Capítulo 8 Sueños de brezo, crema de Cornualles y una guillotina corporativa
Hay noches en las que el cerebro se niega a quedarse en el presente. A pesar del repiqueteo monótono de la lluvia londinense contra el tragaluz de mi ático y del frío que empieza a colarse por las rendijas de las vigas de madera, mi mente decide hacer las maletas y viajar en el tiempo.
Me paso la noche entera flotando en un sueño tan vívido que, al despertar, casi puedo sentir los granos de salitre pegados a la piel.
En mi sueño no hay oficinas de cristal, ni balances de cuentas, ni trajes grises de tres mil dólares.
Hay luz. Una luz suave, dorada y limpia que te abraza los hombros con olor a Atlántico.
Me veo a mí misma con unos años menos, corriendo descalza por la playa de Porthminster, en Saint-Ives.
Es una arena tan blanca y fina que parece harina entre los dedos de los pies, enmarcada por acantilados verdes cubiertos de brezo púrpura y unas hortensias gigantes de un azul tan eléctrico que parece irreal.
El mar, de un turquesa brillante y gélido, rompe con fuerza contra las rocas del muelle, como un testigo mudo de todos los secretos que las olas entierran en la orilla.
En el sueño, casi puedo oler el mercadillo local que ponían junto al puerto pesquero cada mañana.
Era un aroma penetrante a pescado fresco, a madera vieja de los barcos y a las algas secas bajo el sol.
Recuerdo con una nitidez pasmosa a mi tía Josephine, con su risa ruidosa y enérgica, colocándose frente a la mesa de madera de la casa de campo que alquilábamos.
No abría cocos, sino que sacaba del horno una bandeja de scones gigantes, dorados y humeantes, que inundaban la cocina con un olor a mantequilla y hogar.
Ante la mirada fascinada de Faye y la mía, los abría a la mitad con las manos desnudas, dejando que saliera el vapor.
Con una cuchara, coronaba cada mitad con una montaña de clotted cream —esa crema de Cornualles tan densa, dulce y untuosa— y una cucharada generosa de mermelada de fresa ácida hecha por ella misma.
Nos los servía junto a vasos altos de té helado con rodajas de limón.
El primer mordisco siempre era pura gloria: el contraste del bollo tibio con la crema fría derritiéndose en el paladar.
Hacia el atardecer, el sueño me desplaza suavemente hacia el malecón de Saint-Ives.
Un paseo de piedra donde cada tarde los puestos locales cobraban vida.
Las lonas se llenaban de telas ligeras que flotaban con el viento del norte, jerseys de lana hechos a mano, sombreros de paja y pamelas gigantes que las turistas se probaban entre risas.
Había puestos de helados artesanales en cada esquina, y el aroma intensamente salado del océano se mezclaba en el aire con el olor a azúcar tostado de los gofres y el dulzor cremoso del helado de vainilla que nos tomábamos sentadas en el muro, vigilando que las gaviotas no nos lo robaran.
Era la viva imagen de la libertad absoluta. Un contraste doloroso con la realidad que me golpea en cuanto abro los ojos.
El despertador de mi mesita de noche suena con la delicadeza de una alarma de incendios. Son las seis y media de la mañana.
Parpadeo, desorientada. No hay acantilados verdes. No hay olor a bollos recién horneados. Lo único que veo es el techo gris de mi ático de Notting Hill y la cruda realidad de que hoy es mi segundo día como impostora profesional en Los Ángeles... bueno, en la sucursal de Los Ángeles.
Me quedo diez minutos bajo el chorro de agua caliente de la ducha, intentando que el vapor me quite la modorra del sueño y me devuelva la claridad mental que voy a necesitar para sobrevivir.
Mientras me enjabono, el pánico empieza a abrirse paso en mi estómago de forma lenta pero implacable.
La imagen de la mirada final de Jacob Harrington-Vane ayer en el pasillo me golpea con la fuerza de un camión.
Él lo sabe.
No sabe que soy Clementine Wood, la chica que le arruinó el ego infantil, pero sabe a la perfección que le he metido la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Sabe que su pluma Montblanc de edición limitada no ha sufrido una evaporación espontánea debido al "polvo subatómico".
En su cabeza británica y cuadriculada, la nueva becaria de administración es una ladrona de guante blanco. Una cleptómana corporativa.
—¿En qué narices estaba pensando? —le pregunto a mi reflejo en el espejo empañado mientras me seco el pelo—. Le he robado al hijo del dueño de la empresa en mi primer día. Esto tiene que ser un récord mundial de incompetencia criminal.
Me visto de la forma más neutra y profesional posible para no llamar la atención, aunque sé que con mi estatura y mis ojos verdes es una batalla perdida.
Me pongo unos vaqueros oscuros impecables, una camisa azul claro bien abotonada hasta el cuello —esta vez comprobando tres veces que no falte ningún botón— y mis zapatillas de lona.
Meto la maldita pluma de oro dentro de un estuche de tela en el fondo de mi mochila, asegurándome de cerrar bien la cremallera rota con un imperdible.
Mi prioridad absoluta en cuanto pise el edificio es bajar a la planta ocho, lanzarle la pluma a Sam a la cabeza y exigirle inmunidad diplomática.
El trayecto en el metro es una tortura psicológica.
Cada parada me acerca más a mi propia ejecución.
Imagino los peores escenarios posibles: Jacob esperándome en la entrada del edificio con dos agentes de la policía, una orden de arresto por hurto mayor y Margaret sosteniendo mi carta de despido con una sonrisa de satisfacción robótica.
Or peor aún: Jacob llamándome a su despacho acristalado de la planta doce a primera hora, cerrando las puertas dobles con llave y mirándome desde su sillón de cuero con esa superioridad exasperante mientras pronuncia las palabras fatídicas: "Buenos días, señorita Miller.
¿Me devuelve mi pluma o prefiere que hablemos de su futuro en una prisión de alta seguridad? ".
Siento un escalofrío de pura cobardía. «Podrías fingir que tienes la gripe aviar», me sugiere mi voz interna.
«Podrías llamar diciendo que te ha atropellado un patinete eléctrico y que estás en coma de quince días».
Pero no puedo hacerle eso a Faye. Si falto, llamarán a su teléfono, el engaño se descubrirá en tres minutos y la reputación de mi prima quedará destruida antes de que pueda empezar sus prácticas de verdad.
Además, una parte de mí —una parte muy pequeña, orgullosa y probablemente estúpida— se niega a darle el gusto a Jacob de ver cómo huyo con el rabo entre las piernas.
Cruzo las puertas giratorias de Avery & Co.
a las ocho menos cinco de la mañana. El vestíbulo está tranquilo, iluminado por la luz fría de los fluorescentes.
Harrison, el guardia de seguridad gigante, me ve venir desde el mostrador y se pone tenso de inmediato, desviando la mirada hacia sus propias botas militares como si temiera que otro vaso de café helado aparezca de la nada para arruinarle el uniforme.
Le dedico un saludo tímido con la mano y paso la acreditación por el torno. Esta vez, milagrosamente, la luz verde parpadea y la barrera se abre con un pitido amable.
Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para Clementine Wood.
Me encamino firmemente hacia la fila de los ascensores, aferrando las correas de mi mochila contra el pecho. El metal de las puertas dobles refleja mi rostro tenso. Las cartas están sobre la mesa, el robo está consumado y el león británico me espera en la planta doce con las garras afiladas.
Que Dios me pille confesada.