Capítulo 4 La planta ocho, el sótano informático y la moneda de cambio
Si la planta doce de Avery & Co. era el cielo del capitalismo, la planta ocho es el purgatorio de los cables.
Al salir del ascensor, el olor a ambientador de pino y perfume caro desaparece, sustituido por el zumbido de cientos de ventiladores de ordenadores y ese aroma tan característico a café recalentado de tres días.
Camino por el pasillo con el fajo de folios en mandarín técnico apretado contra el pecho como si fuera un escudo. El nudo de marinero que le hice a mi blusa sigue aguantando, pero cada vez que respiro hondo noto la tensión de los cordones.
«Planta ocho, aduanas y soporte técnico», reza un cartel de plástico torcido en la pared.
Entro en una oficina enorme llena de cubículos desiertos. Al fondo del todo, enterrado detrás de una barricada de tres pantallas gigantes y un fuerte construido con latas vacías de bebida energética, vislumbro una cabeza con el pelo castaño alborotado.
—¿Hola? —digo, asomándome al cubículo—. ¿Burocracia marítima internacional? ¿Alguien que hable el idioma de los mortales?
Un chico se gira en su silla de ruedas de oficina.
Lleva una camisa de botones corporativa, pero la lleva completamente abierta, dejando ver una camiseta con el escudo de Batman debajo.
Tendrá mi edad, veintitantos, y tiene unas ojeras que harían parecer a un oso panda un modelo de alta cosmética.
Me mira fija y lentamente, de arriba abajo, deteniéndose en mis ojos verdes y luego en los folios que llevo en las manos.
—No sé qué vienes a vender, pero si no es pizza o más cafeína, mi respuesta es no —dice con voz monótona, volviéndose hacia su teclado para seguir tecleando a la velocidad de la luz.
—Me llamo Faye Miller, soy la nueva becaria de la planta doce —miento, dando un paso adelante y poniendo mi mejor sonrisa persuasiva—.
Y necesito un milagro burocrático. El señor Harrington-Vane me ha mandado a validar este manifiesto de carga de Shanghái.
Necesito el sello de aduanas y... bueno, la traducción técnica del mandarín al inglés antes de las dos de la tarde.
El chico frena en seco sus dedos sobre el teclado. Se gira despacio, arquea una ceja y me clava una mirada cargada de pura diversión cínica.
—¿Faye Miller? —pregunta, arrastrando las palabras.
—La misma. Eficiente, resolutiva y rubia —afirmo, golpeando el fajo de papeles contra su mesa para darle énfasis.
El informático estira la mano, agarra el ratón de su ordenador y hace un par de clics rápidos.
Una de sus pantallas secundarias parpadea.
Un segundo después, aparece la ficha oficial de Recursos Humanos de la empresa.
En una esquina superior izquierda está la fotografía de mi prima Faye: morena, despampanante, sonriendo con el glamour de una estrella de Instagram.
—Curioso —dice el chico, apuntando a la pantalla con un bolígrafo—. No sabía que el sol de Los Ángeles alteraba la estructura del ADN y la pigmentación celular en un solo fin de semana. A no ser que la de la foto sea tu gemela malvada, tú no eres Faye Miller.
Siento que el estómago se me cae directamente a las zapatillas de lona. El pánico me congela la lengua durante medio segundo. «Hasta aquí hemos llegado, Clementine. Directa a una prisión federal de California», me grito por dentro.
—Puedo explicarlo —consigo articular, dando un paso atrás.
—Ah, ahorrate la energía, rubia —me interrumpe él, soltando una carcajada y repantingándose en la silla—.
Me llamo Sam. Y sinceramente, me importa un bledo quién seas mientras no seas un virus informático.
De hecho, que le estés colando un gol por toda la escuadra al estirado de Harrington-Vane júnior es lo mejor que me ha pasado en este sótano desde el martes.
Ese tipo se cree el rey de Inglaterra solo porque su padre es el dueño de las acciones.
El mes pasado me echó la bronca porque el wifi de su despacho privado iba a noventa megas en vez de a cien. ¡A noventa! Un drama humano, de verdad.
Suelto un suspiro de alivio tan grande que casi se me deshace el nudo de la blusa.
—¿O sea que no vas a llamar a seguridad? —pregunto, limpiándome el sudor frío de la frente.
—¿Y perderme el espectáculo? Ni de coña —Sam agarra el fajo de papeles en mandarín y le echa un vistazo rápido—.
A ver, el manifiesto de carga. Esto es pan comido.
Tengo un software de reconocimiento de caracteres en aduanas que te traduce esto al inglés técnico en tres minutos.
Y el sello digital lo tengo guardado en mi escritorio de administrador. Podría resolvértelo ahora mismo.
—¿Podrías? —mis ojos verdes se iluminan—. Sam, eres un dios. Te compraré café toda la semana. Te traeré rosquillas.
—El café de la máquina de aquí abajo sabe a cartón mojado y las rosquillas me dan ardor —replica Sam, entornando los ojos con una sonrisa calculadora—. Si quieres mi silencio y mi magia informática, el precio es otro. Necesito una moneda de cambio.
—Dispara. Lo que sea menos dinero, porque técnicamente soy una becaria sin sueldo.
Sam se inclina hacia mí, bajando la voz como si estuviéramos planeando el robo de un banco.
—En el despacho de Harrington-Vane, justo encima de su mesa de roble, hay un expositor de cristal.
Dentro hay una pluma estilográfica Montblanc de edición limitada, chapada en oro de catorce quilates.
Su padre se la regaló cuando se graduó en Oxford.
Lleva meses usándola para firmar los contratos importantes solo para restregarnos su estatus a los plebeyos de sistemas. Quiero que se la robes.
—¿Qué? ¡Ni hablar! —exclamo, horrorizada—. Una cosa es suplantar la identidad de mi prima por un chantaje de la infancia y otra muy distinta es convertirme en la nueva Cleopatra de las oficinas de Los Ángeles. ¡Eso es un robo real!
—No es un robo, es un préstamo indefinido de alta gama —corrige Sam, guiñándome un ojo—.
Además, no se va a dar cuenta hoy. Solo tienes que esperar a que salga a almorzar, meter la pluma en tu bolso y traérmela.
A cambio, tú tienes tu traducción perfecta en un folio timbrado oficial antes de las dos, Harrington-Vane se queda con la boca abierta al ver que eres "eficiente", y tú salvas tu pellejo quince días más.
¿Tenemos trato o prefieres que le dé al botón de reportar fraude de Recursos Humanos?
Miro los papeles en mandarín. Miro la pantalla con la foto de Faye. Luego pienso en la cara de suficiencia de Jacob si vuelvo con las manos vacías y me despide. Mi orgullo propio compite en una carrera salvaje contra mi sentido de la moralidad, y gana el orgullo por goleada.
—Eres un extorsionador profesional, Sam —le espeto, entornando los ojos.
—Es el mercado, rubia. Tómalo o déjalo.
—Vale, trato hecho —resoplo, estrechándole la mano—. Pero si me pilla con las manos en el cristal, diré que fuiste tú el cerebro de la operación.
—Para entonces yo ya habré borrado los registros de las cámaras —dice Sam con una sonrisa de villano de cómic, mientras introduce el primer folio en el escáner de alta velocidad—. Vuelve a la una y media. Tu milagro estará listo. Y ve preparando los dedos de pianista para el atraco.
Salgo de la planta ocho con una mezcla de adrenalina pura y desesperación absoluta rodando por mis venas.
«¿Qué coño hago yo aquí?», vuelvo a preguntarme mientras pulso el botón del ascensor para subir de nuevo a la boca del lobo.
No solo soy una impostora, sino que ahora me he comprometido a ser una ladrona de guante blanco frente a las mismísimas narices de mi peor enemigo.
Definitivamente, Jacob Harrington-Vane me va a costar la cordura. O la libertad.