Becaria por error Capítulo 3 La planta doce y el arte de no saber qué coño estás haciendo
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Capítulo 3 La planta doce y el arte de no saber qué coño estás haciendo

El ascensor de Avery & Co. sube tan rápido que se me taponan los oídos. Mientras miro el indicador digital de pisos, trato de recolocarme la blusa sin que se note el apaño de los cordones de mi mochila.

Si salgo viva de estas dos semanas, le voy a exigir a Faye que su instructor de buceo de Los Ángeles me dé clases gratis de por vida. Como mínimo.

Las puertas de metal se abren en la planta doce con un suspiro hidráulico.

Al salir, me topo con lo que parece el plató de una película sobre tiburones financieros de Wall Street, pero en versión minimalista.

Todo es blanco, gris y asquerosamente ordenado. Hay pantallas gigantes con gráficos de barcos mercantes cruzando el Pacífico, ejecutivos hablando por teléfono en tres idiomas diferentes y un silencio sepulcral interrumpido solo por el tecleo frenético de los ordenadores.

—¿Señorita Miller? —pregunta una mujer con un traje de chaqueta azul marino impecable y el pelo recogido en un moño tan tenso que sospecho que no puede parpadear. Su placa dice Margaret, Jefa de Personal.

—¡Sí! Presente. Es decir... buenos días, Margaret —digo, poniendo mi sonrisa más corporativa y ocultando las manos detrás de la espalda por si huelen a caramelo.

—Llega tarde. Cuatro minutos tarde —dice, consultando un iPad con severidad—. El señor Harrington-Vane ya nos ha informado de su... incidente automovilístico con una bebida en el vestíbulo.

—Fue un problema de tracción hidrodinámica —corrijo rápidamente, intentando sonar profesional—. Pero estoy lista para dar el cien por cien. ¿Dónde está mi mesa? ¿En el departamento de archivo? ¿En el sótano? El sótano me encanta. Hay poca luz, es relajante...

—Su mesa está aquí —me interrumpe Margaret, señalando un escritorio de cristal situado justo en medio del pasillo central.

Me quedo de piedra.

El escritorio está estratégicamente colocado delante de unas imponentes puertas dobles de cristal ahumado.

Detrás de ese cristal, sentado en un sillón de cuero negro y con una taza de café humeante en la mano, está Jacob Harrington-Vane.

Me está mirando directamente.

A través del cristal tintado, sus ojos grises parecen los de un depredador observando a su presa desde el fondo del océano.

—¿Ahí? —trago saliva—. ¿Por qué ahí? Pensé que las becarias de administración estaban metidas en un cuarto con las fotocopiadoras.

—El señor Harrington-Vane ha solicitado que la nueva becaria se encargue de la asistencia directa de su sector durante estos quince días —explica Margaret con total naturalidad—.

Su secretaria habitual está de baja por maternidad y él quiere evaluar personalmente si su rendimiento académico se corresponde con su...

caótico comportamiento físico. Su primera tarea ya está en la mesa. Buena suerte.

Margaret se da la vuelta y se marcha flotando sobre sus tacones antes de que pueda suplicarle que me traslade al departamento de limpieza.

Miro hacia el despacho de Jacob.

Él levanta su taza de café en un brindis silencioso que destila pura malicia británica.

¿Evaluar personalmente?, pienso, sintiendo una oleada de indignación.

Lo que quiere es hacerme la vida imposible para que dimita hoy mismo y ahorrarle a la empresa el papeleo de despedirme.

Camino hacia mi mesa de cristal como quien avanza hacia la guillotina.

Sobre la superficie inmaculada hay un ordenador de última generación, un teléfono con más botones que la cabina de un Boeing 747 y una carpeta de cuero negro que contiene un fajo de folios de unas doscientas páginas.

Me siento, enciendo la pantalla y abro la carpeta.

La primera página tiene un posit amarillo con una caligrafía aristocrática y afilada: "Señorita Miller.

Traduzca este manifiesto de carga de corretaje marítimo del mandarín técnico al inglés.

Lo necesito listo a las dos de la tarde.

No use traductores automáticos, detecto el lenguaje de inteligencia artificial al instante. Atentamente, J.H.V."

Miro los folios. Están llenos de símbolos chinos, números de contenedores, especificaciones de calado de buques y términos legales que no entendería ni aunque estuvieran escritos en castellano antiguo.

—¿Mandarín técnico? —susurro, sintiendo que me da un vuelco el corazón—. Pero si Faye puso en su currículum que tenía un nivel "básico-intermedio" porque una vez vio una película de Jackie Chan sin subtítulos. ¿Qué coño hago yo ahora?

Miro fijamente el cristal del despacho de Jacob.

Puedo ver la silueta de su cabeza inclinada sobre su propio ordenador.

Sé perfectamente lo que busca. Sabe que Faye —o sea, yo— no puede hacer esto en cuatro horas.

Es una trampa mortal para pillarme en un renuncio y echarme de patitas a la calle con una humillación histórica.

El pánico intenta apoderarse de mí, pero entonces se enciende esa chispa de orgullo y terquedad que me caracteriza.

Jacob Harrington-Vane cree que me va a quebrar el primer día.

Cree que va a ganar esta ronda y que se va a quedar tan ancho luciendo sus zapatos de charol limpios.

Pero no conoce a Clementine Wood. Soy un desastre para mantener el equilibrio, sí, pero tengo un cinturón negro en salir de marrones imposibles gracias a haber crecido con una prima que vive al límite de la legalidad.

Agarro el teléfono de la mesa, busco en la agenda interna el número del despacho contiguo y pulso el botón de llamada.

—Despacho del señor Harrington-Vane —responde su voz profunda al segundo tono.

—Señor Harrington-Vane, habla Faye Miller —digo, modulando la voz para sonar como una secretaria de alta dirección con diez años de experiencia—. He recibido el manifiesto de carga.

—Ah, Miller. ¿Algún problema? ¿Va a presentar su dimisión ya o prefiere esperar a que la tinta de mi calzado se seque por completo? —pregunta, y puedo jurar que estoy escuchando su sonrisa de suficiencia a través de la línea.

—En absoluto, jefe. Solo quería informarle de un pequeño detalle de protocolo internacional —miento con un descaro que asustaría al mismísimo demonio—.

Según la normativa de la Alianza Marítima del Pacífico de 2024, los manifiestos de carga procedentes del puerto de Shanghái deben ser validados primero por el departamento de aduanas de la planta ocho antes de su transcripción textual.

Si lo traduzco yo primero, estaríamos incurriendo en una falta de concordancia burocrática menor que retrasaría el barco tres semanas.

¿Quiere que me salte la ley internacional o prefiere que baje a la planta ocho a resolver el visado técnico primero?

Se hace un silencio absoluto al otro lado de la línea. Me muerdo las uñas de la mano izquierda mientras sostengo el auricular con la derecha. He usado tantas palabras técnicas inventadas que temo que Jacob se ponga a buscar la ley en Google y me descubra.

—Vaya —dice Jacob finalmente, y noto un ligero cambio en su tono, como si no esperase que la becaria inútil supiera responderle—. Veo que además de derramar cafeína, sabe leer la letra pequeña de los contratos de transporte.

—Soy una caja de sorpresas, señor Harrington-Vane.

—Muy bien, Miller. Baje a la planta ocho. Pero si a las dos de la tarde ese documento no está en mi mesa con el sello de aduanas y la traducción pertinente, consideraré que su tracción hidrodinámica la ha llevado directa a la oficina de desempleo.

—Contará con ello, jefe —le espeto antes de colgar el teléfono de golpe.

Me levanto de la silla, agarro el fajo de folios y salgo disparada hacia los ascensores con el corazón latiéndome en la garganta.

No tengo ni la más remota idea de qué hay en la planta ocho, ni de cómo conseguir ese sello, pero una cosa tengo clara: Jacob Harrington-Vane acaba de declarar la guerra, y yo pienso lucharla aunque tenga que inventarme un idioma nuevo.