Becaria por error Capítulo 7 Té de Ceilán, lluvia sobre el Támesis y fantasmas del pasado
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Capítulo 7 Té de Ceilán, lluvia sobre el Támesis y fantasmas del pasado

Sobrevivir a la mirada de Jacob Harrington-Vane en mitad del pasillo de la planta doce ha sido, sin duda, el mayor logro de mi corta y caótica vida.

No sé cómo mis piernas han respondido, pero en cuanto vi que sus dedos tanteaban el forro vacío de su chaqueta gris, di media vuelta, firmé mi salida en el registro digital con los dedos temblando y salí huyendo de la torre de Avery es esa lluvia fina, constante y obstinada que los londinenses llamamos mrizzle, una bruma húmeda que lo empapa todo en cuestión de minutos y que convierte el asfalto de las calles en un espejo oscuro donde se reflejan las luces rojas de los autobuses de dos pisos.

Me abro paso entre la marea de paraguas negros que inunda la acera.

A mi alrededor, la ciudad se mueve con su ritmo apresurado de tarde de otoño.

Huele a tierra mojada, al metal húmedo de las vías del metro y a los gases de los taxis negros, pero sobre todo, huele a refugio.

Hay algo profundamente reconfortante en este clima.

Mientras camino hacia la estación, noto cómo el estrés del examen visual de Jacob empieza a disolverse, sustituido por la familiar melancolía de las tardes londinenses.

En las esquinas de los edificios de piedra caliza, los puestos de flores desafían al gris del día con estallidos de un rojo vibrante: son cubos rebosantes de dalias, rosas de jardín y bayas de otoño que parecen pequeños carbones encendidos bajo la lluvia.

Hago una parada rápida en The Ginger Cat, la pequeña cafetería con solera que hay justo a la salida de mi parada de metro.

El local es diminuto, con las ventanas empañadas por el calor del interior y un aroma embriagador a granos de café recién molidos, canela y bollos de mantequilla horneados.

Salgo de allí sosteniendo un vaso de cartón ardiente entre las manos, usando el calor del café como un escudo contra el viento húmedo que sube desde el río.

Diez minutos después, subo los crujientes escalones de madera de mi edificio en Notting Hill y abro la puerta de mi refugio.

Mi apartamento es pequeño, un ático abuhardillado con techos bajos y vigas de madera vista, pero es el único rincón del mundo donde soy completamente yo.

No hay muebles caros de catálogo ni el minimalismo frío que tanto le gusta a la jefa de personal de Jacob.

Mi casa está viva. Está decorada a base de retales, alfombras desgastadas de mercadillos locales como Portobello, y decenas de objetos que he creado con mis propias manos.

Las paredes están repletas de bocetos a lápiz, estanterías de pino repletas de libros antiguos con las cubiertas gastadas y pequeños frascos de cristal donde guardo arenas de diferentes playas del mundo.

Me quito las zapatillas de lona empapadas, dejo la mochila en el suelo y me cambio por un jersey de lana de ochos tres tallas más grande.

Enciendo el hervidor de agua en la pequeña cocina y preparo una taza de té de Ceilán.

Mientras espero a que infusione, me siento en mi rincón favorito de la casa: una mesa de trabajo de roble antiguo, situada justo bajo el tragaluz donde las gotas de lluvia repiquetean con un ritmo hipnótico.

Es aquí donde paso mis verdaderas horas. Porque yo no soy administrativa. No soy eficiente con los archivos de Excel ni entiendo de logística marítima. Yo soy diseñadora de joyas.

No me considero una joyera rica que busca la ostentación del diamante perfecto para las alfombras rojas; me considero un alma sensible que busca capturar la belleza oculta de la naturaleza.

Las diferentes joyerías privadas de Hatton Garden, el barrio de los joyeros de Londres, me envían sus piezas más especiales.

Me mandan gemas en bruto: zafiros sin pulir, esmeraldas con inclusiones que parecen bosques en miniatura o fragmentos de ópalo que cambian de color según la luz.

Mi trabajo consiste en sentarme frente a esta mesa, encender la lámpara de aumento, mirar la piedra hermosa que haya que tallar y escuchar lo que pide.

Analizo sus vetas, sus imperfecciones, y hago el boceto a mano alzada del anillo, la gargantilla o los pendientes donde se van a engarzar esas piezas.

Es un trabajo silencioso, meticuloso y privado.

Un arte que requiere paciencia. Todo lo contrario al caos que despliego cuando intento caminar por un pasillo sin tropezarme.

El sonido agudo de mi teléfono móvil rompe la paz del ático. Respiro hondo al ver el nombre en la pantalla. Otra videollamada de Faye.

Apoyo el teléfono contra el flexo de la mesa, agarro mi taza de té caliente y acepto la llamada.

La imagen de mi prima aparece al instante, y el contraste vuelve a ser ridículo.

Mientras yo tengo de fondo la lluvia gris de Londres repiqueteando en mi ventana, ella está en su hotel de Los Ángeles, con el pelo alborotado por la brisa marina y una luz dorada de atardecer californiano inundando su habitación.

—¡Cleme! ¡Por fin respondes! —exclama, tirándose en la cama del hotel—. Estaba preocupada. Tuve que cortar la llamada antes porque Leo me estaba esperando para ir a cenar tacos a la playa, pero me quedé con la intriga. ¿Qué pasó? ¿Te pilló el estirado de Jacob?

—Faye, casi me da un ataque cardíaco en mitad de la planta doce —le digo, dando un sorbo a mi té y dejando que el calor me temple el cuerpo—.

Me subí a su silla para robarle la pluma de oro que me pidió el informático de la planta ocho.

Y justo cuando estabas gritando por el altavoz que se había comido todas las terneras de Inglaterra, Jacob abrió la puerta de su despacho.

Faye suelta una carcajada tan ruidosa que el micrófono del móvil llega a distorsionar.

—¡No me fastidies! ¿En serio? ¿Y qué hiciste?

—Me caí de la silla, Faye. Me caí con todo el estilo de un saco de patatas. Él me atrapó en el aire, me sostuvo contra su pecho y, mientras yo fingía que me estaba muriendo de la vergüenza, aproveché la cercanía física para meterle los dedos en el bolsillo de la chaqueta y robarle la maldita pluma.

Faye se incorpora de golpe en la cama, con los ojos abiertos de par en par.

—¡Eres mi heroína! ¡Cleme la rubia cleptómana! Eso es nivel experta. ¿Y se dio cuenta?

—Al momento de irse a su reunión. Se tocó el bolsillo, vio que estaba vacío, se giró y me clavó una mirada que prometía tortura medieval lenta.

No me ha reconocido como la chica de la piscina, gracias a Dios, pero ahora piensa que su nueva becaria es una carterista profesional.

Mañana cuando vuelva a esa oficina voy a necesitar un chaleco antibalas.

—Ay, por favor, no exageres. No te va a meter en la cárcel por una pluma —Faye agita la mano restándole importancia, y luego su expresión cambia a una de pura curiosidad maliciosa—.

Pero oye... hablemos de lo importante. ¿A que se ha puesto enorme?

Es que cuando lo vi en la pantalla de reojo me quedé muerta.

—Es insoportable, Faye. Sigue teniendo ese aire de superioridad británico que te dan los colegios privados de Oxford, pero versión madura.

—Espera, que te tengo que enseñar una cosa —dice Faye, trasteando con su propio teléfono—.

Estaba aburrida en la hamaca antes de que Leo pasara a buscarme y me metí en la nube familiar.

¿Te acuerdas de los veranos que pasábamos en aquella casa de madera en Saint-Ives, en la costa de Cornualles?

¿Cuando venían los Harrington-Vane con sus estúpidos polos de marca y sus raquetas de tenis?

Un escalofrío de nostalgia me recorre la espalda al escuchar el nombre de Saint-Ives. Aquellas playas de arena blanca del sur de Inglaterra, el viento del canal, el olor a pescado frito y las tardes eternas de julio.

—Cómo no me voy a acordar. Si allí fue donde me gané mi primer trauma infantil.

—Pues mira esto. Te las acabo de mandar por mensaje. Abre el chat.

Suelto la taza de té, abro la aplicación de mensajería y descargo el archivo que me ha enviado.

Es una fotografía digitalizada de agosto de 2018.

En la imagen aparecemos Faye y yo, con doce años, sentadas en el muro de piedra del puerto de Saint-Ives.

Faye lleva el pelo corto y rebelde, y yo tengo mis eternos ojos verdes idénticos a los de ahora, pero con las piernas larguiruchas y una camiseta tres tallas más grande.

Justo detrás de nosotras, apoyado en una bicicleta de carreras de color rojo fosforito, hay un chaval delgado, con el pelo castaño despeinado por el viento del norte y una mueca que mezcla timidez con una suficiencia insufrible.

Jacob.

Nos quedamos las dos mirando la pantalla en silencio durante unos segundos.

—Mira qué cara de repelente tenía ya por entonces —comenta Faye a través del altavoz—.

Ya era guapo de niño, no se lo podemos negar, pero ya tenía ese aura de cabrón sabelotodo que te daban ganas de empujarlo al agua con bicicleta y todo.

Mira cómo sostenía el manillar, como si fuera el dueño del muelle.

—Sí —susurro, recorriendo con la vista los rasgos infantiles de Jacob en la pantalla—. Tenía esa costumbre de arquear la ceja izquierda cuando alguien decía algo que no le parecía lo suficientemente inteligente.

—¿Y ahora qué? ¿Sigue igual? —pregunta Faye con curiosidad cotilla.

—No, Faye. Ahora es peor todavía. Es mucho más cabrón, el triple de sabelotodo y, por desgracia para mi salud mental, es muchísimo más guapo.

Tiene una mandíbula que parece dibujada con escuadra y cartabón y cuando te habla con ese acento de la alta sociedad parece que te está perdonando la vida en cada frase. Es desesperante.

—Bueno, míralo por el lado bueno, prima —Faye me guiña un ojo desde la pantalla de su hotel californiano—.

Si vas a estar atrapada quince días cometiendo un delito de suplantación de identidad en una empresa aburrida de transportes, al menos tienes un paisaje espectacular que mirar mientras haces fotocopias.

Disfruta de las vistas de la alta sociedad.

¡Te dejo, que Leo está llamando a la puerta! ¡Suerte mañana con el león!

—Faye, espera, ¿qué hago si Jacob me...?

La pantalla se apaga. Faye ha colgado.

Suelto un suspiro hondo, dejo el teléfono sobre la mesa de madera y vuelvo a mirar la foto antigua de Saint-Ives.

La bruma exterior de Londres sigue empañando el tragaluz, y el repiqueteo de la lluvia parece volverse más lento.

Agarro un trozo de carboncillo y un cuaderno de dibujo limpio, dejando que mis manos hagan lo que mejor saben hacer para calmar los nervios.

Empiezo a trazar las líneas de una piedra de turmalina negra en bruto, imaginando cómo se engarzaría en un anillo de plata envejecida, fuerte, sólida y oscura.

Exactamente igual que la mirada gris que Jacob Harrington-Vane me ha dedicado antes de salir de la oficina.

Mañana vuelvo a la planta doce. Y el león me está esperando con las garras afiladas.