Capítulo 5 Misión imposible, espionaje y una hamaca en Los Ángeles
A las doce y media en punto, la planta doce de Avery ahora hay una mezcla de incredulidad pura y una chispa de diversión gamberra que intenta ocultar endureciendo la mandíbula.
—Señorita Miller —dice Jacob, arrastrando las palabras con ese acento aristocrático que me pone de los nervios—. Sabía que su capacidad para el caos era notable, pero no esperaba encontrarla practicando escalada de interiores en mi mobiliario de oficina durante la hora del almuerzo.
—Señor Harrington-Vane... —trago saliva, intentando mantener laocompostura a un metro y medio del suelo—. Esto tiene una explicación totalmente lógica y corporativa.
—Oh, por favor, ilumíneme —Jacob se cruza de brazos, apoyando el peso en una pierna y mirándome desde abajo con una ceja levantada—. Tengo muchísima curiosidad por saber qué ley de la Alianza Marítima del Pacífico la obliga a meter la mano en mi vitrina privada.
—Verá... —pienso a la velocidad del rayo, buscando una coartada en mi cerebro colapsado—.
Margaret, la jefa de personal, me comentó que en esta empresa cuidan mucho el patrimonio histórico.
He observado desde mi mesa que el cristal del expositor de su valiosa pluma estilográfica tenía una fina capa de polvo subatómico que ponía en riesgo la integridad del oro de catorce quilates.
Como becaria eficiente, he decidido proceder a una limpieza de emergencia de la superficie antes de que la grasa atmosférica dañara el metal.
Es... mantenimiento preventivo. De alta gama.
Jacob contiene el aliento. Veo perfectamente cómo los músculos de su estómago se tensan porque se está aguantando la carcajada de su vida.
Da otro paso adelante, colocándose justo al borde de la silla.
Está tan cerca que puedo oler perfectamente su colonia y notar el calor que desprende su cuerpo de un metro noventa.
—¿Mantenimiento preventivo? —pregunta en un susurro, alzando la vista hacia mí—. ¿Y el comentario sobre las... terneras británicas que acaba de sonar en su teléfono también forma parte del protocolo de limpieza de la empresa, señorita Miller?
Mi corazón se salta tres latidos seguidos. Me mira con tanta fijeza que por un segundo temo que el nudo de mi blusa se deshaga del todo por culpa de mi respiración acelerada. «¿Me habrá reconocido?», me pregunto con auténtico pánico. «¿Habrá asociado el nombre de Cleme y lo de la piscina?».
—Mi prima... tiene problemas de cobertura mental, señor Harrington-Vane —consigo decir, forzando una sonrisa—. Confunde las empresas de transportes con las granjas ganaderas. Cosas de vivir en Los Ángeles.
Jacob estira la mano derecha y la apoya firmemente en el reposabrazos de la silla, atrapándome por completo en mi posición elevada. Su rostro queda a escasos centímetros de mis rodillas.
—Bájese de ahí, Miller —dice, y esta vez su voz tiene un tono extrañamente suave, casi sugerente, que me eriza la piel—. Antes de que termine destrozando mi silla o cayéndose encima de mí. Aunque, pensándolo bien, la segunda opción parece ser su método favorito para entrar en calor por las mañanas.