Capítulo 9 Auditorías, bolígrafos de plástico y el voltaje de la planta doce
El ascensor se abre en la planta doce y lo primero que veo no es el minimalismo gris de la oficina, sino a Sam.
Está apoyado contra la pared junto a las máquinas de agua, fingiendo que lee algo en su tableta, pero con una agitación que le delata.
Al verme, me agarra del brazo con urgencia y me arrastra hacia el pasillo de los archivadores.
—Rubia, tenemos un problema de categoría cinco —sisea, mirando a ambos lados—. Harrington-Vane júnior ha ordenado una auditoría de seguridad del sistema de cámaras a primera hora. Ha pedido específicamente el desglose de los vídeos del vestíbulo y de su despacho de ayer a mediodía.
Siento un vuelco en el estómago.
—¿Ha visto algo? —pregunto con la voz ahogada.
—Todavía no. He ralentizado la transferencia del servidor simulando un fallo en el cortafuegos, pero no podré retener los archivos más de unas horas.
Si ve el vídeo del vestíbulo, tu mentira del tinte se va a la porra.
Y si ve el de su despacho... bueno, digamos que el ángulo de la cámara capta perfectamente cómo le metes la mano en la chaqueta. Tienes que devolverle la pluma. Ya.
—La llevo en la mochila —le digo, apretando las correas—. Iba a bajártela a ti.
—¡Ni hablar! Si me pillan con ella, me despiden. Ponla en su mesa, invéntate que apareció debajo de una carpeta, haz tu magia de desastre eficiente. Pero desactiva esta bomba antes de que el servidor se actualice. ¡Suerte!
Sam se evapora por las escaleras de incendios antes de que pueda insultarle por dejarme tirada. Respiro hondo, me coloco la camisa azul claro y avanzo por el pasillo central hacia mi escritorio de cristal.
Y entonces se me congela la sangre.
Jacob no está dentro de su despacho. Está fuera.
Está apoyado contra el borde de mi propia mesa de cristal, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y los brazos plegados sobre el pecho.
Lleva un traje azul marino que le queda insultantemente bien, una camisa blanca inmaculada con los dos primeros botones abiertos —dejando ver el inicio de una clavícula esculpida— y las mangas sutilmente arremangadas hasta los antebrazos.
En la mano derecha sostiene un bolígrafo de plástico barato, de esos de propaganda con la publicidad medio borrada, y lo hace girar entre sus dedos largos con una parsimonia exasperante.
Al escuchar mis pasos, levanta la vista. Sus ojos grises, oscuros como el mar de Cornualles antes de una tormenta, se clavan en los míos.
—Buenos días, señorita Miller —dice. Su acento británico suena más profundo a estas horas de la mañana, con una vibración que me recorre la columna—. Empezaba a pensar que su tracción hidrodinámica había vuelto a fallar en el metro.
—Buenos días, señor Harrington-Vane —respondo, intentando mantener la voz firme mientras rodeo la mesa para colocarme detrás de mi silla.
El espacio entre mi mesa y su cuerpo es estrecho, demasiado estrecho.
Al pasar a su lado, el aroma a sándalo y a piel limpia me golpea las fosas nasales, haciéndome flaquear las rodillas—.
Como ve, he llegado perfectamente a tiempo.
Jacob no se mueve ni un milímetro. Se queda allí apoyado, invadiendo mi espacio personal de una forma tan deliberada que casi puedo sentir el calor que irradia su cuerpo. Deja de hacer girar el bolígrafo de plástico y lo apoya con suavidad sobre mi teclado.
—Me alegro. Porque hoy tenemos un pequeño contratiempo logístico en esta planta —comenta, inclinándose sutilmente hacia delante.
La distancia entre nuestros rostros se reduce a palmos.
Puedo ver la textura de su piel, el corte perfecto de sus labios y esa sombra de barba de unas pocas horas que le da un aspecto peligrosamente masculino—.
Ayer... extravié un objeto de gran valor sentimental y económico. Mi pluma estilográfica.
—Vaya, qué lástima —digo, sosteniéndole la mirada con un descaro que disfraza el pánico absoluto de mi corazón, que ruge como un motor—. Una pérdida terrible para el patrimonio de la empresa. ¿Ha mirado en los bolsillos de sus otros trajes de tres mil dólares?
Jacob suelta una risa corta, una exhalación grave que me da directamente en los labios y que me hace contener el aliento.
Sus ojos grises bajan durante un milisegundo hacia mi boca antes de volver a mis ojos verdes.
La intensidad de su mirada es tan física, tan cargada de un voltaje invisible, que el aire entre los dos se vuelve denso, casi eléctrico.
—He mirado en todas partes, Miller —susurra, y da un paso corto, acorralándome contra el respaldo de mi propia silla.
Sus manos se apoyan a ambos lados de mi escritorio de cristal, dejándome atrapada en el centro—.
Pero tengo la ligera sospecha de que mi pluma no se ha marchado sola.
Creo que alguien con una habilidad manual... impresionante... la tomó prestada.
La cercanía es insoportable. Si me inclino un centímetro hacia delante, mi pecho rozará el suyo.
Puedo ver cómo se eleva su respiración, acompasada con la mía.
La tensión sexual en el pasillo es tan alta que temo que los ordenadores de la planta doce sufran un cortocircuito.
Mis ojos viajan a su mandíbula, a la curva de su cuello, y un pensamiento estúpido e inoportuno cruza mi mente: «Dios mío, es insoportablemente guapo».
—¿Me está acusando de algo, jefe? —le siseo, entornando los ojos y plantándole cara, negándome a dejarme intimidar por el magnetismo que desprende.
Jacob inclina la cabeza, de modo que sus labios quedan a escasos centímetros de mi oreja. Su aliento cálido me eriza el vello de los brazos.
—No la acuso de nada, Miller. Todavía —murmura, con una voz tan suave que me acelera el pulso hasta el límite—.
Pero he ordenado una revisión completa de las cámaras de seguridad.
El técnico de sistemas me ha dicho que el servidor está tardando en cargar, pero en cuanto esos vídeos estén en mi pantalla...
sabré exactamente dónde estuvieron esas manos tan eficientes tuyas ayer a las doce y media.
Se aparta lentamente, mirándome con una sonrisa de suficiencia que me da ganas de besarlo o de pegarle un puñetazo, no estoy segura de cuál de las dos cosas prefiero.
Disfruta viéndome acorralada, disfruta del efecto que tiene sobre mí, y lo peor es que sabe perfectamente que mi cuerpo está respondiendo a su cercanía.
—Pase a mi despacho en cinco minutos —dice, recuperando su postura erguida y su distancia profesional—. Tenemos que revisar los contratos del puerto de Long Beach. Y Miller... traiga un bolígrafo que funcione. El de plástico no escribe bien.
Jacob se gira sobre sus talones y camina hacia sus puertas dobles con esa elegancia innata de atleta, dejándome sin aire, con las mejillas ardiendo y el pulso revolucionado en mitad del pasillo desierto.
Me dejo caer en la silla, tapándome la cara con las manos.
Mis pensamientos van a mil por hora. La tensión ha sido tan brutal que todavía me tiemblan los dedos.
«¿Qué narices acaba de pasar aquí?», me pregunto, tocándome los labios inconscientemente.
El odio sigue ahí, el pánico al despido sigue ahí, pero ahora se ha mezclado con una atracción física tan salvaje que va a hacer que estas dos semanas sean una auténtica tortura china.
Miro la mochila que está en el suelo. El tiempo corre.
Sam no podrá contener el servidor mucho más tiempo y Jacob me espera al otro lado del cristal.
Tengo cinco minutos para entrar en esa habitación, devolverle la pluma sin que me pille en el acto y sobrevivir a la tormenta gris de sus ojos sin derretirme en el intento.