entre los dos que el repiqueteo de la lluvia contra el paraguas parece desvanecerse en un zumbido lejano.
Su agarre en mi cintura se vuelve un poco más apretado, una caricia inconsciente que delata que, por mucho que intente mantener su fachada de jefe estirado, su cuerpo está respondiendo a mí de una forma incontrolable.
—Miller... —murmura, y su voz suena más ronca, alterada por la proximidad de nuestros labios.
—¿Sí, jefe? —alcanzo a decir, con el corazón golpeándome las costillas como un tambor.
Jacob se detiene a un paso de la entrada del club.
Se inclina ligeramente hacia mí, tanto que su frente casi roza la mía.
Sus ojos escudriñan mis facciones con una mezcla de frustración y un deseo ardiente que me hace flaquear las piernas.
Siento que el aire se me escapa. Es el enemigo.
Es el niño repelente de la piscina de Cornualles.
Pero en este momento, bajo la lluvia de Mayfair, lo único que quiero es que rompa esa maldita distancia y me bese.
—Olvídelo —dice finalmente, tragando saliva y enderezándose con esfuerzo, como si estuviera librando una batalla interna contra sus propios instintos—. Entremos antes de que el agua nos cale los contratos.
Cruzamos el umbral del club. El interior es todo lo opuesto a la tormenta: alfombras rojas espesas, chimeneas de leña crepitando, olor a tabaco de pipa y un silencio aristocrático.
Jacob le entrega el paraguas mojado al recepcionista y abre su maletín de piel para sacar la agenda donde guardaba los contratos impresos.
Me quedo un paso por detrás, intentando recuperar el aliento y calmar el temblor de mis manos.
Jacob apoya la agenda de roble y piel sobre el mostrador de recepción y la abre de par en par para comprobar el orden de las hojas.
Mis ojos se clavan en el canal central. Ahí está.
Brillando bajo las luces cálidas de las lámparas de araña del club, la pluma estilográfica Montblanc de oro de catorce quilates descansa plácidamente entre las páginas de cortesía.
Jacob se queda paralizado en el sitio. Sus dedos se frenan a milímetros del papel.
Lentamente, agarra la pluma de oro entre el índice y el pulgar.
La saca del cuaderno, sopesándola en su mano, sintiendo el metal precious que hace unas horas estaba en el bolsillo interior de su chaqueta.
No dice nada. No monta un escándalo. Pero se gira despacio hacia mí, apoyando los riñones contra el mostrador, y me clava una mirada donde la diversión, el asombro y una atracción absolutamente devoradora se mezclan sin pudor.
Sabe perfectamente lo que he hecho. Sabe que le robé la pluma en la caída y que se la he devuelto en sus propias narices durante la llamada de Róterdam. Ha captado el truco de magia. Y en lugar de enfadarse, sus labios se curvan en una sonrisa lenta, peligrosa y fascinada.
—Es usted una auténtica caja de sorpresas, señorita Miller —dice en un susurro que solo yo puedo escuchar, guardándose la pluma de oro en el bolsillo con una lentitud deliberada—. Una caja muy peligrosa.
—Le dije que era eficiente, jefe —le respondo, sosteniéndole la mirada con los ojos verdes encendidos por la adrenalina, sabiendo que el juego del gato y el ratón en Londres acaba de volverse infinitamente más interesante.