Artem #2
—No es vender —dijo mi padre, como si la semántica importase—. Es una unión. Una fusión de intereses. Los McCarthy aportan las rutas americanas. Nosotros aportamos Europa, dinero y protección. Juntos, controlamos ambos corredores.
Ivan tenía los puños cerrados.
—¿Y qué aporta ella, además de un apellido?
Mi padre desvió la mirada hacia la puerta, como si ya pudiera verla allí plantada.
—Una omega para mi hijo. Conexiones. Un linaje que mantenga a raya a los irlandeses.
Di un paso adelante y mi sombra cayó sobre la mesa como una marea oscura.
—¿Y yo qué aporto? ¿O es que mi opinión no cuenta?
A mi padre se le tensó la mandíbula y, por primera vez, vi un destello de algo en sus ojos. Pensé que era un atisbo de duda, pero no: era su frialdad calculadora de siempre.
—Tu opinión cuenta. Pero el futuro de la familia cuenta más.
Ivan soltó una carcajada.
—¿El futuro de la familia? Estás hablando de tu legado. Estás hablando de aferrarte al trono otra década mientras juegas a hacer y deshacer reyes.
El rostro de mi padre se ensombreció.
—Cuida ese tono, Ivan.
Ivan no se amilanó.
—¿O qué? ¿A mí también me vas a concertar un matrimonio?
La voz de Volkov cortó la tensión como un bisturí.
—La chica está aquí con sus padres.
Mi padre asintió.
—Llévalos al salón.
No esperé permiso. Me dirigí hacia la puerta con los zapatos resonando contra el suelo. Mi manada se puso en marcha detrás de mí: las zancadas largas y furiosas de Ivan, el paso silencioso y medido de Gregor.
El pasillo estaba flanqueado por retratos de los Petrov de antaño, cuyos rostros severos nos observaban como jueces.
El salón estaba al final del pasillo, con sus puertas dobles talladas con el escudo de los Petrov: una cabeza de lobo que gruñía sobre dos espadas. Las empujé sin llamar.
Esta sala era más oscura que las demás. La favorita de mi padre. Madera vieja y rojos intensos, un espacio diseñado para intimidar. Y allí, encaramada en el borde del sofá, había una chica.
Era joven. Demasiado joven. Cabello negro, como el de nuestra omega. El de esta chica estaba recogido en una trenza tirante. Era menuda, empequeñecida por el sofá, con las manos crispadas en el regazo. Llevaba un vestido verde oscuro y medias negras opacas. Parecía asustada.
—Parece un elfo —murmuró Ivan.
—¿Crees que yo elegí...?
—Mary...
La chica resopló y miró a la mujer que tenía al lado. Su madre, presumiblemente. Tenía el mismo cabello negro, los mismos rasgos afilados, pero sus ojos eran fríos y nos miraba como si fuéramos una transacción comercial de la que ya se estaba arrepintiendo.
Los ojos de Mary volvieron a clavarse en los míos. Eran grandes, oscuros, y le temblaban las manos.
Junto a ella, un hombre alto y corpulento permanecía de pie. Tenía el aspecto de alguien acostumbrado a salirse con la suya. Su hija, evidentemente, no era una excepción. Tendió la mano hacia mi padre.
—Concluyamos el negocio.
—Siéntese —mi padre le indicó con un gesto.
Callum asintió, se estiró los pantalones del traje y se sentó al otro lado de su hija. Cruzó las piernas y apoyó el tobillo sobre la rodilla. Sus zapatos relucían como espejos.
Mi padre se acercó a la chica con voz suave como el aceite. —Mary, este es mi hijo, Artem —me señaló con un gesto—. Y su hermano, Ivan.
Mary nos miró alternando entre uno y otro. Solo tenía dieciocho años y la estaban vendiendo como una novilla de concurso en el mercado.
Ivan gruñó:
—Es una niña.
Mary se encogió.
Su padre alzó la mano y le apretó el hombro, clavándole los dedos.
—Es mayor de edad. Y entiende cuál es su deber.
Mary apenas susurró:
—No quiero.
Callum McCarthy le apretó el hombro con más fuerza.
—Ya está acordado.
Vi rojo. Rojo de verdad, joder. De ese que te nubla la vista por los bordes.
—¿Acordado por quién?
La voz de mi padre sonaba tranquila, irritantemente tranquila.
—Por mí. Por Callum. El contrato está redactado. El trato está cerrado. La alianza beneficia a ambas familias.
Ivan soltó una risa aguda y amarga.
—¿Beneficiosa? Estás cambiando a una chica que parece que todavía va al colegio por un trato de negocios.
Los ojos de Mary se llenaron de lagrimones. Se me encogió el pecho.
—Por favor —dijo con la voz quebrada.
La voz de su padre restalló como un látigo.
—Basta.
Di un paso adelante y mi sombra la cubrió. Era diminuta. Frágil. Y me miraba como si yo fuera el monstruo de debajo de su cama.
—No tienes que hacerlo —dije en voz baja—. No si no quieres.
El rostro de Callum McCarthy se ensombreció.
—El contrato...
—Que se vaya al infierno —lo corté. Me volví hacia mi padre con voz cortante—. No ha habido un matrimonio arreglado en esta familia en veinte años. Ya no hacemos este tipo de tratos.
El rostro de mi padre era una máscara.
—Esto te beneficiará.
Solté una risa hueca.
—¿Crees que esto nos hace fuertes? ¿Crees que obligar a una chica a vivir una vida que no quiere nos hace mejores? Nos convierte en monstruos.
Los ojos de mi padre relampaguearon.
—Es una necesidad.
—No. Es un error —negué con la cabeza mientras cerraba los puños—. Y se acaba ahora.
Las lágrimas de Mary le surcaban las mejillas. Su madre se encogió, como si quisiera desaparecer en el sofá.
Callum McCarthy parecía querer estrangularme. Que lo intentara.
Me volví hacia Mary y suavicé la voz.
—No te vas a casar con nadie. Ni conmigo. Ni con Ivan. Ni con nadie. No a menos que tú quieras.
El rostro de su padre se crispó.
—No puedes...
—Puedo —dije con voz tajante—. Y lo haré. Puede quedarse aquí hasta que esté lista.
La habitación quedó en silencio. El fuego crepitó. Fuera, la lluvia volvió a caer, tamborileando contra las ventanas.
Mi padre habló en voz baja, peligrosa.
—Artem. Esta no es tu decisión. El matrimonio seguirá adelante.
Le sostuve la mirada sin pestañear.
—Solo cuando ella esté lista. Quiero conocerla primero.
Por primera vez en mi vida, vi dudar a mi padre. Solo un segundo. El tiempo justo para saber que había ganado.
Entonces se irguió y su voz se volvió gélida.
—Hablaremos de esto más tarde. En privado.
No me moví.
—No hay nada de qué hablar.
Callum McCarthy apretó los labios hasta formar una línea fina mientras sopesaba sus siguientes palabras.
—Estás cometiendo un error, Petrov.
No lo miré. Mantuve la vista fija en Mary.
—Sácala de aquí y seguiremos hablando.
Gregor no necesitó que se lo dijeran dos veces. Dio un paso adelante y su enorme figura bloqueó la vista de los McCarthy hacia la puerta.
—Por aquí, señorita.
Mary vaciló, con la mirada saltando entre su padre y yo. Entonces echó a correr, pero no hacia la puerta, sino hacia mí. Me agarró de la manga y se aferró con los dedos como si temiera que fuera a desaparecer si me soltaba.
—Por favor —susurró—. Por favor, no dejes que me lleve.
La miré y algo se rompió dentro de mí mientras le apartaba los dedos de la manga con suavidad. Asentí hacia Gregor.
—Llévala a la habitación de invitados. Asegúrate de que esté cómoda mientras hablamos.
—Mary, ven aquí —Callum McCarthy se levantó y dio un paso adelante, con el rostro amoratado de rabia.
Sus ojos me suplicaban que la salvara.
—Ve con Gregor —ordené.
—No puedes llevártela... —empezó su padre.
—Necesito saber si somos compatibles —dije.
Gregor gruñó algo mientras protegía a Mary de su vista y la sacaba de la habitación.