Bebé de manada para la Bratva (Bebé de la Manada nº 2) Artem
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Artem

Tres semanas después de la boda

La casa ya había sobrevivido a invasiones.

Mi abuelo organizó la primera ronda de negociaciones tras el colapso de las rutas soviéticas, cuando la mitad de los hombres que bebían su vodka planeaban matarlo antes del postre y la otra mitad esperaba a ver quién ganaba.

Mi padre usó esta misma sala para políticos que lo denunciaban en público y le suplicaban dinero en privado, sonriendo a su lado en fotografías que luego afirmarían que estaban trucadas.

El personal sabía cómo quitar la sangre de las alfombras caras. Los guardias sabían qué puertas cerrar cuando las risas subían demasiado de tono y alguien deslizaba la mano hacia la pistolera.

Pero nada de eso había preparado a la casa para la llegada de doce jefes de la Bratva y sus séquitos un tranquilo martes por la tarde.

Llegaron en coches negros. Nada nuevo. Siempre llegaban en coches negros.

A cierto nivel de riqueza criminal, la individualidad se convertía en un lastre, así que cada jefe de familia atravesaba las puertas en un Range Rover idéntico, flanqueado por hombres idénticos con trajes oscuros idénticos, como si a todos les hubieran dado el mismo pack de bienvenida al crimen organizado.

El gran salón se llenó de humo de puro, colonia cara y el gruñido de alfas midiéndose unos a otros. Era un sonido con el que había crecido. Pero era mejor que el murmullo grave de hombres decidiendo ante quién arrodillarse y a quién matar, algo que siempre me había parecido tedioso.

Hoy era como ver perros olisqueándose en un parque, si los perros tuvieran cuentas en Suiza, demasiada sangre en las manos y opiniones sobre el vino.

Pero con mi omega tan cerca, sentí un miedo que jamás había experimentado.

Ahora cada saludo gritado en ruso resonaba con demasiada fuerza.

Cada vaso golpeado contra la mesa me hacía mirar hacia la escalera.

Cada exhibición de dominancia alfa arañaba esa parte de mí que había dejado de medir la seguridad en dinero y había empezado a medirla por si mi omega podía respirar sin que su aroma se agriara.

Gregor había duplicado la guardia cerca del cuarto del bebé sin que nadie se lo pidiera.

También había reposicionado a dos francotiradores en la galería superior, algo que nadie notó porque Gregor era muy bueno en su trabajo y los francotiradores eran expertos en hacerse pasar por estatuas decorativas en las hornacinas.

—Fui muy educado.

Ivan había apartado a tres hombres del corredor este. Cuando le pregunté por qué, dijo que parecían aburridos cerca de la puerta de Mac, lo cual, técnicamente, no era delito. Luego hizo una pausa y añadió:

—¿Ah, sí?

—No le rompí ningún hueso que no pueda curarse.

—Ivan.

—Vale. Puede que uno cojee. Pero era ruso. Sobrevivirá.

Cuando le dije a Maeve que el consejo había llegado, miró a Mac durmiendo en su moisés y dijo:

—Encantador. La convención del tío emocionalmente estreñido.

Luego se puso el vestido esmeralda.

Aún no me había recuperado.

Era del color equivocado. Ese fue mi primer pensamiento, estúpido, inútil y completamente fuera de lugar, porque estaba a punto de entrar en una sala llena de hombres que trataban a las mujeres como moneda de cambio y necesitaba parecer intocable, no hermosa.

Pero el vestido conseguía ambas cosas. Se ceñía a sus caderas y caía hasta los tobillos en una columna de verde oscuro que hacía que su piel pareciera iluminada desde dentro.

Sin joyas. Sin pretensiones. Solo Maeve con la barbilla en alto y su valentía expuesta.

—Me estás mirando —dijo ella.

—Estoy planificando.

—¿Así lo llamamos ahora?

—Puedo permitírmelo. Soy el Pakhan.

—Todavía no. De momento eres un hombre a punto de llegar tarde a su propio golpe de estado porque no puede dejar de mirar a su esposa.

—Esposa. Me encanta cómo suena.

Enarcó una ceja.

—¿Estás segura de esto? Mary está preparada para mantener la farsa.

—No. Lo haré por ti.

Sonreí.

—Por nosotros.

—Sí. Y por esta manada. Todos tienen que saber que somos fuertes.

Abajo, el ruido iba en aumento. Alguien soltó una carcajada demasiado fuerte. Sin duda Yuri; siempre se había reído como alguien que quiere que lo vean reírse, y el sonido subió por la escalera como una advertencia.

—Debería bajar primero —dije.

—Sí.

—Yuri intentará provocarme antes de que entres. Lleva toda la tarde trabajándose a la gente.

—Lo sé.

—Te llamará chica de club, o algo peor. No es listo, pero es persistente.

—Artem. —Me puso una mano en el pecho—. Una vez estuve dispuesta a apuñalar a un hombre en un callejón con un cuchillo de carne que costó ochenta peniques. Creo que puedo con un ruso vestido de El Corte Inglés.

—Todavía tenemos que hablar de eso.

—Luego.

Le besé la frente porque si la besaba como era debido no bajaría nunca, y entonces Ivan tendría que dirigir la reunión, y para Ivan la diplomacia consistía en hacer preguntas mientras limpiaba una pistola y miraba los cadáveres del suelo.

—¿Mac? —pregunté.

—Lo tiene Gregor. También lleva a Fergus en el portabebés, lo cual me parece excesivo, pero por lo visto ahora a Fergus le gusta estar en alto. Es su lado Rottweiler. Cree que está protegiendo a Mac.

—Yo creo que es para poder ver a Duke.

—Se llevan bastante bien, teniendo en cuenta que pensabas que Duke se lo comería.

Le sonreí y bajé la escalera con unos doce segundos de margen.

La sala era exactamente como esperaba. Copas de cristal empañadas sobre la caoba.

Humo de puro que ascendía en espirales hacia el fresco del techo, que representaba alguna escena mitológica que mi abuela había encargado y que nadie se había molestado en identificar.

Doce hombres en distintas fases de decrepitud lujosa, más sus segundos, más su seguridad, todos fingiendo que no estaban allí para decidir si yo vivía o moría.

Yuri estaba acaparando la atención cerca de la chimenea, lo cual era apropiado porque siempre se había sentido atraído por el punto más caliente de cualquier sala.

Había pasado la última semana susurrándoles a los jefes más veteranos, sembrando dudas, prometiéndoles una parte de las operaciones de Londres si votaban en mi contra.

Lo sabía porque tres de los hombres a los que había tanteado habían acudido directamente a mí, lo cual podía ser lealtad o cubrirse las espaldas, y a este nivel de poder ambas cosas eran lo mismo.

Levantó la vista cuando entré. Su sonrisa era la misma de siempre, desde que éramos críos: demasiado amplia, demasiado rápida, la sonrisa de un hombre convencido de que el encanto podía suplir la competencia.

—Artem —su voz resonó por toda la sala. Las conversaciones a su alrededor fueron apagándose una tras otra, como velas—. Hemos disfrutado de tu hospitalidad. Hemos bebido tu vodka —hizo una pausa, saboreando claramente el silencio—. Pero no estamos aquí de fiesta.

—No —asentí mientras ocupaba mi sitio a la cabecera de la mesa—. Estáis aquí porque yo os invité.

Algunos de los hombres mayores sonrieron. No porque les cayera bien. Sino porque disfrutaban viendo cómo ponían a Yuri en su sitio en público.

—Pruebas —dijo Yuri, alzando la voz, intentando recuperar el control de la sala—.

Prometiste al consejo una boda. A la que nunca nos invitasteis.

Así que ahora necesitamos pruebas de la alianza McCarthy.

¿Dónde está tu novia, primo? ¿Dónde está el certificado?

—abrió las manos, fingiendo decepción—. ¿O votamos esta noche y le arrebatamos Londres a un hombre incapaz de cumplir lo que prometió?

No pestañeé. Llevaba treinta y dos años aprendiendo a no pestañear cuando hombres como Yuri hacían preguntas cuyas respuestas creían conocer de antemano.

Señalé con la cabeza hacia las puertas dobles del fondo del salón.

Blade las abrió.

Y Maeve entró.

No iba del brazo de Ivan ni de Gregor. Caminaba sola, tres pasos por delante de ellos, con la espalda recta y la barbilla alzada lo justo para mirar a los ojos a cada hombre de la mesa al pasar.

El vestido se movía con ella. El verde esmeralda líquido atrapaba la luz de la araña.

Pero no fue el vestido lo que silenció la sala.

Fue su aroma.

Nuestro aroma. Olor a manada, los tres tan entrelazados en su piel que era imposible distinguir dónde terminaba un alfa y empezaba el siguiente. Champán y caramelo, y por debajo de todo, nubes de tormenta, la nota que me perseguía en secreto desde Praga.

La nota secreta que solo había aparecido desde que encontró a sus compañeros.

El efecto fue inmediato.

Tres de los alfas mayores bajaron las copas. Dmitri, que estaba a mitad de una frase sobre rutas de transporte, se quedó callado a media palabra. Petyr se quitó las gafas y las limpió, que era lo más cercano a la conmoción que su rostro era capaz de expresar.

Ivan caminaba a su derecha. Gregor a su izquierda. Y en brazos de Gregor, envuelto en una manta oscura y completamente ajeno a la sala más peligrosa de Europa, estaba Mac.

El rostro de Yuri pasó por varias expresiones en rápida sucesión, ninguna favorecedora.

—¿Qué es esto? —su voz había subido media octava—. Esta no es la chica McCarthy. ¿Quién es esta omega?

No respondí de inmediato. Dejé que el silencio se prolongara lo suficiente para que todos los presentes entendieran que Yuri acababa de exigirme información en mi propia casa, de pie junto a mi chimenea.

—Esta es la omega de nuestra manada —mi voz resonó sin necesidad de gritar. La acústica del salón era excelente para momentos como este—. Y nuestro hijo.

Los murmullos empezaron bajos y fueron subiendo de tono rápidamente. El tío Mikhail, que había estado observando todo el intercambio desde su asiento cerca del centro de la mesa, levantó una mano. La sala enmudeció.