Becaria por error
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Capítulo 1 El chantaje de la piscina
—Clementine, por favor, solo son quince días. No te pido un riñón, solo que vayas a sentarte en una silla.
Miro a mi prima Faye por encima de mi taza de café. Estamos en The Daily Grind, una cafetería del centro de la ciudad donde el ruido de las máquinas de espresso compite con el parloteo de los ejecutivos. Faye está inclinada sobre la mesa, con las manos juntas en posición de súplica.
Si el contraste tuviera una foto en el diccionario, seríamos nosotras.
Faye es espectacular: tiene una piel preciosa, de un tono bronceado oscuro que delata su ascendencia latina por parte de madre, ojos oscuros y un cabello rizado que hoy lleva en una coleta alta.
Va vestida de una forma que yo solo usaría si me pagaran un millón de dólares: un top corto de satén rojo que desafía la gravedad, una falda de cuero ajustada y unos tacones de aguja con los que yo me habría roto los tobillos al salir de casa.
Yo, por el contrario, llevo unos vaqueros desgastados, una blusa blanca holgada y zapatillas deportivas de lona.
Mi cabello, de un rubio cenizo que heredé de la rama británica de mi padre, está recogido en un moño desordenado del que se escapan varios mechones sobre mis ojos verdes.
No llevo maquillaje, salvo un bálsamo de labios de cereza.
Y aun así, he notado cómo tres tipos con traje de la mesa de al lado se giraban para mirarme.
Es una maldición. No me gusta llamar la atención, pero mi torpeza natural sumada a unas facciones que mi tía llama "de porcelana" hacen que la gente me mire justo antes de que me tropiece con algún bordillo.
—He dicho que no, Faye —respondo—. Es suplantación de identidad. Además, soy un desastre andante. Si voy a esa empresa de corretaje marítimo y logística, Avery el problema es que por dentro soy un manojo de sarcasmo y desesperación.
—Tarjeta denegada —anuncia el torno de seguridad con un pitido estridente que suena exactamente igual al zumbador de un concurso de televisión cuando fallas la pregunta del millón de dólares.
Genial. Maravilloso. El dispositivo electrónico parpadea en un rojo fosforito criminal.
—Vamos, tostadora gigante, coopera —le susurro al lector, pasándole el plástico de la tarjeta otra vez con fuerza.
El guardia de seguridad —un tipo que mide dos metros, tiene bíceps del tamaño de mi cabeza y una placa que dice "Harrison"— se cruza de brazos desde su puesto. Me mira como si fuera una espía internacional de bajo presupuesto.
—Señorita, deje de agredir al torno —dice Harrison con una voz profunda.
—No lo agredo, le aplico reanimación cardiopulmonar. Soy Faye Miller, la nueva becaria de administración —miento, enseñando la acreditación con la foto de mi prima.
El guardia mira la foto de la tarjeta y luego me mira a mí. El contraste físico es tan evidente que estoy a medio segundo de salir corriendo hacia la salida, pero entonces decido usar la audacia corporativa.
—Sé lo que va a decir, agente —intervengo, poniendo mi mejor voz de ejecutiva de Wall Street—.
Me he hecho un cambio de imagen radical este fin de semana.
Decidí pasarme al bando de las rubias. El tinte hace milagros, ¿verdad?
Hasta mis ojos parecen más claros con la luz de este edificio tan vanguardista.
Harrison parpadea, completamente descolocado por mi verborrea. Abre la boca para pedirme el carné de conducir, lo cual significaría mi fin definitivo y una bonita celda compartida, cuando el universo decide que mi humillación matutina no ha hecho más que empezar.
Para demostrar mi supuesta "seguridad aplastante" mientras él procesa la información, intento apoyarme con elegancia en el mostrador de recepción. Lástima que mi mano golpee el vaso gigante de latte helado con triple de sirope de caramelo que acababa de dejar allí.
El café describe una parábola perfecta en el aire. El vaso sale despedido y aterriza, con una precisión matemática que ya querría la NASA, sobre los zapatos de charol negros de un hombre que se acaba de parar justo a mi lado.
El vestíbulo se queda en el más absoluto y sepulcral de los silencios. El líquido marrón empieza a empapar el dobladillo de unos pantalones de sastre grises de un gusto exquisito.
Sigo la línea de la tela impecable con la mirada, subo por una chaqueta de tres piezas de alta costura, paso por una corbata de seda perfectamente anudada y llego a una mandíbula tan esculpida que podría usarse como regla en una clase de geometría.
Jacob Harrington-Vane.
El repelente niño rico del club de tenis ha crecido.
Y el maldito karma le ha dado un cuerpo de un metro noventa, hombros de nadador y unos ojos grises que ahora mismo me están analizando como si fuera un bicho raro que acaba de arruinarle la mañana.
El olor a perfume caro de trescientos dólares y a café derramado se mezcla de forma ridícula en el aire.
¿Por qué acepté el chantaje de mi prima?, me grito a mí misma mentalmente. Podría estar en mi casa. Podría haberle dicho que se fuera a Los Ángeles a buscar a su instructor de buceo ella solita.
—¿Qué demonios es este circo, Harrison? —pregunta Jacob. Su acento británico es tan aristocrático, limpio y cortante que hace que el mismísimo aire del edificio parezca más caro.
—Un accidente logístico, señor Harrington-Vane —responde el guardia, conteniendo la respiración para no reírse—. La señorita afirma ser la nueva becaria de administración, Faye Miller. Aunque estábamos... verificando sus datos de identidad.
Jacob baja la mirada hacia sus zapatos cubiertos de leche de avena y caramelo, luego mira el vaso de plástico vacío en el suelo y finalmente me clava esos ojos grises helados. Espero el destello de reconocimiento. Espero que se eche a reír y diga algo sobre la piscina.
Pero sus ojos están completamente vacíos de recuerdos. No tiene ni la más remota idea de quién soy. Para él, solo soy una becaria incompetente que acaba de destrozarle el calzado antes de la primera reunión del día.
—¿La becaria? —Jacob arquea una ceja con una superioridad que me enciende la sangre—. Recursos Humanos me aseguró que la señorita Miller tenía un expediente académico impecable y una mentalidad brillante. Veo que confundieron "brillante" con "incapaz de manejar la gravedad básica".
Me enderezo por completo, cruzándome de brazos. El orgullo es lo último que se pierde, sobre todo cuando tienes delante al tipo más engreído de la costa oeste.
—El suelo está recién encerado, señor... Harrington-Vane. Ha sido un claro problema de tracción y fricción. Andar por aquí es casi un deporte de riesgo. Y le aseguro que soy extremadamente eficiente con los papeles. No con los fluidos.
Jacob da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una manera que me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Huele a madera de sándalo, a dinero y a desprecio absoluto. Es insoportablemente atractivo, lo cual hace que lo odie el doble.
—Escúchame bien, Miller —dice en un susurro letal, usando el apellido de mi prima con una frialdad que me congela las pestañas—.
En Avery & Co. transportamos toneladas de mercancía internacional cada hora.
No tenemos tiempo para limpiar desastres ni cafés azucarados.
Tienes exactamente sesenta segundos para pasar por ese torno y subir a la planta doce.
Como vuelvas a montar un espectáculo en mi vestíbulo, usaré mi zapato manchado de caramelo para patearte fuera de esta empresa. ¿He sido clara?
—Como el agua, jefe —le espeto, entornando los ojos verdes.
Jacob me da una última mirada de absoluto fastidio, se gira sobre sus talones y camina hacia el ascensor privado con una elegancia exasperante, dejando un rastro de huellas pegajosas sobre el mármol.
Miro su espalda mientras las puertas metálicas se cierran.
Quince días.
Solo tengo que fingir ser otra persona durante dos semanas sin que mi peor enemigo descubra la verdad.
Miro hacia el ascensor con una sonrisa interna cargada de ironía.
Que empiece la guerra, Harrington-Vane. Vas a necesitar mucho más que un buen limpiador de zapatos.