Maeve
Lo más difícil de huir de una pesadilla no es la huida. Es saber qué hacer con las manos una vez que te detienes.
Durante los primeros días después de que Finn se marchara, seguí esperando el colapso.
Había leído sobre ello en los libros de embarazo que Artem había subrayado.
El bajón emocional cuando la adrenalina se disipaba, la caída hormonal posparto que se encontraba con las secuelas del trauma en lo que la literatura llamaba «una caída omega».
Pero el colapso no llegó.
A los tres meses, Mac descubrió que si emitía un chillido agudo concreto, Gregor se materializaba en treinta segundos. Estaba poniendo a prueba esta hipótesis con el rigor de un científico.
—Te está tomando el pelo —dije, observando desde la isla de la cocina mientras Mac soltaba un pequeño chillido experimental desde su hamaquita.
Gregor apareció en el umbral doce segundos después.
—Requiere asistencia.
—Requiere entretenimiento. Eres un parque de juegos muy grande y muy complaciente.
Gregor cogió a Mac en brazos con la delicadeza que todavía me pillaba por sorpresa. La forma en que esas manos llenas de cicatrices podían desmontar un arma y luego sostener a un bebé como si manejara algo sagrado. Mac inmediatamente le agarró el cuello de la camisa e intentó comérselo.
—Manipulación —dijo Gregor.
—Tiene tres meses.
—Aptitud temprana.
—Ajustó su agarre—.
Estoy preocupado.
—Pareces orgulloso.
—Lo estoy. Y preocupado. Ambas cosas son posibles.
Mac chilló de nuevo, encantado con el éxito de su experimento. El rostro de Gregor se suavizó aproximadamente un milímetro, lo que en las expresiones de Gregor equivalía a que otro hombre llorase a lágrima viva.
Fergus, para no quedar excluido de ninguna jerarquía de afecto, arañó la bota de Gregor con la pata hasta que también lo cogieron en brazos.
Durante un momento absurdo, el ejecutor más letal de la Bratva se quedó plantado en mi cocina sosteniendo a un bebé en un brazo y a un Yorkshire terrier en el otro, ambos mirándolo con el dominio absoluto de criaturas a las que jamás les habían dicho que no.
Le di un beso en la mejilla, luego a Mac en la cabeza, y fui a llamar a Presley.
La videollamada se conectó y el rostro de Presley llenó la pantalla, con el caos familiar de la casita que sus alfas le habían construido en el jardín de fondo. Las lucecitas, una pila de libros en la encimera, la cola del Sr. Barney pasando por delante de la cámara.
—Estás diferente otra vez —dijo de inmediato.
—Hola a ti también.
—Ya no pareces estar esperando a que un edificio se te caiga encima. Es muy inquietante. Te prefería cuando eras levemente paranoica y fácil de leer.
—Llevo tres años siendo levemente paranoica. Estoy intentando relajarme. Es experimental.
Se lo conté todo. No la versión editada que le había dado antes, sino la real.
Todo sobre quién era yo. Quién era Callum McCarthy.
Y por qué huí de Finn O'Shea. La venta, la jaula, la cicatriz, los años de huida.
La razón por la que siempre había sido tan asustadiza en el parque de caravanas, por qué nunca la había dejado acercarse demasiado, por qué dormía con un cuchillo bajo la almohada.
Presley se echó a llorar en algún momento mientras describía la mordida de Finn.
—Oh, no hagas eso —dije, con los ojos escociendo—. Si lloras, voy a llorar yo también, y ya he llorado dos veces hoy porque Gregor le ha comprado un jersey a Fergus.
—¿Un jersey?
—Amarillo mostaza. De punto trenzado. Lo pidió en una web para perros pequeños. Dijo que era por razones tácticas.
—Lo estás haciendo otra vez —Presley se sonó la nariz con fuerza—. Cambiar de tema. Quiero saberlo todo. Sabía que era malo, Maeve, pero no tanto. Deberías habérmelo contado.
—No podía contárselo a nadie. Tenía demasiado miedo.
—Cuando tus hermanos vinieron a buscarte...
Fergus, que debió de percibir mi angustia desde dondequiera que estuviera echando la siesta, trotó hasta la habitación y se puso a ladrarle a la pantalla del iPad.
Se irguió sobre las patas traseras, las delanteras apoyadas en el escritorio, y soltó una serie de ladridos indignados dirigidos al rostro pixelado de Presley.
La puerta se abrió de golpe.
Ivan apareció con un cuchillo de combate girando despreocupadamente en la mano mientras sus ojos barrían la habitación en busca de amenazas.
—¿Quién te ha hecho llorar?
Fergus volvió a ladrar, identificando claramente al iPad como el culpable.
—Nadie. Estoy hablando con Presley. Es un momento emotivo.
Ivan clavó la mirada en la pantalla, donde el rostro bañado en lágrimas de mi mejor amiga estaba congelado a medio parpadeo. Luego me miró a mí. Luego a Fergus, que seguía gruñéndole al iPad con la convicción de un animal mucho más grande.
—Las mujeres sois raras —murmuró, y se marchó.
A Presley se le habían secado las lágrimas.
—¿Ese era uno de ellos?
—Sí.
—Llevaba un cuchillo. Espero que sea el cocinero.
—Ese es Ivan. Ya sabes que son de la Bratva. Y muy protectores. También muy desconcertados por el llanto recreativo. Y... —miré por encima del hombro para asegurarme de que Ivan se había ido—. Ivan es incapaz de meter pan en la tostadora sin quemarlo.
—Caramelizando —gritó Ivan desde el pasillo.
—Nadie carameliza las tostadas.
—Entonces he inventado algo —Ivan asomó la cabeza en el encuadre de la cámara—. Y en el fondo me quiere.
Me dio un beso en la mejilla.
—Así es. Ahora largo.
—Es guapísimo. ¿Son todos guapísimos? —preguntó Presley cuando el campo quedó libre.
—Los tres. Es asqueroso, la verdad. No puedo ir a ningún sitio sin sentirme como en un anuncio de perfume del crimen organizado.
—Tienes que traerlos aquí —dijo Presley, acercándose más a la cámara—.
Todos vosotros. Tu manada y la mía. Henry puede hablar de negocios con Artem, Fritz puede comparar colecciones de cuchillos con Ivan, y Etienne puede quedarse ahí plantado haciendo de francés mientras Gregor lo mira preguntándose si será lo bastante grande para tumbarlo.
—Es una idea terrible.
—Es una idea brillante.
—Es el caos a punto de desatarse.
—Exactamente. ¿Cuándo?
Me reí, y fue algo natural. —Pronto. Te lo prometo.
Esa misma tarde, Artem me entregó un paquete envuelto en papel de estraza grueso.
Lo abrí en la isla de la cocina mientras Ivan preparaba café y Gregor le daba el informe de la patrulla matutina a Fergus.
Tres libros. Primeras ediciones. Folclore irlandés. Los títulos exactos que había mencionado una vez, de pasada, hacía más de un mes, cuando le conté a Artem sobre mi abuela y las historias que solía contarme antes de que Callum la alejara de nosotros.
—Es demasiado —dije. La voz me salió rota, rasposa y apenas audible.
—Nada es demasiado —la mano de Artem cubrió la mía sobre la portada del primer libro—. Los querías. Los encontré.
Gregor me besó en los labios después de ponerle a Fergus el chaleco de seguridad, y luego los dos salieron de la cocina para la patrulla matutina.
Ivan deslizó una taza de café por la encimera. A la temperatura perfecta, con la cantidad exacta de leche, tal como había aprendido a prepararlo tras semanas de lo que él llamaba «reconocimiento cafetero» y yo llamaba «beberse mi café cuando yo no miraba».
—Tiene razón —dijo Ivan—. Nada es demasiado. Quieres libros, tienes libros. Quieres café, te hago café. Quieres a alguien muerto...
—Ivan.
—Solo lo menciono. La oferta sigue en pie.
Un ladrido grave resonó desde fuera, seguido por el ladrido más agudo y breve de Fergus.
—Está aterrorizando a los dóberman otra vez —dije.
—Necesitamos cinco más —dijo Ivan—. Creo que los guardias ya le tienen miedo. Ayer uno de ellos le hizo el saludo militar.
Gregor apareció en la puerta trasera con Fergus trotando por delante. Levanté la vista y me eché a reír tan fuerte que tuve que soltar el libro.
Fergus entró pavoneándose en la cocina como un rey inspeccionando sus dominios. Detrás de él, uno de los dóberman de la finca se detuvo en el umbral. Treinta y tantos kilos de músculo negro y lustroso con entrenamiento militar, y me miraba con exasperación.
Fergus se dio la vuelta y soltó un ladrido seco.
El dóberman se sentó.
Me quedé mirando. —¿Acaba de dar una orden?
Gregor sacó una golosina diminuta del bolsillo y se la dio a Fergus. —Estructura de mando clara.
—Has creado un monstruo.
—Ya era un monstruo. Yo he creado disciplina.
—Gregor —me sequé los ojos—. ¿Le estás haciendo los jerséis a medida?
—Sí —una pausa, como si yo hubiera dicho algo descabellado—. Tengo un contacto en internet. Hay una web especializada en ropa de abrigo para razas pequeñas. Tienen un proceso de envío muy eficiente.
—Estás navegando por webs de ropa para perros.
—El historial de búsqueda está encriptado y navego en modo incógnito.
—Estás ocultando tu historial.
—No quiero que Fergus acabe siendo víctima de un secuestro.
Ivan estaba apoyado en la encimera, sin poder respirar de la risa. Artem había dejado el libro y observaba el intercambio con una quietud que significaba que lo estaba archivando para futuras burlas.
—Te quiero —le dije a Gregor—. Te quiero a ti, a tus compras encriptadas de jerséis para perros, a tu estructura de mando clara y al hecho de que aparentemente has ascendido a Fergus a una especie de puesto táctico.
Gregor me miró. Luego al dóberman, que seguía sentado en el umbral con cara de estar profundamente en conflicto con sus decisiones vitales. Luego a Fergus, que ahora estaba panza arriba con el jersey subido, exigiendo mimos en la barriga.
—El jersey fue una inversión necesaria para el perro de la manada —dijo Gregor.
—Por supuesto que sí.
Esa noche, después de que la casa quedara en silencio y hubiéramos acostado a Mac en su cuarto, me detuve junto a la puerta porque era cotilla y porque ninguna mujer que oiga bien desaprovecha la oportunidad de espiar a tres alfas que creen estar solos con un bebé.