Becaria por error Capítulo 6 El robo del siglo y otras caídas con estilo
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Capítulo 6 El robo del siglo y otras caídas con estilo

Allí estoy yo. Subida a una silla de cuero de mil dólares, atrapada entre el expositor de cristal y un Jacob Harrington-Vane que me mira desde abajo con una sonrisa que debería ser ilegal en cincuenta estados.

Sus manos están apoyadas en los reposabrazos, acorralándome.

Noto el calor que desprende su cuerpo y, por un segundo, mi cerebro se olvida de cómo se conjuga el verbo respirar.

—¿Y bien, señorita Miller? —insiste Jacob, arrastrando las palabras con una lentitud tortuosa—. ¿Va a bajarse ya de mi mobiliario o está esperando a que las terneras británicas vengan a escoltarla?

—Ya bajo, jefe. No hace falta que use el sarcasmo real —le espeto, reuniendo hasta el último gramo de dignidad que me queda.

Fijo la vista en el suelo. El mármol de su despacho está tan pulido que parece una pista de patinaje sobre hielo.

Doy un paso hacia atrás con mi zapatilla de lona izquierda, buscando el borde de la silla para descender.

Lástima que el destino tenga un sentido del humor retorcido.

El talón de mi zapatilla resbala en el cuero liso, la silla se desliza hacia atrás con un chillido ensordecedor y la ley de la gravedad de Newton hace el resto.

Suelto un grito ahogado mientras caigo en plancha hacia el suelo.

Pero no llego a impactar contra el mármol.

Dos brazos fuertes, sólidos como columnas de granito, me atrapan en el aire antes de que mi cara sufra una remodelación estética involuntaria.

El impacto de mi cuerpo contra el suyo hace que Jacob retroceda un paso para mantener el equilibrio, pero no me suelta.

Me tiene sujeta firmemente contra su pecho, con una mano en mi espalda y la otra en mi cintura.

El mundo se detiene. Durante tres segundos eternos, lo único que se escucha en el despacho es el sonido de nuestras respiraciones aceleradas.

Estoy tan cerca de él que puedo ver los sutiles destellos dorados en sus ojos grises y notar el ritmo frenético de su corazón golpeando contra mi propia caja torácica.

Huele tan endiabladamente bien a sándalo y a masculinidad que casi me olvido de que lo odio desde los doce años.

Casi. Pero mi instinto de supervivencia criminal se activa justo a tiempo.

Al caer sobre él, mi mano derecha ha ido a parar directamente sobre la solapa de su impecable chaqueta gris de tres mil dólares. Noto un bulto cilíndrico y rígido en el bolsillo interior izquierdo. La pluma Montblanc. Jacob la llevaba encima todo este tiempo, no estaba en el expositor.

«Es ahora o nunca, Cleme. Haz honor a tu reputación de desastre inteligente», me ordeno a mí misma.

Mientras Jacob se recupera de la sorpresa y me mira fijamente, con las cejas ligeramente fruncidas como si intentara descifrar por qué le resulta tan extrañamente familiar mi rostro, deslizo dos dedos dentro de su bolsillo interior.

Con una precisión milimétrica que ni yo misma sabía que poseía, engancho el clip de oro de la pluma estilográfica y la extraigo de la seda del forro sin hacer el más mínimo ruido.

La oculto al instante en la palma de mi mano, cerrando el puño.

—Vaya —susurra Jacob, con la voz un punto más grave de lo habitual, sin romper el contacto visual—. Definitivamente, señorita Miller, tirarse encima de sus superiores parece ser su única habilidad corporativa destacable.

La burla en su tono me devuelve el sarpullido de rabia habitual. Me saco de su agarre de un empujón, recuperando la verticalidad y escondiendo la mano con la pluma detrás de mi espalda.

—Le he salvado la vida a su mobiliario, señor Harrington-Vane —le suelto, estirándome la blusa blanca y comprobando con alivio que el nudo de los cordones sigue en su sitio—.

Si mi cuerpo hubiera impactado contra su mesa de roble, la reparación habría costado una fortuna.

Debería darme un bonus por protección de activos.

Jacob se recoloca la chaqueta, mirándome con una mezcla de diversión y absoluto escepticismo.

—Le daré un bonus si consigue pasar las próximas dos horas sin romper nada que cueste más que su sueldo anual. Ahora, si no le importa, tengo una reunión con el comité de aduanas a las dos. Salga de mi despacho.

—Con su permiso, jefe —digo, forzando una reverencia exagerada.

Me doy la vuelta y salgo del despacho a paso ligero, manteniendo el puño cerrado como si llevara un detonador nuclear. En cuanto cruzo las puertas de cristal, meto la pluma de oro en el bolsillo delantero de mis vaqueros, agarro mi mochila rota y me encamino a toda velocidad hacia los ascensores.

Bajo a la planta ocho prácticamente corriendo. Cuando llego al cubículo de Sam, el informático está repantigado en su silla, tomándose otra bebida energética y viendo un vídeo de gatitos en YouTube.

—¡La tengo! —le siseo, plantándome delante de su mesa y sacando la reliquia de oro de catorce quilates—. Aquí está tu maldito préstamo indefinido de alta gama. Ahora dame mi traducción antes de que me dé un síncope.

Sam abre los ojos de par en par, suelta la lata y agarra la pluma con veneración, como si fuera un arqueólogo encontrando el tesoro de los aztecas.

—No me lo puedo creer. De verdad eres una delincuente profesional, rubia —dice, soltando una carcajada limpia—. Impresionante. Aquí tienes tu milagro.

Me tiende una carpeta azul. La abro a toda prisa.

Dentro está el manifiesto de carga perfectamente traducido al inglés técnico, impreso en papel oficial de la empresa y con el sello digital de la aduana marítima estampado en la esquina inferior derecha con tinta azul brillante.

Son exactamente las una y cuarenta y cinco de la tarde.

—Sam, si no estuviera cometiendo un delito de suplantación de identidad, te daría un beso —le digo, guardando la carpeta en mi mochila.

—Guárdate los besos y reza para que Harrington-Vane júnior no se dé cuenta de que le falta su juguete antes de que yo salga de mi turno a las cinco —responde él con una sonrisa gamberra—. Ahora sube, que el león va a rugir pronto.

Subo de nuevo a la planta doce con el corazón latiendo a mil por hora. Me siento en mi mesa de cristal, coloco la carpeta azul justo en el centro del escritorio y espero.

A las dos en punto, las puertas del despacho de Jacob se abren. Sale impecable, con una carpeta de cuero bajo el brazo y paso firme. Se detiene ante mi mesa, mirándome de reojo con esa superioridad británica tan suya.

—¿Y bien, Miller? ¿Tenemos el documento de Shanghái o procedo a redactar su carta de despido?

Con una sonrisa radiante y pausada, deslizo la carpeta azul hacia él.

—Validado, sellado por la aduana de la planta ocho y traducido al inglés técnico sin una sola asistencia de inteligencia artificial, señor Harrington-Vane. Quince minutos antes de la hora límite. Como le dije, soy extremadamente eficiente.

Jacob arquea una ceja, claramente sorprendido. Agarra la carpeta, la abre y examina el sello y el texto en inglés. No encuentra ni un solo fallo. Me mira fijamente, y por primera vez noto un destello de auténtico respeto en sus ojos grises.

—Bien —admite, cerrando la carpeta—. Parece que me equivoqué con usted, Miller. Buen trabajo.

—Gracias, jefe. Que tenga una excelente reunión.

Jacob asiente, da un paso hacia los ascensores y mete la mano derecha en el bolsillo interior de su chaqueta, asumo que para sacar su preciada pluma estilográfica Montblanc para firmar el gran contrato de la tarde.

Me quedo completamente inmóvil, conteniendo el aliento, viendo cómo sus dedos buscan en el vacío del forro de seda. Su paso se frena en seco en mitad del pasillo. Su espalda se tensa por completo.

Lentamente, Jacob saca la mano vacía del bolsillo. Se gira sobre sus talones milimétricamente y me clava una mirada de pura comprensión criminal. Ya no hay dudas. Sabe perfectamente que la fina capa de polvo subatómico no era lo único que se estaba limpiando en su despacho.

«Tierra, trágame ahora mismo», pienso, mientras le sostengo la mirada con la sonrisa más inocente del mundo.