Capítulo 10 Pilot azul, amnesia selectiva y el fantasma de Cornualles
Detrás de las puertas dobles de cristal ahumado, el silencio del despacho privado se siente denso.
Jacob está de pie junto al gran ventanal que domina los rascacielos de Los Ángeles, pero sus ojos no miran el tráfico de la avenida.
En su mano derecha sostiene una pequeña piedra gris, redondeada y pulida por el oleaje atlántico; un guijarro que recogió hace años en el espigón del puerto de Saint-Ives y que utiliza como pisapapeles sobre su mesa de roble.
Pasa el pulgar por la superficie fría de la piedra, sintiendo la textura del granito.
Respira hondo. Es extraño. Desde ayer por la mañana, cada vez que esa becaria rubia y caótica se le acerca, el aire del despacho parece cambiar.
No huele a los desinfectantes de la oficina ni al café azucarado; huele a brisa del norte, a hortensias húmedas después de la tormenta y a tardes eternas en la costa británica.
—¿Qué demonios me pasa? —murmura Jacob en voz alta, frunciendo el ceño mientras deja la piedra sobre la mesa—. Es solo la nueva becaria. Una chica caótica que acaba de llegar a la oficina. Entonces, ¿por qué siento que ya he estado en esta misma guerra antes?
Dos golpes firmes en el cristal rompen su monólogo. Jacob recupera al instante su máscara de frialdad corporativa, se guarda las manos en los bolsillos del pantalón de sastre y se gira hacia la entrada.
—Adelante.
Empujo la puerta de cristal, conteniendo la respiración y apretando los dientes. En la mano izquierda llevo la carpeta con los contratos del puerto de Long Beach. En la derecha, sostengo mi arma de defensa: un bolígrafo Pilot azul de toda la vida, con el capuchón ligeramente mordido en el extremo.
—Cinco minutos exactos, señor Harrington-Vane —digo, plantándome al otro lado de su imponente mesa de roble—. Aquí están los contratos de carga. Y aquí tiene su herramienta de escritura de alta precisión.
Le tiendo el Pilot. Jacob baja la mirada hacia el bolígrafo de plástico y luego sube sus ojos grises hacia los míos, cargados de una suficiencia tan insoportable que noto cómo se me enciende la sangre al instante.
Da un par de pasos lentos hacia la mesa, agarra el Pilot con dos dedos como si estuviera diseccionando un insecto raro y arquea esa ceja izquierda tan suya.
—¿Un Pilot azul, Miller? —pregunta, arrastrando las palabras con una ironía punzante—. ¿Este es el nivel de la asistencia ejecutiva de la planta doce? Pensé que en Recursos Humanos les enseñaban que los contratos multimillonarios se firman con tinta negra y un mínimo de decencia estilística.
—La tinta azul es perfectamente legal para la validez de los acuerdos comerciales, jefe —le espeto, cruzándome de brazos y plantándole cara—.
Además, ese bolígrafo nunca falla. No se le agota la tinta a mitad de una frase ni necesita que lo limpien del «polvo subatómico» para funcionar.
Escribe. Que es lo que usted necesita que haga.
Jacob apoya los nudillos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia mí. La distancia vuelve a acortarse y esa corriente eléctrica de alta tensión que tanto me asusta vuelve a vibrar en el aire. Sus ojos grises se clavan en mis ojos verdes con una fijeza magnética.
—Me gusta su audacia, Miller. De verdad.
Pero los dos sabemos que prefiero las piezas de oro —dice en un susurro grave, manteniendo una sonrisa de perfil que me acelera el pulso de forma alarmante—.
Así que vamos a saltarnos el preámbulo. Si tiene algo que devolverme...
algo que se deslizó por accidente dentro de su ropa ayer durante su...
demostración aeróbica... hágalo ahora. Antes de que el técnico de sistemas termine de actualizar el servidor de seguridad. Le prometo que seré clemente.
Trago saliva. Mis pensamientos van a mil por hora. «Mantén la mentira, Cleme. Si confiesas ahora, estás acabada».
—No sé de qué me habla, señor Harrington-Vane —miento con una cara de póker que merecería un premio en Las Vegas—. Si ha perdido su pluma de oro, le sugiero que ponga un cartel en la sala de descanso. A veces las cosas de valor terminan en los lugares más insospechados por pura distracción.
Jacob me mira fijamente, analizando cada milímetro de mi rostro, buscando el más mínimo parpadeo que me delate.
La tensión sexual en el despacho es tan alta que casi puedo escuchar el zumbido de mis propios nervios.
Él sabe que miento, yo sé que él lo sabe, y ese tira y afloja nos está arrastrando a los dos a un terreno peligrosamente tentador.
Justo cuando creo que voy a terminar cediendo ante la presión de su mirada, el teléfono inteligente que Jacob tiene sobre la mesa empieza a vibrar con fuerza. En la pantalla parpadea un código de llamada internacional de alta prioridad: Puerto de Róterdam - Dirección General.
Jacob suelta un resoplido de fastジオ, rompiendo el contacto visual.
—Harrington-Vane al habla —responde, agarrando el terminal y girándose sobre sus talones hacia el ventanal para atender la llamada en un tono técnico e impecable.
Es mi oportunidad. El universo me ha dado una ventana de cinco segundos.
Saco la pluma Montblanc del bolsillo de mis vaqueros con una rapidez felina.
Miro la mesa de roble. Jacob tiene su enorme agenda ejecutiva de piel abierta de par en par junto al teclado.
Con un movimiento fluido y silencioso, deslizo la pluma de oro justo en el canal central de la agenda, escondida entre las hojas de cortesía del mes de octubre.
Queda perfectamente integrada, como si hubiera estado allí metida desde hace días.
Me coloco recta de nuevo, alisándome la camisa azul y respirando hondo justo cuando Jacob termina la frase en inglés y cuelga el teléfono de golpe, visiblemente frustrado por la interrupción.
—Problemas en el canal de la Mancha —refunfuña, dándose la vuelta y dejando el teléfono sobre la mesa. Se pasa una mano por el pelo castaño, desordenándose los rizos perfectos y dándole un aspecto endiabladamente atractivo—. ¿En qué estábamos, Miller?
—En que yo no tengo su pluma, jefe —le digo, dando un paso atrás hacia las puertas dobles con una sonrisa triunfante—. Y dado que parece muy ocupado con la logística europea, le dejaré revisar los contratos a solas. Puede usar mi Pilot azul con total confianza.
Jacob me observa moverse hacia la salida.
Sus ojos grises siguen la silueta de mis hombros, la forma en que mis vaqueros se entallan y ese vaivén decidido que tengo cuando creo que he ganado una batalla.
Hay una duda profunda reflejada en su rostro, una sombra de desconcierto que parece arañarle la memoria.
Justo cuando mi mano agarra el pomo de acero de la puerta de cristal para salir al pasillo, su voz profunda me frena en seco.
—¡Miller!
Me giro lentamente, manteniendo mi mejor máscara de inocencia corporativa.
—¿Sí, señor Harrington-Vane?
Jacob da un paso hacia el frente de su mesa, cruzando los brazos sobre el pecho. Me mira con una fijeza distinta, una mirada que ya no es de reproche por el robo, sino de alguien que busca desesperadamente una respuesta a un misterio que no logra resolver.
—¿Ha estado alguna vez en Cornualles?
El corazón se me para en seco en mitad del pecho. El frío de Londres y la bruma de Saint-Ives chocan en mi cabeza en una milésima de segundo. Siento que la respiración se me congela.
—No, señor —miento, sosteniéndole la mirada con los ojos verdes muy abiertos—. Soy de Londres de toda la vida. Con su permiso.
Empujo la puerta y salgo al pasillo a toda velocidad, con el pulso revolucionado y la sensación de que el león no solo me está persiguiendo... sino que está empezando a recordar el olor de mi rastro.